“Brecha en la roca”, libro de aula

El monumento en Poza Rica, Veracruz. Foto: Especial
El monumento en Poza Rica, Veracruz.
Foto: Especial

“Brecha en la roca” es la novela que Héctor Raúl Almanza dedica a la dificultosa formación del primer sindicato petrolero que, a la larga, produjo la expropiación decretada por Lázaro Cárdenas. En este texto, Raquel Tibol juega hábilmente con las aproximaciones históricas e ideológicas, y liga la muestra del arte prehispánico al contemporáneo de México en París en 1962 con una apropiación de Octavio Paz del catálogo de la misma. Este recuento es asimismo una reflexión profunda de lo que vive el país inmerso en la corrupción.

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el medio literario mexicano se da el fenómeno que en el siglo XX se denominaba disco rayado. Esto sucede cuando la aguja del tocadiscos no cambia de surco y el sonido se repite. En la circunstancia que menciono se repiten los mismos nombres cuyas personas intercambian alabanzas, reciben semejantes homenajes, premios, soportes económicos. En ese surco caben muy pocos nombres del pasado, quizás ninguno que se haya ocupado de concretas luchas sindicales.

Pongo como ejemplo a Héctor Raúl Almanza (San Luis Potosí, 20 de agosto de 1912).

Abogado, novelista, editor, maestro. Cursó la carrera de derecho en la Universidad Nacional Autónoma. Colaboró con artículos en El Heraldo del estudiante, Letras Potosinas, Siempre!… Ingresó al servicio exterior mexicano en 1955. Publicó numerosas novelas: Gotas (1938), Huelga blanca (1950), Candelaria de los Patos (1952), Brecha en la roca (1955), Pesca brava (1960), Detrás del espejo (1962), Ya despunta la aurora (1986).

Tuve la suerte de cultivar cierta amistad con Almanza cuando en 1962 recorrí por mi cuenta Europa Occidental para levantar la solidaridad (entonces casi apagada) con David Alfaro Siqueiros, preso en Lecumberri desde 1960. Comencé por París, donde Fernando Gamboa, con la estrecha colaboración del entonces muy joven arquitecto Eduardo Terrazas, acababa de inaugurar en el Petit Palais la exposición de arte mexicano del prehispánico al contemporáneo, para cuyo voluminoso catálogo había yo redactado los textos para todos los periodos.

Aproveché mi estancia para pasar a saludar a Héctor Raúl Almanza, quien entonces se desempeñaba como tercer secretario en la Embajada de México en Francia, mientras que Octavio Paz ocupaba el puesto de primer secretario. Estaba yo en la oficina de Almanza, de espaldas a las puertas abiertas que daban al pasillo circular del primer piso, cuando sin expresar saludo alguno (era evidente el disgusto entre ambos personajes por sus polarizadas posiciones políticas; el de izquierda era Almanza, aunque en esos días Paz se había acercado a los trotskistas que en Francia estaban muy activos contra la Unión Soviética), Octavio me dijo secamente: “Cuando concluya aquí pase por mi oficina”.

Entré, me senté y lo primero que me preguntó fue: “¿Ya vio la exposición”. “Muy superficialmente, tengo que volver”, le contesté. Con voz entusiasta comentó: “Lo mejor de la exposición es el catálogo y lo escribí yo”. Con mi estómago fruncido no le pude contradecir pues no había yo cargado con mis copias y tenía que esperar el regreso a México, tras mi largo viaje, para cotejar catálogo y textos. Pues bien, Gamboa sólo había cambiado mi capitulito sobre la cultura maya por un breve artículo sobre el tema escrito con anterioridad por Octavio, y nada más. Era tan burda la supuesta apropiación que me dio pena reclamarle, como sí lo hice en las páginas de Proceso cuando compuso una abreviatura profusamente publicada de mi monografía sobre Hermenegildo Bustos, sin darme el crédito correspondiente.

En 1956, con una cordial dedicatoria, Almanza me había obsequiado Brecha en la roca, libro que hoy tendría que estar en las bibliotecas de aula, pues con lenguaje sencillo y preciso el autor da cuenta de la muy difícil conformación del primer Sindicato de Petroleros, sin cuya integración y su hábil y heroica lucha contra las compañías extranjeras, principalmente estadunidenses, no hubiera sido posible llevar a cabo en 1938 la expropiación petrolera decretada por el presidente Lázaro Cárdenas. Aquellos trabajadores muy humildes, muy mal pagados, discriminados burdamente por los funcionarios extranjeros, infiltrados por criminales delatores que costaron las vidas de los más aguerridos, con viviendas menos que deficientes e insalubres, sin servicios médicos, sin respeto a sus elementales derechos, fueron poco a poco avanzando de manera subrepticia, con auténtico sentido de clase, aglutinando a los grupos de todos los campos en explotación.
Para medir la diferencia entre aquellos trabajadores y los actuales dirigentes del Sindicato Petrolero hay una sola vara: la que va de la honestidad a la máxima corrupción propiciada y promovida por las autoridades, que al solapar a los Romero Deschamps, colocado y amarrado por Carlos Salinas de Gortari, para enmascarar latrocinios y negocios chuecos de quienes detentan jefaturas, apoyados por la Presidencia de la República, el Poder Legislativo y otras instancias durante varias generaciones.

Con una trama interpretada por los obreros, sus familias y la población tan desprotegida como ellos, Héctor Raúl Almanza dibuja una situación tanto o más valiosa que las tan traídas y llevadas donaciones de diversos sectores sociales, cuya promoción fue interpretada a la hora de la expropiación por Amalia Solórzano de Cárdenas.

