La danza de la muerte

Una interpretación de la danza de la muerte.
Una interpretación de la danza de la muerte.

MÉXICO, D.F. (apro).- Las danzas de la muerte son un hecho cultural que se repite de diversas formas en todo el mundo y generalmente se llevan a cabo durante el equinoccio de otoño, de forma particular en el hemisferio norte.
Características del fin de la Edad Media, sobreviven al cambio de cosmovisión que tiene lugar entre los siglos XIV y XV, pero a la vez son un producto del mismo. Relacionadas con la literatura, el teatro, la danza y la música, incluyen procesiones y algún tipo de actividad parateatral.
En estas danzas podemos distinguir temas pertenecientes al folklor europeo y gran cantidad de otros fenómenos históricos y culturales.
Según el investigador Víctor Infantes, este tipo de danzas son presididas por la muerte como personaje central –un esqueleto, un cadáver o un vivo a punto de fallecer–, que desea bailar y que exhibe a los diferentes personajes de las diferentes clases sociales.
Las denominaciones Danza macabra, Danza de la muerte y Danza de los muertos se emplean indistintamente para calificar este género. El término macabra implica algo más que una cualidad y representa un problema para los investigadores por su origen etimológico.
Aparece por primera vez en Francia, unida a la palabra dance, en un breve poema de 123 versos, titulado el Respit de la Mort, compuesto por el procurador Jean Le Fèvre hacia 1376.
Pero el problema etimológico radica en que sólo en Francia se la conoce como Danza macabra (Danse macabre), en lugar de utilizarse esta terminología en España, cuya influencia árabe en la literatura y el arte es de una notable mayor importancia. Igualmente, debemos considerar la gran difusión de este género en Europa a fines del siglo XIV y la influencia constante que se evidencia entre los distintos países.
En castellano la inclusión del término macabro es muy tardía: segunda mitad del siglo XIX.
Otro aspecto importante a tener en cuenta es el que destaca Huizinga, entre muchos otros autores, sobre no confundir la Danza de la muerte con la Danza de los muertos. En la primera, la muerte —independiente de su caracterización o personificación— hace danzar a vivos que representan las diferentes clases sociales, mientras que en la segunda es un doble del vivo el que baila como si fuera un espejo de la muerte, ya que ésta se muestra en la figura del muerto reflejando el futuro del vivo.
En general, todas las investigaciones coinciden en que la peste negra y la crisis del siglo XIV cumplieron un papel de fundamental importancia para el desarrollo y difusión del género. No es casualidad que los primeros testimonios de la muerte en el arte medieval aparezcan después de 1350.
En 1348 la terrible epidemia devastó la población europea. Durante tres años todo el territorio europeo fue víctima de la terrible enfermedad que se denomino peste negra debido a las manchas oscuras que aparecían en los cuerpos de las víctimas.
El descenso demográfico fue de proporciones nunca vistas en la historia del hombre. En vísperas de la epidemia, la población europea contaba con aproximadamente 85 millones de habitantes; para el año 1400 se había reducido a 45 millones. El binomio danza/peste permaneció presente como conexión mental hasta bien entrado el siglo XVI.
Frente a tan terrible epidemia, el hombre se encontró cara a cara con la muerte, descubriendo su efecto devastador e inevitable, y la marca espiritual y física que deja en todo lo que hiere con su dardo.
Ya no la veía como una muerte que afectaba al individuo, sino como una muerte que afectaba a toda la sociedad por igual, y esto intensificó la repercusión del género notablemente. La presencia de la peste trajo la evidencia física de la muerte y su realidad inamovible, que se manifiestan en las crudas representaciones de cuerpos en descomposición y esqueletos danzante.
El morir se convirtió en un hecho cotidiano y habitual. Los artistas ya no necesitaban recurrir a alegorías o símbolos como sucedía en los misterios o moralidades; el mejor referente era la propia realidad. Se pintaba lo que se contemplaba.
El ser humano tomó conciencia sobre la muerte y a la vez sobre la vida, de allí la íntima conexión del que se manifiesta en todas estas representaciones. El hombre, basándose en la doctrina cristiana, reflexiona que el buen morir deriva del buen vivir. La sensación generalizada de la fugacidad de la vida y la constante presencia de la muerte lanzaron a muchos hombres a una existencia desenfrenada donde la comida, el placer y la holganza eran la forma más preciada de gozar la vida.
La concepción de la buena vida –al igual que en la época presente– estaba basada en las diversiones, las fiestas, el sexo, la ostentación en el vestir y, en definitiva, el disfrute absoluto de los bienes materiales. Por este motivo, la literatura de esta época está en evidente lucha contra los pecados capitales y hace hincapié en las enseñanzas de la Iglesia para combatir la falta de valores.
¿No le suena conocida toda esta historia?

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