Camboya: los Jemeres Rojos a juicio

Nuon Chea en su casa, en la frontera entre Camboya y Tailandia en 2005. Foto: AP
Nuon Chea en su casa, en la frontera entre Camboya y Tailandia en 2005.
Foto: AP

PHNOM PENH (apro).- El Hermano Número Dos se sienta con dificultad en la sala del Tribunal Internacional de Camboya. Nuon Chea, ataviado con un gorro de lana a rayas azul y blanco y unas gafas de sol, es uno de los cuatro líderes con vida del grupo revolucionario maoísta de los Jemeres Rojos, juzgados por esa corte respaldada por Naciones Unidas (ONU).
El Hermano Número Dos cubre su cabeza con el gorro porque “no está acostumbrado al aire acondicionado”, y se oculta tras las gafas de sol por “la sensibilidad de sus ojos ante la fuerte luz de la sala”, explica Michiel Pestman, su abogado defensor holandés. Así de proletario es Nuon Chea a sus 84 años de edad, el mayor del grupo, dice.
Y tiene suerte de haber llegado a anciano, porque Camboya no es país para viejos –tan sólo 3% de la población tiene más de 65 años, mientras que más de la mitad es menor de 21 años. Además, es afortunado de que su mujer y tres hijos permanezcan con vida en un país cuyo un régimen acabó casi con una cuarta parte de la población entre 1975 y 1979.
Alrededor de 2 millones de personas murieron, mientras Nuon Chea y sus camaradas ostentaban el poder, y en la actualidad es difícil conocer a un camboyano que no tenga algún familiar fallecido durante aquellos ominosos cuatro años.
“Víctimas y verdugos son vecinos a lo largo y ancho del país, y todavía existe mucha desconfianza y tensión en la sociedad”, explica a Apro Youk Chhang, director del Centro de Documentación de Camboya.
“No estoy contento con la vista del caso”, dice Nuon Chea antes de volver a su celda, con el permiso del presidente de la sala. El ideólogo del régimen y mano derecha del Hermano Número 1, Pol Pot, muerto en la jungla en 1998, no da muestras de cooperación en el juicio que inició el lunes 27 de junio, luego de 30 años de lidiar con la muerte por asesinato, tortura, hambruna y extenuación de 1.7 millones de personas.
Los otros tres líderes, también ancianos, frágiles, con los labios sellados y el gesto torcido, llenos de arrugas y con chaqueta negra y camisa, tampoco parecen muy dispuestos a facilitar el proceso.
El único que permanece en la sala durante los primeros días del juicio, aunque se declara fatigado, es Khieu Samphan, antiguo jefe de Estado de la Kampuchea Democrática.
El matrimonio formado por Ieng Sary, antiguo ministro de Asuntos Exteriores, y su esposa Ieng Thirith, ministra de Asuntos Sociales, tampoco desea estar presente y abandona el lugar.
“Los jueces han mostrado demasiada consideración al dejarles marchar de la sala. Se comportan como criminales privilegiados sin miedo ante los jueces. Además, han aparecido bien vestidos y cuentan con tres comidas al día”, dice a Apro Chu Mey, uno de los pocos supervivientes de Tuol Sleng o la prisión de seguridad S-21 situada en la capital, Phnom Penh.
Chu muestra las uñas de los pies, de forma irregular, para recordar que se las arrancaron. Le golpearon la cabeza e introdujeron palos en los oídos y le estropearon los tímpanos. También lo sometieron a electroshocks.
Y tres comidas al día para los asesinos le parece un insulto. Él apenas alcanzaba a comer una vez al día un arroz grumoso y aguado, como la mayoría de sus compatriotas.
De las 30 mil personas que pasaron por Tuol Sleng, sólo unas cuantas sobrevivieron, pues apenas cruzaban las puertas de la antigua escuela, reconvertida en centro de torturas, les arrancaban las uñas y después eran recluidos en las celdas.
La tortura iniciaba a las cuatro y media de la madrugada, con golpes con palos de bambú y hierro, electroshocks y ahogamientos.
En 2009, el Tribunal Internacional sentenció a 35 años de prisión al director de la cúpula, el metódico Kaing Guek Eav, Duch, pero posteriormente le redujo la pena a 19 años. El antiguo profesor de matemáticas extrajo miles de confesiones mediante tortura.
Todos los que pasaban por Tuol Sleng formaron parte de una conspiración de la CIA. Y ese era un buen método para deshacerse de aquellas personas de las cuales desconfiaba el régimen, en particular Pol Pot, el líder que permaneció en la sombra casi todo el tiempo.
Durante el juicio, Duch asumió su responsabilidad e incluso pidió perdón a las víctimas por sus actos. “Kaing Guek Eav visitó los killing fields, y cuando vio la pagoda con todos los cráneos dentro, pertenecientes a los muertos procedentes de la S-21, se echó a llorar”, explica Thit, el joven de 30 años que vende incienso y flores para ofrecerle a los espíritus de los cadáveres que fueron hallados en el killing field o campo de la muerte de Cheung Ek, a 15 kilómetros de Phnom Penh.
Sin embargo, los otros cuatro máximos responsables de los abusos cometidos en todo el país que se han sentado en el banquillo no han reconocido sus crímenes. La máxima declaración de culpa la obtuvo el periodista camboyano Thet Sambath, quien durante seis años visitó a Nuon Chea en su casa de Pailin, cerca de la frontera con Tailandia, para realizar un documental que se llamó Enemies of the People.
