EU, el verdadero perdedor en la guerra contra el terrorismo

Barack Obama, presidente de E.U. Foto: AP
Barack Obama, presidente de E.U.
Foto: AP

WASHINGTON (apro).- El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, “celebró” el primer aniversario de la captura y muerte de Osama bin Laden con un muy publicitado viaje sorpresa a Afganistán, donde, de paso, anunció un acuerdo para mantener la cooperación militar con Kabul hasta el 2024.

Pero la sombra del difunto líder de Al Qaeda sigue siendo el símbolo, y una razón principal, del enorme y creciente gasto estadunidense para sostener la lucha contra las organizaciones terroristas islámicas.

Los atentados del 11 de septiembre del 2001 fueron, en efecto, los motivos que llevaron al entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, a invadir pocos meses después Afganistán, adonde –se señalaba– se encontraba el refugio de Bin Laden y de sus principales colaboradores. Aquella campaña contó, en un primer momento, con el mayoritario apoyo de la comunidad internacional, impresionada por la carnicería que se produjo en las torres gemelas de Nueva York.

Luego, en el 2003, con la excusa del terrorismo y de las armas de destrucción masiva que nunca se encontraron, Bush decidió invadir Irak, un conflicto que dejó miles de muertos e incontables escándalos. Desde entonces y hasta ahora, ya con Obama instalado en la Casa Blanca, Estados Unidos ha gastado miles de millones de dólares en la “lucha contra el terrorismo”, una escalada de derroche que alcanzó no solamente a las fuerzas militares, a los federales y los comandos especiales, sino hasta a las policías locales, según reveló un reciente informe.

Por lo pronto, solamente mantener a los 90 mil soldados estadunidenses actualmente estacionados en Afganistán (23 mil dejarán el país a fines del verano boreal, como parte de la retirada que deberá concluir en el 2014) le cuesta a las arcas de Washington unos dos mil millones de dólares a la semana.

“Habrá días difíciles por venir, los sacrificios tan inmensos de nuestros hombres y mujeres no han terminado”, dijo Obama en su discurso del 2 de mayo desde la base de Bagram, en Afganistán, como advirtiendo a sus compatriotas que los costos seguirán adelante, aun cuando su propio país sigue sufriendo las pesadas consecuencias de la reciente recesión y el índice del desempleo permanece por arriba del 8%.

En un artículo recordando precisamente el primer aniversario de la muerte de Bin Laden, la revista estadunidense Mother Jones preparó una tabla comparativa de gastos originados por la guerra contra los grupos terroristas, que estimó, por ejemplo, que a Al Qaeda le costó entre 400 mil y 500 mil dólares preparar y llevar a cabo los atentados contra el Pentágono y las torres gemelas.

En contraste, continuó la investigación, Estados Unidos desembolsó en gastos de su “homeland security” alrededor de 690 mil millones de dólares entre el año de los atentados y el 2011. A eso le agregó los “costos” de los retrasos que se viven desde entonces en los aeropuertos estadunidenses por causa de las nuevas medidas de seguridad, que estableció en unos 100 mil millones de dólares.

Finalmente, el ataque a las torres habría tenido un “impacto” de 82 mil 800 millones de dólares en la economía de Nueva York.

En una carta del 2004, citada por Mother Jones, Bin Laden escribió que su grupo seguía llevando adelante la estrategia terrorista “de desangrar a Estados Unidos hasta el punto de la bancarrota”. En la misiva, el jefe de Al Qaeda aseguró que el “verdadero perdedor” en la “guerra contra el terrorismo” es “el pueblo de Estados Unidos y su economía”.

Bin Laden estaba en lo cierto si se toman en cuenta, por ejemplo, los increíbles gastos que numerosas policías locales en Estados Unidos vienen haciendo en armamento de guerra, en equipos desmedidos en relación a sus necesidades.

Un informe preparado a fines del año pasado por el Center for Investigative Reporting (CIR, con base en California) mostró que incontables localidades estadunidenses, medianas y pequeñas, están equipando a sus policías con fusiles de guerra o sofisticados chalecos antibalas, aun cuando sus tasas de criminalidad siguen bajando y nadie recuerda hechos relacionados con el terrorismo en décadas.

Por ejemplo, el informe preparado por Andrew Becker y G.W. Schulz relató el caso de Fargo, la pequeña ciudad de Dakota del Norte inmortalizada en el filme homónimo de los hermanos Coen.

Allí, descubrieron, las autoridades locales autorizaron gastos por más de 8 millones de dólares en equipamiento hasta entonces solamente visto en los frentes de guerra. Los policías de Fargo, a donde las estadísticas muestran que se cometen apenas dos homicidios por año, cuentan, incluso, con un carro blindado, con torreta artillada y todo, que costó 256 mil 643 dólares.

¿De dónde sale el dinero? Los reporteros apuntaron a la prácticamente inagotable fuente del ministerio de Seguridad Interior, que aprobó desembolsos sin cargo por unos 34 mil millones de dólares para las fuerzas policiales locales desde poco después de los atentados del 2001.

¿Y cuál es el uso que la policía de Fargo le da a su carro armado? El vehículo solamente se utiliza para entrenamiento y sale de la base cada doce meses, para ser exhibida en el “pic nic anual” que organizan los residentes.

