Gran Bretaña: la mercadotecnia de la bonanza y modernidad

Londres, un huésped entre la crisis y la modernidad. Foto: AP
Londres, un huésped entre la crisis y la modernidad.
Foto: AP

Cuando la crisis y la recesión se afincan en la mayor parte de Europa, Gran Bretaña aprovecha los Juegos Olímpicos para proyectar una imagen de bonanza y modernidad: lujosos barrios residenciales ocupados en su mayor parte por millonarios extranjeros; imponentes edificios de cristal y acero que albergan lo mismo oficinas de las principales firmas financieras del mundo que exclusivas boutiques y exóticos restaurantes. La nueva zona financiera Canary Wharf –así como la tradicional City– forman parte de una estrategia de mercadotecnia para posicionarse como la gran potencia europea…

LONDRES (Proceso).- Es una torre de formas extravagantes: dos gigantescas espirales de acero –una maciza y brillante, otra más ligera pintada de rojo– se aprietan en un extraño abrazo atormentado.
Se llama Torre Órbita y mide 115 metros. Se erige a un costado del flamante Estadio Olímpico en Stratford, en el barrio oriental de Londres antaño en el olvido y ahora resucitado para los Juegos Olímpicos.
Es obra de Anish Kapoor, renombrado escultor británico de origen indio, cuyas esculturas monumentales están esparcidas por el mundo. Fue concebida para conmemorar las olimpiadas y convertirse en nuevo emblema de Londres. Pretende dejar atrás al Big Ben, al Palacio de Buckingham, a la Abadía de Westminster, a la Catedral de San Pablo y a la Torre de Londres.
Su costo ascendió a 28 millones de libras, de los cuales 24 millones 400 mil fueron aportados por Arcelor Mittal, uno de los grandes grupos siderúrgicos mundiales. En plena crisis económica los londinenses deberán desembolsar los 3.6 millones restantes.
El emporio siderúrgico fue fundado y es dirigido por Lakshmi Mittal, oriundo de la India, radicado en Londres y poseedor de la sexta fortuna industrial del mundo. Este conglomerado emplea a cerca de 300 mil personas en 60 países. Al tiempo que decidió realizar el gasto faraónico de la Torre Órbita, Mittal anunció un plan internacional para “restructurar” sus empresas que dejaría en el desempleo a miles de obreros.
El viernes 27, cuando se inauguren los juegos, Lakshmi Mittal y su hijo Aditya tendrán el honor de portar la llama olímpica por las calles de Londres. Así lo decidió el Comité Olímpico Internacional como una muestra de reconocimiento a su generoso patrocinador.
A Boris Johnson, alcalde de Londres, le fascina contar la anécdota de que en 2009, en los baños de la sede del Foro Mundial de Davos, convenció a Mittal de que era imperioso construir una torre majestuosa en honor de Londres.
“La Torre Órbita es el viaje del deportista hasta la cima; es una espiral sin fin para tocar el cielo”, expresa Kapoor en un esfuerzo por definir poéticamente su obra.
Johnson es más pragmático: “La Torre Órbita es símbolo de crecimiento y prosperidad. Atraerá a los inversionistas y a un millón de turistas al año”.
Es difícil saber si esa “Torre Eiffel borracha”, como la llaman los londinenses, simbolizará al Londres del siglo XXI; pero no cabe duda de que es la metáfora perfecta de la evolución vertiginosa de la capital británica.
Hoy Londres se impone como la meca de las finanzas internacionales. Obtener la sede de los Juegos Olímpicos era parte de su plan para consolidar este poder. En amplios campos financieros la capital británica supera a Nueva York y a Hong Kong, según el informe Global Financial Centres Index, publicado el 18 de marzo por Z/Yen Group LTD, firma británica de investigación considerada referencia a escala internacional.

