“El Chapo”, el terror del PAN

Joaquín El Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa. Foto: Benjamin Flores
Joaquín El Chapo Guzmán, líder del cártel de Sinaloa.
Foto: Benjamin Flores

MÉXICO, D.F. (apro).- A Felipe Calderón sólo le quedan diez días para dar una verdadera “sorpresa de verano” y sacar del tercer sitio a su candidata en las elecciones del 1 de julio. A menos, claro, que los operadores panistas sean eficaces para evitar ese ignominioso lugar.

Sólo Joaquín El Chapo Guzmán pudo, en algún momento, haber alejado de ese rincón a Josefina Vázquez.

Pero el tiempo ya prácticamente se agotó y una eventual detención del jefe más conocido del cártel de Sinaloa no dejaría de verse como una acción electorera debido a que Calderón y el PAN hicieron de estas elecciones generales un referéndum de su “estrategia” de “combate al narcotráfico”.

En la lógica de la delincuencia organizada, una eventual reelección panista en la Presidencia de la República no vale la detención de El Chapo. Pragmática, a esa delincuencia no le importa quién gobierne, sino quién la proteja.

En el caso del Chapo, los gobiernos del PAN han sido sus grandes protectores. Primero, se le fugó al de Vicente Fox y pudo moverse por todo el país. Luego, en el de Calderón, consolidó a su cártel como el más poderoso de México y él se convirtió en el narcotraficante más famoso del mundo.

Más allá de los posibles efectos electorales, en el mediano y largo plazo su detención puede ser más perjudicial para el PAN. Requerido por la justicia estadunidense, Guzmán terminaría contando al gobierno de Estados Unidos quiénes fueron sus protectores durante los gobiernos del PAN, tanto civiles como militares.

Una versión de sus dichos la conoceríamos después por The New York Times cuando el gobierno estadunidense ya le hubiera quitado cientos de millones de dólares de la fortuna que le atribuye la revista Forbes.

Para sus protectores lo mejor sería que El Chapo tuviera el mismo final que Arturo Beltrán Leyva, El Barbas; Nazario Moreno, El Chayo; Ignacio Nacho Coronel o Antonio Cárdenas Guillén, Tony Tormenta. Todos ellos oficialmente muertos en sospechosos operativos de la Marina, el Ejército y la Policía Federal. Sospechosos porque la DEA dice que sólo puso la inteligencia para dar con ellos.

Estados Unidos se ha especializado en la búsqueda quirúrgica y eliminación de sus enemigos personificados: Sadam Hussein y Osama Bin Laden. El Chapo es considerado por ese país como el delincuente más buscado después del autor del ataque del 11 de septiembre de 2001 en Washington y Nueva York.

Al dictador iraquí literalmente lo sacó del agujero donde se escondió. A Bin Laden, del búnker que se construyó en Pakistán.

Como las tropas estadunidenses no pueden actuar como lo hicieron en Irak y Afganistán para cazarlos, en el caso de México lo que Estados Unidos necesita es la colaboración del gobierno mexicano para que sus agentes, civiles y militares, no sólo “encuentren” al Chapo, sino que vayan por él.

Se necesita una colaboración aún mayor que la de Felipe Calderón, pues a su gobierno varias veces se le ha “escapado” el narcotraficante.

La eliminación del Chapo o de Ismael El Mayo Zambada, otro de los jefes del cártel de Sinaloa, en circunstancias como las de otras cabezas del narcotráfico en México, sería lo mejor para el PAN y sus propagandistas.

Dicen los gobiernos de México y Estados Unidos que Jesús Alfredo Guzmán Salazar, hijo del Chapo, detenido el jueves en Zapopan, Jalisco, administraba los bienes de su padre y era “pieza clave” del cártel de Sinaloa. Si es así, tendríamos que esperar, pronto, más noticias del Chapo.

Pero con todo y esta detención, no hay razones para el optimismo electoral de Josefina Vázquez, quien ya dice que “no descansará” hasta que caiga el sinaloense. Sólo le quedan cinco meses para verlo.

jcarrasco@proceso.com.mx

@jorgecarrascoa

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