Democracia tutelada

Los partidos de inspiración islamista llevan la delantera en el proceso electoral egipcio, cuyas primeras votaciones para elegir diputados se celebraron el 28 y 29 de noviembre. Sin embargo, el Parlamento que surja de las elecciones tendrá poderes limitados: sólo redactará la nueva Constitución del país. La junta militar advirtió que mantendrá sus prerrogativas, entre ellas designar al primer ministro y a su gabinete. De hecho, el éxito de la jornada electoral le sirvió de espaldarazo político y dejó descolocados a los manifestantes de la plaza Tahrir que luchan porque los militares entreguen el poder a un gobierno civil.

EL CAIRO.- “Hubo muchos debates en la plaza Tahrir y nuestros hermanos explicaron muy bien por qué no deberíamos participar en las elecciones, ya que los militares nos piden salir a votar por un Parlamento al que le niegan plenos poderes”, explica Maryam Eseldín, una estudiante de ingeniería de 21 años, activista de la revolución del 25 de enero.
Lo curioso es que lo dice después de haber soportado una fila de cuatro horas para poder llenar las dos boletas electorales y depositarlas en las urnas. “Nunca lo había hecho. No sabía lo que era. Y alguna gente mayor que sí había votado no sabía lo que era saber que su decisión iba a valer, que no la iban a alterar”, comenta.
A final de cuentas, la joven creyó “que era importante ejercer el derecho que exigimos y por el que mis compañeros mártires murieron. Eso nos dará fuerza para ir por más”.
Los cálculos preliminares estiman que en la primera fase de esta compleja serie de comicios legislativos, que se extenderá hasta marzo, votó cuando menos la mitad del padrón de ciudadanos registrados. Ello es significativo, pues el golpe de Estado militar de 1952, hace casi 60 años, convirtió las elecciones en actos de trámite con resultados prefabricados y un abstencionismo promedio de 90%.
Acudir a los centros de votación fue ahora un acto de gran valor simbólico para los egipcios: la mística revolucionaria se desplazó de Tahrir a las casillas, a pesar de que los avances reales para la democracia egipcia son limitados y de que el proceso electoral apunta a consolidar al régimen de predominio militar.
Los primeros datos adelantan una victoria de los partidos religiosos de tendencia islamita, con los moderados Hermanos Musulmanes (Partido de la Justicia y el Desarrollo, PJD) al frente, seguidos por los radicales salafistas (Partido Al Nour). Los laicos de la coalición Bloque Egipto quedarían en una tercera posición.
Esto no significa, sin embargo, que la voluntad popular ha sido bien reflejada ni que será reconocida como un valor superior. Este primer éxito de organización y participación electoral se convierte en un importante capital político y de legitimación para el patrocinador del proceso: el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (CSFA), que tomó el poder tras la caída del dictador Hosni Mubarak el pasado 11 de febrero. El CSFA interpreta la participación en los comicios como un acto de respaldo popular a su gestión y a su voluntad de imponer a Egipto un régimen democrático tutelado por los militares.
Ya lo adelantó el pasado 27 de octubre el mariscal Mohamed Husein Tantawi, jefe del CSFA y presidente de facto de Egipto: no importa quién obtenga la mayoría en el nuevo Parlamento, su función será únicamente redactar una nueva Constitución, pero designar al gobierno seguirá siendo una prerrogativa de la junta militar. Ni siquiera en esa tarea fundamental tendrán libertad de acción los nuevos legisladores: el papel del ejército como poder supraconstitucional, por encima de cualquier institución civil, no se toca.