Cosmopolitismo

El Reino Unido es el líder mundial de los préstamos bancarios transfronterizos, del negocio de divisas y de varios otros complejos productos financieros. Un total de 250 bancos, filiales o sucursales de bancos de todo el orbe confluyen en la histórica City, así como en su gemela de Canary Wharf. La bolsa de Londres, el Stock Exchange, es la cuarta después de las de Hong Kong, Frankfurt y Nueva York. Los servicios financieros representan 15% del PIB británico y ocupan 21% de la fuerza laboral del país.
Además de su propia élite económica, Londres alberga a una población cosmopolita cada vez más numerosa de multimillonarios que gozan ese remanso de paz fiscal.
Los armadores griegos compran propiedades en los barrios más lujosos de Londres: en la bucólica área occidental de Hampstead; también en St. John’s Wood y Marylebone, a orillas de Regent’s Park, donde se concentran adinerados estadunidenses; en Mayfair, cerca de Hyde Park y en Chelsea, zonas favoritas de los oligarcas rusos y ucranianos. South Kensington es feudo de los franceses y en Kensington habitan acaudalados españoles e italianos.
En cambio los millonarios chinos prefieren instalarse en el corazón financiero de Londres: compran departamentos en la City o en Canary Wharf a precios exorbitantes, en tanto que los emires de Medio Oriente y sus familiares invierten en mansiones de Chelsea o Mayfair e incluso adquieren edificios completos.
Los dueños del bloque de edificaciones más costosas del mundo son qatarís. Se trata de cuatro edificios de nueve pisos cada uno, altos rectángulos de vidrios ahumados y fina estructura de acero y madera, todos idénticos, rodeados por rejas negras. Cuentan con un servicio de vigilancia especial basado en numerosas cámaras y porteros uniformados. Se ubican en Hyde Park número 1, a orillas de ese espléndido parque.
Londres es la única ciudad de Europa en la que circula un sinnúmero de autos último modelo de las marcas más afamadas: Ferrari, Bugatti, Porsche, Venturi Fétish, Rolls Royce, Maserati, Bentley y Mercedes Benz, sin mencionar limusinas tan largas que rayan en la extravagancia.
Fue a partir de la desregulación de la economía impuesta por Margaret Thatcher en los ochenta que la capital del eximperio británico logró imponerse en el competitivo mercado financiero mundial. También fue la Dama de Hierro la que empezó a sacudir siglos de tradición arquitectónica al iniciar la recuperación de zonas industriales en desuso y promover la construcción de edificios altos y modernos.
En las dos últimas décadas se volvió casi febril la construcción de inmensos rascacielos de cristal y acero; obras atrevidas, a veces elegantes o sorprendentes, a menudo soberbias, de arquitectos internacionales que llevan años compitiendo en Hong Kong, Beijing, Chicago, Berlín o Doha.
Dos Manhattan surgieron a la orilla del Támesis. Uno al costado de la famosa City y otro en Canary Wharf en los llamados Docklands o Isla de los Perros, una zona que se extiende en un meandro del río en la parte oriental de la ciudad.

