Malick el cabalista

Imagen de la película
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MÉXICO, D.F. (Proceso).- Torturado por la muerte de un hermano, Jack (Sean Penn), arquitecto, recuerda su infancia transcurrida en un pueblo tejano en la década de los cincuenta; mito familiar con madre encantadora (Jessica Chastain), arquetipo de Gaia, la diosa de la tierra, y un padre amante aunque demasiado severo (Brad Pitt), saturniano que amenaza con devorar a sus criaturas. El árbol de la vida (The Tree of Life; E.U., 2011) es la cinta mas autobiográfica de Terrence Malick, tan personal que a este maestro de filosofía, tentado por la angustia de Kierkegaard y Heidegger (tema de su tesis inconclusa en Oxford), el mundo le queda corto y tiene que remontarse a la historia misma del universo.

Galaxias, planetas, micro organismos y dinosauros, el Big Bang ilustran las preocupaciones metafísicas y ontológicas, las interrogantes sobre el ser y la naturaleza del mal, que Terry Malick viene planteado desde sus primeras cintas, Bad Lands y Días de gloria. El árbol de la vida es la respuesta de este poeta casi septuagenario que desde el inicio de su carrera se interrogaba sobre la naturaleza del mal y su función en este mundo: “¿En qué… momento se filtró… el mal? ¿Qué… tenemos que aprender?”, pregunta el soldado Witt en La delgada línea roja mientras observa cómo los soldados estadunidenses masacran a los japoneses.

Esta vez, Malick explica, con la voz en off de Jack, que el destino del hombre consiste en elegir entre la vía de la naturaleza o la vía de la gracia; se trata de una clara alusión a las dos columnas externas del árbol de la vida en la tradición cabalística, la severidad y la gracia. Por la escalera del sueño de Jacob suben y bajan los ángeles; por el árbol de la vida que construye Malick fluye la luz de las imágenes de Emmanuel Lubezki, los efectos especiales del maestro Douglas Trumbull, viejo colaborador de Kubrik en 2001, Odisea del espacio, que dejó su retiro para darle cuerpo a las epifanías del director, y de paso exasperar a algún critico que se pregunta qué tiene que hacer el planeta Júpiter en esta historia de tejanos clasemedieros.

La verdad es que Malick ya perdió todo pudor frente a su público; la lección de trascendentalismo estadunidense en El Nuevo Mundo, su cinta anterior, todavía quedaba subordinada al drama de la mítica Pocahontas; El árbol de la vida, en cambio, no es más que una larga meditación, un bello sermón del más rebelde e independiente de los grandes realizadores estadunidenses. El drama de Jack y sus hermanos, la madre maravillosa y padre mortificante, no representan más que un micro-organismo, maravilloso porque la vida se manifiesta ahí, pero al fin de cuentas tan efímero como la medusas que flotan en el caldo cósmico, o las estrellas mismas.

La Palma de Oro que recibió esta cinta en Cannes ha dividido al público de Malick, se ha vuelto casi una moda descalificarlo. Difícil ubicar una película cuyo tema es la vida misma; el vehículo de la vida, el agua que circula por las columnas del árbol; la epifanía, la revelación de la luz que emiten las criaturas en este cosmos, la mariposa o la estrella, o el pie de un recién nacido. La mejor manera de disfrutar este trabajo de Terrence Malick es dejarse llevar por su propuesta contemplativa, procurando interpretar lo menos posible, dejarse sorprender por esas imágenes que el director comparte con Satanás, el anti-héroe de El paraiso perdido de Milton (claras alusiones), un mundo siempre recién creado, apenas sostenido del cielo por una cadena de oro.

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