Confusión

Para Ahmed Salah, un ingeniero petrolero de 60 años que como segunda nacionalidad tiene la española, éste fue también su bautizo electoral: “Con Mubarak no tenía razones para votar –explica–. Su régimen no permitía que participaran los políticos de oposición, salvo en raras ocasiones y en distritos alejados. En el mío, jamás. Y de todos modos, no decía la verdad, ni siquiera en el número de personas que participaban. Nos reíamos porque aseguraba que la mayoría de los egipcios había votado, pero casi nadie conocía a alguien que lo hubiera hecho”.
Ahora es al revés. Prácticamente todas las personas del círculo de amistades y trabajo de Ahmed le dijeron que acudirían a las urnas. “Lo único que fue más difícil que meter la boleta en la urna, fue encontrar el nombre de mis candidatos”, comenta jocosamente. “Y por supuesto, entender qué diablos estamos eligiendo. El mecanismo que estableció el CSFA es de una gran confusión”, añade.
Aunque es hasta cierto punto familiar para los mexicanos, el sistema electoral resulta extraño para los egipcios y para muchos extranjeros: el país se divide en 166 distritos de mayoría, donde ganan los dos candidatos que individualmente obtengan más del 50% de los votos, y que se traslapan con 46 distritos de representación proporcional, en los que se vota por listas de partidos que se reparten las curules de acuerdo con el porcentaje obtenido. En total, dos tercios del nuevo Parlamento, de 498 diputados, serán electos por mayoría, y el resto por representación proporcional.
Existen 47 organizaciones políticas, además de aspirantes independientes. Así, el votante egipcio se enfrenta en las urnas con una tarea muy complicada a la hora de elegir candidatos. En el distrito de Salah, la primera boleta tenía 19 listas de partidos. La segunda, 113 candidatos: es un papel del tamaño de una mesa de escritorio, que hay que doblar con cuidado para introducirla por la estrecha ranura de la caja.
Para facilitar que las personas analfabetas reconozcan a quienes quieren apoyar, cada candidato se identifica con un objeto: desde un busto de Nefertiti hasta un cohete espacial, y desde una pistola hasta una paloma. “¿A quién se le ocurre hacerse representar por una aguja?”, se ríe Salah. “¡Cuánto busqué en este pajar! Casi voto al que usa un pollo asado. Lo vi primero… y se me antojó”.
Las cosas se complican más porque, con base en argumentos de logística, el CSFA dividió el proceso electoral en seis fases, subdivididas en primera y segunda vueltas, cada una con dos días de votación.
Egipto se compone de 27 gobernaciones. Nueve de ellas votaron el 28 y el 29 de noviembre en primera vuelta para integrar la Majlis al Sheba (Cámara de Diputados). La segunda vuelta se llevará a cabo el 5 y el 6 de diciembre. Esos días se votará en los distritos donde los candidatos no obtuvieron 50% o más. En las semanas siguientes lo harán otras nueve gobernaciones, y después las últimas nueve. Todo esto se repetirá de igual manera para elegir a los representantes de la Majlis al Shura (Senado). En total, si todo sale bien, el 12 de marzo será el último de 24 días de votaciones en casi cuatro meses.
El hecho de que en cada distrito de mayoría deben salir dos ganadores, se debe a una regla impuesta en los años cincuenta, en pleno apogeo del corporativismo nacionalista, que establece que al menos la mitad de los legisladores debe estar formada por trabajadores y campesinos. Si los dos vencedores en un distrito pertenecen a estos sectores, todo está bien. Pero si ello no ocurre, el candidato que quedó en segundo lugar será descalificado y su sitio será ocupado por un trabajador o campesino, aunque haya tenido muchos menos votos.
Andrew S. Reynolds, politólogo de la Universidad de Carolina del Norte que ha sido asesor de organizaciones políticas egipcias, explica a Proceso que el sistema electoral está diseñado para “sobrerrepresentar a los partidos más grandes”, en perjuicio de los más pequeños, como los que representan a minorías religiosas y aquellos que han surgido a partir de la revolución y que, por lo mismo, “carecen de redes de bases sociales” a lo largo del país.
Señala que la necesidad de ganar con 50% más uno de los votos implica que los candidatos sean conocidos por la población “y esto les da ventaja a los intermediarios del poder establecido, a hombres fuertes locales que tenían autoridad antes de la revolución”. Incluso, aunque no sean muy conocidos, podrán utilizar “la maquinaria corrupta que gobernó Egipto por décadas”.
A esto se suma la exigencia de incluir “trabajadores” y “campesinos”, establecer con claridad quién lo es, o no, otorga un margen de discrecionalidad a los jueces.
Así, algunos grupos sectoriales, como los partidos surgidos de la revolución, integrados por estudiantes y profesionales urbanos, no podrán solventar este requisito y estarán en riesgo de que les quiten victorias trabajosamente obtenidas.

