El bombero al que nadie llamó

Rafael Hernández. Sin reconocimiento. Foto: Wilbert Torre
Rafael Hernández. Sin reconocimiento.
Foto: Wilbert Torre

El 11 de septiembre de 2001 Rafael Hernández estaba a pocas cuadras de las Torres Gemelas cuando se produjo el atentado contra esas emblemáticas construcciones. El bombero mexicano pasó los siguientes días removiendo escombros y tratando de salvar vidas, pero su heroísmo le pasó la factura: diez años después murió a consecuencia del humo y el polvo que respiró cuando las dos estructuras se derrumbaron… y su familia aún espera la compensación económica que el gobierno estadunidense le prometió. Proceso publica ahora el segundo de los trabajos ganadores del Premio Internacional de Periodismo al que convocó como parte de los festejos por su 35 aniversario.

Rafael Hernández despertó antes de las seis de la mañana y se sentó al filo de la cama. Había tenido días difíciles –extrañaba a sus hijos y lo mataba la monotonía de su empleo de vendedor en una tienda de televisores en Nueva York– pero el martes 11 de septiembre de 2011 amaneció de mejor humor: Arned Azis, su patrón, un musulmán paquistaní, le había autorizado unos días para recuperarse de seis semanas de trabajo sin descanso. Se lavó la cara y los dientes, se vistió, se revisó los bolsillos para asegurarse que llevaba las llaves y la placa que siempre portaba con él y salió del departamento que rentaba en la avenida Roosevelt, en Queens.

Lo acompañaba Jaime, un amigo mexicano con el que compartía cuarto. Caminaron frente a las taquerías y abordaron el metro, que a esa hora corre a toda velocidad llevando en sus entrañas ejecutivos de Wall Street, meseros, médicos, albañiles…

Cuando el tren salió del túnel la silueta de Manhattan emergió iluminada por un sol otoñal. Habían planeado pasar unos días en los casinos de Atlantic City. En el metro intercambiaron opiniones sobre la empresa que elegirían para viajar: un par de ellas obsequiaba cupones de 30 dólares para las apuestas. Verían a dos amigas peruanas a las 8:30, a tres calles del World Trade Center. Hernández se había disfrazado de turista: camiseta, jeans y tenis.

Llegaron media hora antes y caminaron a la esquina de Fulton y Church. Hernández, de 1.65, piel chocolate y nariz aguileña, tenía un cuerpo de luchador: la espalda ancha, brazos grueso y un tórax de cantante de ópera. Sintió hambre y caminó a una tienda donde compró un café y un sándwich de jamón y queso. Cuando regresó encontró a su amigo leyendo el New York Post.

“Ya es tarde y no aparecen estas mujeres. ¿Vendrán en camino?”, preguntó.

Los segundos siguientes fueron confusos: un rugido en el cielo, la panza de un avión demasiado cerca, una explosión, un hongo de humo y fuego. Hernández creyó que se trataba de una de esas películas que se filman en Nueva York. Años atrás había visto en las calles de Manhattan una escena en la que Samuel L. Jackson volcaba una patrulla, y el fuego y los heridos eran tan reales que no parecían ficción. (Extracto del reportaje que se publica esta semana en la edición 1836 de la revista Proceso, que ya está en circulación)

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