La batalla del cártel del Golfo y “Los Zetas” por la Huasteca

Vigilancia en Tamaulipas. Foto: Especial
Vigilancia en Tamaulipas.
Foto: Especial

Pese a la presencia masiva de soldados y marinos, la zona limítrofe de Tamaulipas y Veracruz, a uno y otro lado del río Pánuco, es un campo de batalla entre las huestes del cártel del Golfo y Los Zetas, donde la consigna parece ser: la matanza y la venganza. Pequeños poblados del norte veracruzano y las zonas conurbadas de Tampico, ahuyentado el turismo, han visto modificada su forma de vida. Las matanzas durante diciembre, según los lugareños, no auguran sino que 2012 traerá más violencia, más muertos, más secuestros…

TAMPICO, TAMPS.- Durante diciembre, la temperatura en el pueblo de Tampico Alto, Veracruz, ronda los 25 grados al mediodía. Aun en invierno, la exuberante vegetación conserva sus diversos tonos de verde, a los que ahora se suman el color olivo de los uniformes y patrullas de los militares que vigilan esta región, donde en los últimos días de 2011 se registraron tres masacres cuyo saldo fue de 39 personas muertas.

Frondosos árboles y grandes palmeras enmarcan el sinuoso camino que conduce a la zona turística del municipio ubicado en la Riviera de la Laguna de Tamiahua, donde hoy los meseros y propietarios de una docena de restaurantes especializados en pescados y mariscos extrañan a los otrora asiduos visitantes.

“La clientela se redujo por lo menos un 50% en el último año”, cuenta con tristeza un hombre que por 100 pesos se dedica a pasear en lancha a los turistas por la enorme laguna,  poblada de pelícanos.

El suceso más reciente, que terminó por espantar a los visitantes que saturaban el lugar los fines de semana,  ocurrió el viernes 23 de diciembre.   Diez cuerpos decapitados de presuntos zetas con un narcomensaje fueron abandonados sobre la carretera que cruza Tampico Alto. Según los  lugareños, habían sido levantados la víspera en la región norte de Veracruz y posteriormente asesinados por sus rivales del cártel del Golfo.

Ubicado a no más de 12 kilómetros al sureste del puerto de Tampico, el poblado cuenta con 26 mil habitantes. Algunos de ellos dicen que comenzó a perder su atractivo el 12 de febrero del 2011, cuando un grupo de sicarios disparó ráfagas de fusiles de asalto contra el edificio de la Presidencia, la Comandancia de la Policía, la Biblioteca Municipal y contra el vehículo oficial del acalde Saturnino Valdés Llanos.

La huida del turismo terminó por sumir a sus habitantes en la tristeza. “Los malos sólo usan el pueblo para hacer su show, pero no radican aquí”, comenta un comerciante, en un intento por refutar el estigma que envuelve a Tampico Alto.

La región del norte de Veracruz registra desde hace dos años una situación de inseguridad y violencia que se hizo más visible en la última semana. La decapitación de los 10 presuntos zetas desencadenó una nueva matanza: dos días después aparecieron 13 cuerpos más con una manta en la que se les calificaba de “golfas”.

Los cadáveres fueron abandonados en el interior de un camión de doble rodada sobre la calle principal de Moralillo Chico, Tamaulipas, en la zona metropolitana de Tampico, a pesar de que en la ciudad pululan cientos de militares en vehículos artillados y camionetas policiacas municipales, y de que es sobrevolada continuamente por helicópteros bélicos.

Las dos matanzas son el episodio más reciente de la disputa que desde hace dos años mantienen los sicarios del cártel del Golfo y sus antiguos aliados de Los Zetas por la codiciada plaza de Tampico.

Hoy son los integrantes del cártel del Golfo los que controlan esa área, luego de sacar a sus rivales del puerto. Derrotados, Los Zetas sólo cruzaron el río Pánuco y se refugiaron en el norte de Veracruz, estado que controlan desde el pasado sexenio de Fidel Herrera Beltrán.

Heriberto Lazcano Lazcano, alias El Lazca o El Z14, fue el responsable de consolidar al grupo de la “última letra” en Veracruz, luego de comprar a jefes y agentes policiacos, corromper corporaciones completas y al ganar una serie de batallas a los del cártel Gente Nueva.

La zona que controlan Los Zetas abarca, entre otros, los municipios de Pánuco, Tempoal, El Higo y Tantoyuca. Forma parte de la Huasteca que comprende regiones de los estados de San Luis Potosí, Tamaulipas, Veracruz e Hidalgo. Además de su vegetación tropical, se caracteriza por la marginación y el olvido en que viven los lugareños.

Sus decenas de apartadas rancherías, ejidos y comunidades, que en algunos casos apenas llegan a 100 habitantes, son conectados por la estrecha y en algunos tramos inhóspita carretera 105 que recorren autobuses de las líneas Frontera, Estrella Blanca y ADO, los cuales realizan constantes paradas para recoger pasaje.

Tantoyuca está separado de Tampico por 90 kilómetros, pero el recorrido en auto se cubre en aproximadamente dos horas debido al mal estado de la carretera. En el pequeño municipio de Tempoal, decenas de pobladores acechan insistentemente a los automovilistas que se detienen en la gasolinera local e intentan venderles sus artesanías, pero se retiran con una mueca de desconfianza y miedo cuando se les pregunta sobre los recientes acontecimientos ocurridos en las zonas aledañas.

Dominio “zeta”

En la entrada y salida de Pánuco, el municipio más grande, se pueden sentir las miradas de decenas de jóvenes que circulan­ en motocicletas. Son los llamados “halcones” y, según los lugareños, trabajan para Los Zetas. Y sobre la carretera continuamente aparecen retenes con camionetas bloqueándola. Pistoleros vestidos con uniformes tipo militar suelen asaltar a los conductores y en algunos casos secuestran a quienes se cruzan por su ruta.