En el documental, Nuon Chea se atreve a declarar: “Fueron asesinados y exterminados (…) Eran los enemigos del pueblo”. El material de ese reportaje será utilizado durante el juicio, incluso a costa de la negativa del autor, cuyos padres y hermano murieron durante aquella época de terror, ya que el periodista considera que el Hermano Número Dos nunca le hubiera confiado este testimonio si hubiera sabido que iba a ser utilizado en su contra.
“Nunca ha habido un caso tan importante y complejo desde Nuremberg”, señala el fiscal británico Andrew Cayley en una de sus intervenciones. El jurisconsulto elegido por la ONU se muestra severo durante sus respuestas a los defensores y lo compara con el proceso que juzgó a los nazis.
Una barbarie similar se apoderó del grupo de inspiración maoísta, que en su crueldad y paranoia superó la capacidad destructiva de Mao Tse Tung y las purgas estalinistas.
Los exlíderes radicales se enfrentan a cargos de genocidio y crímenes contra la humanidad, así como asesinato, tortura y persecución por razones religiosas y racistas contra la minoría musulmana cham, la población vietnamita y los monjes.
Los Jemeres Rojos iniciaron como partido comunista a finales de la década de los cincuenta, en el siglo pasado, con el objetivo de conseguir la independencia de Camboya de la colonia francesa de Indochina, de la que formaba parte junto con Laos y Vietnam.
Cuando se hicieron del poder, tras décadas de clandestinidad, represión y lucha, construyeron un sistema totalitario a velocidad de vértigo.
Además de la inestabilidad política que se originó durante la lucha por la independencia, los bombardeos estadunidenses durante la guerra de Vietnam en Camboya lo ayudó enormemente a la expansión de los Jemeres Rojos.
Camboya y Laos, por haber servido de retaguardia para los guerrilleros vietnamitas, han sido los países más bombardeados de la historia, incluso más que el conjunto de los países aliados durante la II Guerra Mundial.
Ya en el poder, que asumieron el 17 de abril de 1974, vaciaron Phnom Penh y casaron a los jóvenes, se crearon campos de trabajos forzados por todo el país, se abolió el dinero, así como las instituciones del budismo y la familia, se sometió a la población a una fuerte “reeducación” política y, sobre todo, mataron de hambre a la gente. La paranoia creció cada vez más.
Casi todo el mundo se convirtió en un “enemigo del pueblo”. Primero, quienes no eran campesinos, después los burgueses, intelectuales, profesores, ingenieros, periodistas y quienes hablaban otro idioma o los que llevaban gafas, además de las minorías china, por ser la clase comerciante, y vietnamita, por haber sido el enemigo histórico. También los monjes budistas y, finalmente, sus propios correligionarios comunistas que no eran lo suficientemente sumisos o sanguinarios.
Toda la sociedad se encontró al final bajo la lupa exterminadora de los Jemeres Rojos. Jóvenes campesinos hambrientos se apoderaron de Phnom Penh con sus holgadas ropas negras, el pañuelo tradicional de cuadros blancos y rojos atado a la cabeza o la cintura, conocido como krama, y la gorra con la visera al lado, y obligaron a todos los capitalinos a abandonar a pie la ciudad y luego a vestirse con ese mismo uniforme mientras cavaban la tierra o construían diques con sus propias manos.
En comparación con esas prácticas, el Gran Salto Adelante de Mao palidecía.
La mayor paradoja es que los máximos líderes Jemeres –entre ellos los cuatro que se han sentado hoy en el banquillo, y el propio Pol Pot– tuvieron orígenes sociales relativamente privilegiados. Se formaron y conocieron entre sí estudiando en París, con becas del gobierno, e incluso, Nuon Chea cuenta con ascendentes chinos en su familia.
El desarrollo del caso número 2 en las Cámaras Extraordinarias de las Cortes de Camboya parece tan tortuoso como el propio origen de este Tribunal híbrido que se formó durante la década de los noventa, tras arduas negociaciones de la ONU con el autoritario gobierno camboyano, con el mismo número de juriconsultos de cada parte para tratar de devolver un mínimo de justicia a un país sometido por el “aotogenocidio”, como lo calificó el periodista francés Jean Lacouture.
Hay muchos interrogantes pendientes sobre el juicio. El primero de ellos es si los acusados no morirán antes de dictar sentencia, debido a su avanzada edad –entre 75 y 84 años. Por otro lado, el gobierno autoritario camboyano no está interesado en que se celebren los siguientes juicios 3 y 4, porque implicarían a exaltos mandos del Ejército –el propio primer ministro Hun Sen fue un desertor de los Jemeres Rojos y ha amenazado con una guerra civil si tienen lugar más procesos.
“Es increíble que la ONU, después de haberse gastado 150 millones de dólares para la creación de este Tribunal, esté dispuesta a aliarse con los intereses del gobierno y no de las víctimas, que por primera vez participan como parte civil en el proceso”, señala Theary Seng, refugiada camboyana en Estados Unidos, cuyos padres fueron asesinados. Seng es abogada, escritora y directora de una ONG en Camboya.
En tanto, dos investigadores extranjeros de la fiscalía han abandonado el caso, pues consideran que la ONU y el gobierno del país asiático están coludidos.
Excepto las víctimas, nadie parece tener la intención de rascar más allá de la superficie de estos cuatro ancianos para entender la barbarie que se apoderó de Camboya.

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