Mínimos desvíos

Mínimos desvíos, nuevo libro de José Gutiérrez Llama.
Mínimos desvíos, nuevo libro de José Gutiérrez Llama.

La dedicatoria es de seis palabras: Para ti, que no lo imaginas. Ediciones ENdORA publica Mínimos desvíos que este sábado 2, a las 17 horas, se presenta en la Casa del Tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana, ubicada en la calle General Pedro Antonio de los Santos 84, colonia San Miguel Chapultepec.

La presentación de Mínimos desvíos será a beneficio de La Casa de la Sal A.C. para niños y niñas con VIH/Sida.

José Gutiérrez-LLama es licenciado en Estomatología y Doctor Magna Cum Laude en Humanidades. Desde 1993 trabaja en Investigación y Desarrollo Farmacéutico. Ensayista y narrador, el autor publicó en 2005 una cascada de aforismos titulada El calendario del arrabal y Las Hojas del basurero. En sus tiempos libres practicaba ¿practica? el oficio de portero… cigarro en mano.

A continuación, Claudia, una de las 42 historias que incluye en Mínimos desvíos.

Nadie se desembaraza de un hábito o de un vicio tirándolo de una vez por la ventana; hay que sacarlo por la escalera, peldaño a peldaño.

Mark Twain

La llamada de Claudia había sido inquietante, se escuchaba mal y lloraba desconsolada. Así, tan pronto colgué el teléfono salí a buscarla para saber qué ocurría. Con semejante aflicción y más allá de mi insistencia, había resultado imposible indagar la causa de su congoja, simplemente se limitaba a decir: “Ven pronto, te necesito, ven” y seguía con el llanto. Bajo esas condiciones el traslado a casa sucedió como una cinta de terror en cámara lenta.

Cuando finalmente llegué y abrí la puerta, Claudia se abalanzó a mis brazos. No paraba de llorar y repetía mi nombre con insistencia.

-¡Paco, mi vida, Paco, mi amor! -y su voz se entrecortaba por los sollozos.

-Cálmante y cuéntame qué te pasa -le dije en medio del lloriqueo sin que alcanzara a escucharme. Cada vez se apretaba más a mi con desesperación.

-¡Cálmate de una vez, mujer! -alcé la voz y la sacudí por los hombros para evitar que cayera en una crisis nerviosa.

Súbitamente dejó de llorar; me soltó, se alejó un poco y me miró fíjamente a los ojos. Su mirada reflejaba un profundo extravío. Tomó mi mano y me condujo en silencio hasta el dormitorio. Tanto misterio me crispaba los nervios. Cuando entramos en la alcoba simplemente señaló al hombre que, desnudo, yacía inerte sobre la cama. Era un tipo corpulento en quien resaltaban todos los músculos como si alguien se los hubiese esculpido. Cuando al fin salí del letargo que me causó la sorpesa…

-¿Quién es? -pregunté sin quitarle la vista de encima, como si temiera que de pronto fuera a levantarse y golpearme.

Sentía la desconfianza que provoca la súbita entrada de un intruso a la casa.

-Era mi instructor de aeróbics -susurró con tono de niña mimada.

-Y ¿qué demonios hace en mi cam…? ¡Carajo! -fue entonces cuando me percaté que mi mujer sólo llevaba puesta una bata y no, era evidente que no me había llevado hasta ahi para presentarme a su amante.

“Era mi instructor…” retumbó en mis oídos como el rasgar de una navaja.

-¡Qué poca madre tienes! -vociferé en el preámbulo de un sinfín de maldiciones. Ella me escuchaba entre gimoteos, sentada en la alfombra y con la cabeza sumida en medio de las rodillas.

Pasaron minutos, horas, qué sé yo, quien puede calcular el tiempo cuando se está realmente exaltado. Azoté mi chaqueta contra el piso, manoteé, supongo haber pateado la puerta, en realidad no lo recuerdo con exactitud pero siempre lo hacía en medio del enojo. Después de un “¡arréglatelas como puedas!”, dejé el dorimitorio para buscar la salida.

-Paco. espera, regresa, por favor te lo pido -fue lo primero que le escuché decir después de una eternidad en silencio y por supuesto que regresé para continuar con mi retahíla de reclamos.

-Cálmate Paco -decía. -Cálmate y te explico -y ahora era ella quien pretendía hacerme regersar a mis cabales.
Finalmente su insistencia y el tiempo, sin poder definir cuál de los dos ejerció más influencia, lograron apaciguarme.

-Y bien ¿qué tienes que decir? -le inquirí a la espera del mínimo pretexto para encabronarme de nuevo.
Me sentía muy herido, profundamente agraviado.

Para mi asombro y después de una larga y serena explicación, Claudia nunca intentó exculparse. Asumió la responsabilidad de sus actos y las consecuencias.

Dijo, además, que me amaba, pero que eso ahora no tenía importancia.

-Jamás quise lastimarte -lanzó en primera instancia.

-¡No mames! -la interrumpí bruscamente. -No me salgas con eso…

-En serio, si hubiese tenido otra opción te aseguro que no te hubiera molestado. Si yo fuera la única involucrada habría llamado a la policía y listo. Pero no, por desgrcia no es así. Sabes mejor que nadie que no soy una asesina… Héctor murió así, de repente, mientras hacíamos el amor… en fin, mi reputación no importa pero, ¿y la tuya? Eres un funcionario público importante y un escándalo así podría afectar tu carrera política. Habrá periodistas y tus enemigos no desaprovecharán una oportunidad como esta. Imagina: “la esposa del diputado Longoria
y tal…”.

-¿Entiendes ahora por qué estás aqui? Sé que lo nuestro no tiene remedio, pero qué importa. No he querido actuar por mi cuenta y llamar a la policía, no he querido dejar que un impulso manche públicamente tu prestigio. Dime Paco, dime qué quieres hacer… -su voz había sido suave y pausada, y su mirada ¡tan azul!, como un mar en calma.
Ahondar en los detalles no parece substancial.

Vestimos al cadáver, llamamos a la policía y declaramos que el instructor había acudido a casa con objeto de calibrar algunos aparatos para ejercicio y mostrarme algunas rutinas de entrenamieto cuando repentinamente se desvaneció. Lo demás fue que el forense corroborara la causa del deceso: “muerte súbita provocada por la ingesta de anabólicos esteroides”.

Luego de ese día volví a verla en dos o tres ocasiones durante la gestión del divorcio. Después, nunca más supe de ella.

Y aunque en teoría nuestra separación supuso un proceder adecuado, nunca estuve convencido del todo. Claudia era una mujer estupenda y adorable. Alguien con quien seguramente habría sido fácil superar lo sucedido. No obstante, y en realidad eso fue lo que me llevó a dejarla, nunca pude arrancar de mi cabeza la idea de que esa hermosa y excitante mujer llevaba entre las piernas un “arma mortal” capaz de fulminar a cualquiera.

Y entonces tuve miedo, un miedo terrible de no resistirme a su encanto y arriesgar inexorablemente la vida.

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