Moderados y radicales

El caso contrario es el de los Hermanos Musulmanes (HM). El viejo Mubarak jugó con ellos por décadas: los dejaba crecer y ganar hasta 20% de los escaños cuando convenía a sus intereses (para asustar a los egipcios y a Occidente con el petate del islamismo, por ejemplo), pero hostilizaba, encarcelaba y asesinaba a sus miembros si lo creía necesario.
Desde sus bases en las mezquitas, sin embargo, los HM lograron implantarse en gran parte del país. Una herramienta fundamental de su popularidad fue que establecieron grandes redes de apoyo social que paliaron las necesidades de la población ante la ausencia de programas gubernamentales.
En Túnez y en Marruecos, otros partidos de orientación semejante que ganaron elecciones recientes han establecido coaliciones de gobierno, que incluyen a partidos laicos liberales y de izquierda como una forma de desactivar las acusaciones de que quieren implantar regímenes de extremismo religioso.
En Egipto los HM también tratan de calmar esas inquietudes. Su partido –el de la Libertad y la Justicia– se alió con seis organizaciones –dos de ellas laicas– para formar el bloque Alianza Democrática. De acuerdo con estimaciones preliminares que el 30 de noviembre difundió la agencia Reuters, en la primera ronda de votaciones vieron recompensada su paciencia: Alianza Democrática obtuvo alrededor de 40% de los votos, muy por encima de entre 20% y 30% que auguraban los observadores.
Les conviene, además, que en segundo lugar no haya quedado una formación laica, sino los radicales de la Alianza Islamista, liderada por el Partido Al Nour, de inspiración salafista, el cual obtuvo entre 5% y 15% de los votos. Esto ayudará a los HM a destacar su carácter “moderado” pues, dicen ellos, los salafistas aspiran a adaptar la vida moderna a la Sharía (ley islámica), mientras que los HM tratan de adaptar la Sharía a la vida moderna.
En tercer sitio no quedaron los partidos que surgieron en la plaza Tahrir, varios de los cuales se agruparon en la Alianza La Revolución Continúa, sino la coalición Bloque Egipto. Éste se formó alrededor del Partido Egipcios Libres, creado hace pocos meses por Naguib Sawiris, un potentado de las telecomunicaciones que vio la oportunidad de entrar en política y cuya fortuna es de 2 mil 500 millones de dólares, según la revista Forbes.

Yo o el caos

Sin anticipar su política de alianzas, los HM insisten en que quieren encabezar un gobierno cuando concluya el proceso electoral y se confirme su victoria. “Cualquier gobierno debe tener el voto de confianza del Parlamento; es un principio básico, aunque no esté escrito en la ley”, dijo el pasado 30 de octubre Essam el-Erian, uno de sus líderes.
La junta militar opina de manera diferente. Pese a que el mariscal Tantawi se comprometió el 22 de octubre a celebrar elecciones presidenciales en junio próximo, cinco días después –el 27 de octubre– dejó en claro que el CSFA mantendrá como prerrogativa la de designar primer ministro y gabinete. La única tarea del nuevo Parlamento será escoger a los 100 miembros de un Consejo Constituyente que redactará la nueva Carta Magna.
Tantawi afirmó: “El papel del ejército será el que tiene en la Constitución actual, como el que tuvo en la Constitución anterior, el que tendrá en la próxima Constitución y en todas las futuras constituciones”.En otras palabras, como durante las últimas seis décadas, el CSFA no se subordinará a los civiles. Manejará sus decisiones y su presupuesto con total independencia y opacidad. Declarar la guerra será competencia suya, no del gobierno. Y podrá intervenir en la redacción constitucional.
La alternativa, amenazó Tantawi, es el abismo. “Estamos en un cruce de caminos –dijo–. Sólo hay dos rutas: el éxito de la elección, que lleve a Egipto hacia la seguridad, o enfrentar peligrosos obstáculos que nosotros en las fuerzas armadas no permitiremos”.
Y envío un mensaje a los manifestantes de la plaza Tahrir: “No dejaremos que los alborotadores se metan con las elecciones”.
Ello no sólo significó impedir que miles de activistas de la revolución interrumpieran las votaciones, sino que, de plano, fueran excluidas de ellas.
Islam Saiyyudin Mohamed, un activista que inicialmente se inclinaba por boicotear el proceso, cambió de opinión y pidió desde su blog Literary Revolutions que sus compañeros participaran. Él no pudo: “Busqué mi nombre y aparezco como excluido”, denunció con sorpresa.
La cadena Al Jazeera estima que se han cancelado los derechos electorales de al menos 30 mil personas que en algún momento sufrieron arrestos, sin que se distinga entre criminales comunes y detenidos por motivos políticos. Saiyyudin fue arrestado por única ocasión en su vida el 19 de noviembre en la plaza Tahrir, durante un ataque de la policía contra los manifestantes. Fue liberado dos días después tras sufrir torturas. Ahora padece también la proscripción política.
Los manifestantes de la plaza Tahrir se enfrentan a un reto: si el proceso electoral continúa con éxito, ¿cuál será ahora el objetivo de su protesta? Entre ellos no hay consenso para responder a esta pregunta. Al mismo tiempo, en muchos egipcios empieza a calar la propaganda que describe a los manifestantes como necios problemáticos o como saboteadores inspirados por misteriosos enemigos extranjeros.
Los revolucionarios de la plaza Tahrir tendrán que buscar de nuevo la mística que la aventura de la democracia, aunque sólo sea formal, parece haberles robado.

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