Cuando aparece en la reunión campestre, el carro armado “fascina a la gente, porque acá nunca pasa nada, no tenemos problemas de terrorismo”, contó Carol Archbold, una profesora de justicia criminal en la universidad estadual de Dakota del Norte.

“Nadie puede decir exactamente qué es lo que se compró en el país o cómo es utilizado porque el gobierno federal no sigue de cerca esos gastos”, señalaron Becker y Schultz. Además, “las autoridades estaduales y locales no mantienen registros uniformes” en este terreno. Sin embargo, “la revisión de los registros de 41 estados, obtenidos gracias a pedidos de transparencia gubernamental, y entrevistas con más de una docena de funcionarios policiales y expertos en terrorismo, en funciones y retirados, mostró que los departamentos de policía a través de Estados Unidos se han convertido en pequeñas fuerzas militares”, afirmaron.

“Muchos policías, incluidos agentes callejeros, ahora llevan encima, de manera rutinaria, fusiles de asalto –continuaron-. Combinados con chalecos antibalas y otros equipamientos, muchos oficiales se parecen cada vez más a tropas de combate sirviendo en Irak o Afganistán”.

Los atentados del 11 de setiembre del 2001 fueron una verdadera tragedia y dejaron al país traumatizado. Pero también es cierto que el impacto sigue siendo utilizado como argumento para operativos militares, de inteligencia y policiales que, en muchos casos, dejan dudas acerca de su oportunidad y veracidad.

Pocos días antes del aniversario de la muerte de Bin Laden, el diario The New York Times publicó una columna de opinión del investigador David Shipler, en la cual el escritor afirmó que la mayoría de los complots “desbaratados” por el FBI fueron en realidad “facilitados” por agentes de la propia policía federal.

Shipler se refirió, por ejemplo, al aspirante a terrorista que fue interceptado en su camino hacia el Capitolio y el caso del militante que quería atacar el Pentágono con explosivos colocados en aviones a control remoto, entre otros tantos. “Pero esos dramas fueron facilitados por el FBI, cuyos agentes encubiertos e informantes posaron como terroristas, ofreciendo misiles y explosivos falsos a ingenuos ‘sospechosos’ que jugaron sus roles hasta que fueron arrestados”.

Salvo excepciones, efectivamente muchos “casos” presentados por el FBI consistieron en fundamentalistas locales, en general sin conexiones con organizaciones globales, cuyas “aspiraciones” terroristas fueron fogoneadas por los propios agentes federales hasta hacerlos caer en la trampa y poder presentarlos luego como agresores entrenados y convencidos.

Algunos expertos afirman que la industria de la seguridad se está expandiendo más allá de Estados Unidos y de la cuestión del terrorismo islámico. Según Anna Feigenbaum, unas 9 mil compañías forman parte de este negocio en Gran Bretaña, y exportan por valor de unos 8 mil millones de dólares anuales.

Feigenbaum reportó recientemente desde la convención que las empresas del sector realizaron en Londres, la Counter Terror Expo que convocó a unos 8.000 visitantes que recorrieron unos 400 stands. La experta incluso llamó la atención sobre algunos expositores que, en sus folletos, buscaron definir las revueltas juveniles –como las que se vivieron en Inglaterra el año pasado– como “terrorismo urbano”.

“Como ocurre con la comida basura para niños –escribió Feigenbaum–, la embriagadora combinación de dinero y tecnologías bélicas, junto a la paranoia creada por más de una década de guerra contra el terrorismo, y ahora el mundo de las protestas y levantamientos urbanos, sugieren que este negocio seguirá produciendo dividendos por mucho tiempo más”.

En una entrevista vía correo electrónico con Apro, el analista Pratap Chaterjee, de la organización CorpWatch, se atreve incluso a afirmar que “el terrorismo no es un problema mayor en el mundo de hoy”. Por ejemplo, apuntó, “1,2 millones de personas mueren de malaria en el mundo cada año y en el 2010, el último periodo del que se cuenta con estadísticas, hubo 12 mil 996 asesinatos en Estados Unidos, al menos 8 mil 775 causados por armas de fuego”.

“¿Cuántas personas murieron en incidentes ‘terroristas’ en Estados Unidos en el 2011?”, se preguntó Chatterjee. “Ninguno”, se respondió el analista.

“No se pueden contar a los ataques contra las tropas estadunidenses en Irak o Afganistán como ataques terroristas, porque esos son casos de conflicto civil”, continuó. Y en cuanto a los ataques contra civiles en esos mismos países, Chatterjee, estimó que, “sí, hay muchos, pero en general se pueden relacionar con los conflictos religiosos o étnicos” locales.

Según Chatterjee, “la motivación del estado de vigilancia” que se vive en Estados Unidos es simple: “las ganancias económicas”. Por ejemplo, dijo, “se pueden señalar los escáners en los aeropuertos, que en realidad no funcionan porque cualquier persona decidida puede atravesarlos” con elementos prohibidos.

El sentido de esos aparatos, al igual que los carros armados de localidades como Fargo, indicó, es el de “crear un sentimiento de miedo y, al mismo tiempo, un sentimiento de seguridad” entre los habitantes, dijo.

“Si estuviéramos realmente preocupados por posibles atentados terroristas, entonces seguramente veríamos en cines y supermercados las mismas medidas que se toman en los aeropuertos –estimó. Esas medidas existen en países como Afganistán e Irak, donde efectivamente explotan bombas, pero aquí no porque no existe una amenaza terrorista real”, completó.

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