Las estadísticas del Sistema Nacional de Seguridad Pública colocan a Tampico en el lugar número tres de la lista de los municipios con más plagios, sólo detrás de Ciudad Juárez y Michoacán. “Las carreteras del norte de Veracruz ahora están muy complicadas”, dice a Proceso Víctor Fuentes Salazar, vocero de la alcaldía del puerto de Tampico.

Debido a esa situación, funcionarios de los estados de Veracruz y Tamaulipas suelen advertir a los viajeros que no transiten de noche por las autopistas. Consultados al respecto, algunos de ellos comentan, bajo la condición del anonimato, que muchos asaltos, crímenes y secuestros que ocurren en esos caminos no se reportan.

Sostienen incluso que las masacres de Tampico Alto y El Moralillo Chico se derivaron de otra que sucedió entre la noche del 21 de diciembre y la madrugada del día siguiente, cuando un grupo de presuntos zetas comenzó a consumir alcohol y drogas y provocó un escándalo en las inmediaciones del poblado El Higo.

Según funcionarios consultados, eran al menos ocho hombres provistos de armas de alto poder. Se desplazaban en tres vehículos sobre la carretera Pánuco-Tempoal. Ya en la madrugada del 22 de diciembre comenzaron a disparar contra tres hombres que cargaban verduras en una camioneta.

“En otro punto de la población lanzaron una granada, provocando la muerte de una persona más”, precisó un comunicado de la VI Región Militar con sede en Veracruz.

Más tarde, los pistoleros colocaron un retén en la intersección que conecta a El Higo con la carretera Pánuco-Tempoal, en la zona conocida como “Y griega”, justo en una parada de autobús. Cuando llegó la primera unidad, los pasajeros fueron obligados a descender; dos de ellos intentaron huir pero los sicarios los acribillaron.

Kilómetros más adelante, sobre la misma carretera a la altura del poblado llamado Los Catorce, donde hay pocas viviendas, detuvieron a balazos a un segundo autobús proveniente de Nuevo León. Las ráfagas mataron a cuatro pasajeros, según el boletín de la IV Región Militar.

Originarias de Hidalgo, entre las seis víctimas había una mujer de 39 años que radicaba en Houston, Texas. Había venido a su pueblo acompañada por sus dos hijas para pasar la temporada navideña con sus familiares.

El conductor de un tercer autobús que observó el ataque se bajó para indagar qué estaba pasando. Los sicarios le dispararon también.

Los vecinos del lugar comenzaron a llamar por teléfono a las autoridades para denunciar que un grupo de hombres armados estaban asaltando autobuses. Aproximadamente a las 6:30 horas arribaron a la zona elementos del Ejército y de la Marina y se enfrentaron a los delincuentes. La refriega duró alrededor de una hora y en ella cayeron cinco de los agresores.

Ante las tres masacres de diciembre, los gobiernos de Tamaulipas, Veracruz y el federal decidieron reforzar aún más la seguridad en el norte de esta última entidad. La región lleva meses militarizada; los desplazamientos de soldados son cotidianos, algunos vigilan incluso desde las patrullas de los policías municipales, quienes reciben 2 mil pesos extras de compensaciones que les otorgan los gobiernos estatales.

La concentración de fuerzas federales en Veracruz y Tamaulipas convirtió a las dos entidades en la región con el mayor número de efectivos de la Secretaría de la Defensa Nacional y de la Secretaría de la Marina Armada de México.

Zona de muerte

El consulado de Estados Unidos en Matamoros también reaccionó y emitió una alerta de emergencia para advertir a sus ciudadanos abstenerse de circular de noche por la región.

Después de las masacres, la carretera 105 comenzó a ser recorrida por convoyes de hasta 10 camionetas artilladas de la Marina. Los conductores de autobuses de pasajeros se sienten seguros porque, dicen, algunas veces quedan en medio de los vehículos de los marinos.

A esos patrullajes se suman los de los militares de la IV Región; además, en territorio veracruzano, el poblado de Moralillo Grande, dividido de su vecino Moralillo Chico por el río Pánuco, se apostó un grupo de soldados. Asimismo, el 28 de diciembre, el gobierno federal envió un contingente de 700 efectivos del Ejército a Tamaulipas y decenas de camiones blindados.

Aun cuando esa medida ha demostrado su ineficacia en otras ciudades del noreste, como Monterrey, Torreón, Reynosa y algunas de Tamaulipas, donde los niveles de violencia e inseguridad no disminuyen, en el norte de Veracruz la tarea de las tropas se complicarán aún más. El motivo: En esta zona hay decenas de “guardias” y “halcones” conformadas por adolescentes que desde sus motocicletas, un medio de transporte muy popular en la región, y sus celulares en mano, vigilan las entradas y salidas de los municipios grandes. Son ellos los que informan a los sicarios de Los Zetas sobre los movimientos de los vehículos verde olivo y sus soldados, así como sobre Los Popeyes, los grises vehículos­ que conducen los marinos.

Por lo anterior, los lugareños consideran difícil que las pugnas entre Los Zetas y el cártel del Golfo disminuyan en ambos lados del Pánuco. Dicen que a los sicarios no los intimida la presencia de los soldados ni de los marinos. Y ponen como ejemplo Monterrey, ciudad en la que, afirman, pese a estar vigilada por tierra y aire, nadie pudo detener a la decena de zetas que a bordo de cuatro camionetas incendiaron el pasado 25 de agosto el Casino Royale.

(Este reportaje se publica en la edición 1835 de la revista Proceso, que ya está en circulación)

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