Cine: Materia oscura

Cartel de la película
Cartel de la película

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La vida intelectual y viajera de Eva Katchaturian (Tilda Switon) se altera radicalmente con el embarazo y nacimiento de Kevin (Ezra Miller), su primer hijo; la maternidad no parece, sin embargo, sentarle bien con este bebé que llora demasiado para ser normal; más difícil, posteriormente, desarrollar un vínculo afectivo con el niño perverso de seis años; peor aun con el adolescente, sociópata en ciernes, que pone en riesgo a la pequeña hermana, al grado de mutilarla. Solo falta la masacre.

En Tenemos que hablar de Kevin (We Need To Talk About Kevin; Gran Bretaña-E.U., 2011) la realizadora escocesa Lynne Ramsey recurre al flash back, a la acción retrospectiva, no tanto para explicarle al público cómo ocurrieron las cosas sino para articular la mente a la deriva de una madre destrozada por la conducta de su hijo, y atormentada por los vecinos de un suburbio americano. Visualmente, el hilo conductor es el color rojo en todas sus declinaciones, paredes manchadas, latas de tomate, festival del tomate, orgía de rojo, sangre.

Ocurre, además, que este hilo de Ariadne no le ayuda a escapar del laberinto, sino a encontrarse con el monstruo; por las calles de Nueva York, los pasillos de la prisión, en el estilo clínico por el que opta Lynne Ramsey flota la pregunta del porqué. La novela en la que se basa la cinta es un thriller epistolar; la escritora Lionel Shriver coloca al lector en la piel de su protagonista; una Eva, bien articulada, intenta comunicar con su indolente marido, hablar acerca de Kevin. Ramsey y su coguionista trastocan el comentario social y lo convierten en un estudio psicológico; sólo que en este siglo post-freudiano, como ocurre en Melancolía de Lars von Trier, cualquier intento de respuesta psicológica provoca aún más ansiedad, dispara más fantasías.

Las palabras sobran en Tenemos que hablar de Kevin; como declara Tilda Swinton en una entrevista a la BBC, el acuerdo con su amiga y paisana Lynne Ramsey fue abordar eso de lo que no se puede hablar, crear estados mentales, trasladar el lugar de la historia a la mente de Eva. Y en la mente de esta madre está el miedo a haber dado a luz a un demonio, a ser portadora de una espora diabólica.

El aliento de El bebé de Rosemary, de Roman Polansky, sopla por las calles, acosa a Eva en su propia casa. Sólo que el horror en Tenemos que hablar de Kevin no proviene de una conspiración de hechiceros adoradores de Satanás, surge de una indisposición a llevar a cabo el estereotipo de madre que propone una sociedad dislocada en el ideal de sí misma; cualquier día esos bebés maravillosos que anuncian pañales pueden convertirse en asesinos seriales.

En manos de Lynne Ramsey (que ya exploró la envidia y el horror psicológico en Movern Callar), Kevin es una metáfora del miedo al futuro; en la magnífica interpretación de Tilda Swinton, la maternidad es un salto al vacío, el reto constante entre el supuesto instinto materno y la auténtica capacidad de amar al otro.

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