Uno de los personajes más emotivos de Brecha en la roca, por estar trazado con una clara y generosa conciencia de la situación, es doña Teresa Iriarte viuda de Gómez, cuyo marido, tres hijos, un yerno y otros trabajadores murieron en una emboscada de guardias blancas de la Huasteca Petroleum Company, ubicada en el Cerro Azul de Ébano, en cuya expansión querían apropiarse, mal pagando, de las tierras de esos nativos, para importar más personal estadunidense de California y Tejas.

Quienes comprendían la ineludible necesidad de construir un Sindicato Petrolero nacional, nombraban emisarios que en su trayecto a otros campamentos eran asesinados en el camino por los delatores infiltrados. Es entonces cuando doña Tere, moviéndose con absoluto secreto y con el ingenio de quien conoce las trampas del enemigo, logró llegar a la lejana región de Mata Redonda, en Tampico, donde se encontraba la cabeza del movimiento incipiente e hipervigilado, así como una importante refinería.

Doña Tere se estaba metiendo en la boca del lobo, pero logró con su astucia y la complicidad de los compañeros, sortear cualquier sospecha militante en el alebrestamiento sindical y dar el mensaje para que arrancara la necesaria unidad de los que estaban en pro del sindicato en Cerro Azul, los Naranjos, Tampico y México. En la figura y la acción de esta anciana, Almanza supo rendir el mejor de los homenajes a las mujeres del pueblo sencillo que ayudaron, jugándose la vida, al triunfo de una causa de trascendental importancia.

En Brecha en la roca Almanza desarrolló paso a paso los pros y los contras de un sindicato que fue adquiriendo la fuerza y la autoconfianza suficientes para enfrentarse ideológica y físicamente, por medio de huelgas de hambre o de brazos caídos, con los dirigentes soberbios y explotadores de las compañías extranjeras, quienes hacían burla de los estrechos e insalubres cajones que les servían de viviendas, de su falta de agua potable o del alcantarillado. Les retenían los salarios, les robaban los alimentos, los hostigaban y humillaban de múltiples maneras, les negaban la indispensable quinina para aminorar los agotantes síntomas del paludismo que cundía en las regiones tropicales. Las exigencias detalladas en los contratos no pasaban de letra muerta. Cuando contando con la aprobación de la mayoría de sus componentes, el sindicato nacional decidió estallar una huelga general, con una organización y vigilancia a prueba de esquiroles, Almanza pone en boca de un dirigente esta advertencia:

“Una huelga no quiere decir unas vacaciones sino una lucha, un esfuerzo sostenido, quizás más difícil de realizar que el trabajo ordinario, porque a veces, por la misma suspensión de las labores, tendremos que ejecutar nuestros servicios de vigilancia con el estómago vacío.”

Después de muchas juntas y asesorados por técnicos y economistas, llegaron a la conclusión de que la Ley Federal del Trabajo les permitía a los petroleros de la República Mexicana exigir una reglamentación particular, tal como la disfrutaban los ferrocarrileros, los mineros y otros gremios. El Sinicato Petrolero suspendió las labores petroleras en todo el país. Para la econo mía de la Nación y para el ritmo general de actividades el impacto fue terrible. Recordó Almanza: “Los transportes, las fábricas y numerosas plantas generadoras de electricidad se vieron amenazadas de paro”. “El Presidente de la República, deseoso de dar satisfacción a los trabajadores petroleros, ordenó que su representante personal se trasladase al punto del país en donde más numerosa fuera la población obrera”.

Debido a que el discurso del enviado era algo vago, decidieron plantear sus reclamos ante la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje. La junta tardó cinco meses en resolver el conflicto a favor de los trabajadores. El laudo no concedía cuanto solicitaban, aunque sí un aumento considerable. Entonces las compañías en forma unánime pidieron un amparo a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que no les fue concedido. La Suprema Corte confirmaba el laudo de la Junta. Pero los extranjeros declararon que no aceptaban la resolución y se negaban a dar cumplimiento al fallo. “No cumpliremos la ejecutoria de la Corte”, afirmaron seguros de su fuerza. Fue entonces cuando el gobierno del presidente Cárdenas decidió enviar interventores a los campamentos. Burlonamente los extranjeros comentaban que esos “bandidos” harán lo que ellos les permitieran. “Poca ingerencia y algo de dinero”, si no los marines harán su parte.

Entonces el Comité Central del Sindicato decidió que toda la industria habría de pararse simultáneamente. Mientras tanto Washington gestionaba una intervención con toda la energía que fuera necesaria. Ante ello el presidente Lázaro Cárdenas habló a la Nación de manera contundente:

“…La misma soberanía de la Nación quedaría expuesta a simples maniobras del capital extranjero (…) Se trata de un caso evidente que obliga al Gobierno a aplicar la Ley de Expropiación en vigor (…) En tal virtud, se ha expedido el Decreto de Expropiación y se han mandado a ejecutar sus conclusiones.”

En los campamentos los obreros clamaron a coro: “¡El petróleo vuelve a ser nuestro!” Con la conducta de las autoridades actuales y la inconmensurable corrupción del dirigente del actual Sindicato Petrolero de la República Mexicana y sus adeptos dispuestos a todo tipo de abyecciones, los auténticos y honestos trabajadores del presente en refinerías y plataformas podían exclamar: “¿El petrolero es nuestro?” En todo caso suyas son las víctimas de instalaciones descuidadas, de equipos insuficientes, y suyas son las voces que han sido acalladas con los motores de sus yates de lujo.

Es indispensable que Brecha en la roca, de Héctor Raúl Almanza, sea seleccionado como libro de aula.

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