Ante el “Estado moribundo”, el “humanismo cívico”

Señor director:

 

El Estado mexicano es hoy un enfermo moribundo. La historia  ayuda a comprender. En su  Paideia, Jaeger recrea las causas de la decadencia del Estado en Grecia antigua. La estructura externa del  Estado se hallaba gobernada por personas, pero su esencia interior estaba dominada por los apetitos que mandaban en sus almas. La enfermedad del Estado sellaba el derrumbe exterior de su poder, que coincidía con la mayor tiranía, pues el Estado para Platón “no era el simple poder, sino que es siempre la estructura espiritual de los individuos que lo representan”. La causa de la patología estatal radica en la pugna entre la razón y los apetitos, y eso tiene su contraparte en la vida exterior de la política.

El poder en la decadencia se transforma en la voluntad hipertrofiada de los más fuertes que aplastan toda espontaneidad personal, según descripción de Ortega y Gasset.

Nunca habíamos contemplado una enfermedad tan grave del Estado; tal vez sólo cuando se perdió medio territorio en el siglo XIX. El Estado toca a su fin, aunque como desecho  arrojado a la playa de la retórica siga causando males mayúsculos.

Los seudointelectuales no alcanzan a percibir la hondura de la caída. Su horizonte es corto y se mide por la adulación. No tienen la capacidad de comprensión, de compadecerse de las madres que ven caer a sus pequeños, como Alexa en Guadalajara hace unos días. Los caídos tienen nombres y se graban para siempre en el Libro de la Vida.

La herramienta de los cínicos es la retórica sofista: hace a un lado la  búsqueda dialéctica de la verdad; por eso eliminan la filosofía en las escuelas; la de políticos en serio, la “Paideia”, entendida como educación de la personalidad que transforma las desigualdades en oportunidades de desarrollo para el hombre y la mujer del pueblo, sumidos hoy en la  oscuridad cotidiana.

Para los decadentes, los miles de muertos son sólo cosas. Haber visto o haber sufrido demasiado es la quintaesencia del éxito moral, dijo Unger en Harvard. Ellos no ven el sufrimiento al cosificarlo. Esa cosificación es la mayor derrota moral. Nunca el ser humano debe ser usado como medio.

Es tiempo de recrear el Estado y el mercado disecados; un Estado que sea surtidor de  transformaciones institucionales para humanizar a cada ciudadano común; un mercado que deje de ser propiedad de unos cuantos que llaman flexibilidad laboral a la desaparición de derechos mínimos.

La civilidad se funda en convicciones y prácticas de  apego a la libertad y al debate, no a la perversa tutela televisiva. El cambio exige sacudirse la idea de que la estructura neoliberal es inevitable. Es tiempo del “humanismo cívico”, que parta del coraje de reinventarnos para arrancar la garra que oprime: lo peor es el presente arrodillado.

La cultura cívica nos hace rehenes no de la dominación, sino de la fortuna y la imaginación. Si en medio del conflicto se ubica la palabra y no la violencia, si las virtudes del coraje y los principios constitucionales de la libertad arraigan en la conciencia ciudadana, entonces tendremos derecho a la grandeza y a la paz.

(Escribo esto en homenaje a mi  gran maestro ido, Juventino Castro).

 

Atentamente
Mauro González Luna  M.

 

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