El dinero manda

La decena de rascacielos que creció en la misma City o al lado de ella cambió la geografía del centro histórico de Londres. El edificio más polémico es ciertamente la Torre del Puente de Londres que nadie llama por su nombre oficial sino por su apodo The Shard (La Esquirla). El príncipe Carlos la calificó por su parte de casco de botella incrustado en el corazón de la ciudad. Se encuentra frente a la City, pero en la orilla sur del Támesis, en el barrio de Southwark.
El arquitecto italiano Renzo Piano no esconde su alegría por haber construido la torre más alta de toda Europa (310 metros, 95 pisos), que además será la primera ciudad vertical de Londres. Ken Livingstone, anterior alcalde de la capital británica, soñaba con “un monumento que celebrara la gloria de Londres y compitiera con el Empire State de Nueva York”, pero no midió el altísimo costo de la obra: 450 millones de libras. Se agotó el dinero, falló el financiamiento y la torre quedó a medias.
Finalmente fueron los fondos de Qatar los que la salvaron. El himno arquitectónico a Londres se convirtió en una más de las múltiples inversiones del pequeño emirato en la ciudad.
The Shard fue inaugurada el pasado 5 de julio por Hamad bin Jassem bin Jabr al-Thani, primer ministro qatarí, pero sólo será habitable en 2013 o 2014. Los departamentos más lujosos alcanzarán precios tan elevados que la empresa encargada de venderlos contactará personalmente a los únicos 50 clientes potenciales que existen en el mundo. Un hotel de cinco estrellas ocupará 18 pisos mientras que oficinas, boutiques y restaurantes de lujo se repartirán los 600 mil metros cuadrados puestos a su disposición.
La UNESCO y la English Heritage Foundation, muy reputada asociación de defensa del patrimonio de Londres, intentaron vetar el proyecto con el argumento de que La Esquirla “perjudicaba la integridad visual” de la Torre de Londres, de la Catedral de San Pablo y del Parlamento británico. Fue en vano. En el epicentro de la globalización el dinero dicta la ley.
El común de los mortales deberá pagar 40 dólares para subir hasta el mirador del último piso y echar un vistazo a la ciudad y al Mar del Norte, perceptible en el horizonte.
Fue toda una epopeya levantar una City bis en los escombros del puerto de Londres que en el siglo XIX era el centro mundial del comercio. La City histórica ya no tenía más espacio para acoger a bancos y sedes de empresas financieras internacionales. Margaret Thatcher decidió regenerar a la Isla de los Perros. Primero se creó la London Docklands Development Corporation. Luego el grupo canadiense Olympia and York se lanzo en la aventura y quebró. Entró al rescate el Canary Wharf Group, con fondos chinos y qatarís.
Canary Wharf es un mundo aparte de 40 hectáreas sobre las cuales se alzan 34 torres deslumbrantes –de cristal y acero como todas las demás– y cuatro inmensos centros comerciales. Es una Londres futurista cuya vida gira exclusivamente alrededor del dinero. Una ultramoderna línea del metro la une con el resto de la ciudad.
Hoteles elegantes, restaurantes exclusivos por doquier, pequeños espacios verdes, fuentes y esculturas; todo es de buen gusto; pero a pesar de los esfuerzos para darle vida, Canary Wharf semeja una maqueta.
El ambiente es frío, aplastante. Los seres humanos que ahí se mueven trabajan en el mundo de las finanzas, de los negocios o en los bancos. Casi visten uniformes: pantalones grises camisas claras y rigurosa corbata en el caso de los hombres; para las mujeres, poca fantasía y creatividad. Todos se ven como hormigas en ese decorado monumental. Esa visión se hace más evidente a la hora de la comida, cuando miles de individuos con prisa hacen cola para comprar sándwiches o se dan codazos para sentarse en establecimientos de comida rápida.
Solamente a la hora de salida de las oficinas Canary Wharf se ve más animado. Hacia las seis o siete de la tarde las hormigas grises ahogan su día de estrés en litros de cerveza.
La mudanza de ocho mil de los 11 mil asalariados de JP Morgan que trabajaban en la City y se instalaron en la deslumbrante torre de 33 pisos que el banco adquirió en Canary Wharf fue un elemento capital en la competencia entre la City histórica y su gemela moderna. Con 44 mil 500 empleados Canary Wharf ya superó a la City, que sólo cuenta con 43 mil 300 trabajadores.

Desigualdad que lastima

Diez de los 16 mayores bancos presentes en la City –HSBC, Barclays, Crédit Suisse, JP Morgan, Morgan Stanley and Citigroup, entre otros– conservan una sede en la cuna histórica de las finanzas londinenses, pero mudaron parte de sus oficinas a Canary Wharf atraídos por el tamaño y la comodidad de las instalaciones, así como por sus relativos bajos costos comparados con los de la City.
Gran parte de los principales periódicos con sede en la capital abandonaron la legendaria Fleet Street, en el centro de Londres, para instalarse también en Canary Wharf. El pionero fue la agencia noticiosa Reuters que se mudo en 2005.
Sin embargo, algunos bancos huyen del nuevo Manhattan británico. Entre ellos el japonés Nomura que dejó Canary Wharf para volver a la City. Sus directivos no soportaron la falta de calor humano del lugar. Así se lo comentaron a la reportera varios empleados bancarios mientras comían ensaladas en cajitas de plástico o fumaban un cigarrillo al pie de las torres de acero. Todos coincidieron en que uno de sus placeres secretos en la City era pasearse al mediodía en sus intrincadas calles y entrar en sus tiendas tradicionales.
Owen Hatherley, del matutino The Guardian, es aún más crítico. Mientras que a escala internacional la nueva City simboliza la envidiable energía londinense y un modelo perfecto de remodelación urbana, Hatherley explica en un análisis publicado el pasado 15 de mayo que Canary Wharf representa en realidad “la transformación de Londres en una ciudad con niveles de desigualdad que las generaciones anteriores pensaban haber eliminado comprometiéndose en duras batallas sociales”.
Según el periodista, los humildes habitantes de ese barrio antaño popular que aún viven en la zona sólo encontraron trabajos como “empleados de limpieza, camareros y prostitutas”. Muchos huyeron ante la especulación inmobiliaria. Indignado, Hatherley concluye:
“Canary Wharf es el lugar en el que grupos parecidos a Lehman Brothers pueden escapar al control relativamente riguroso de las leyes estadunidenses y beneficiarse de una total indulgencia cuando juegan con capitales ficticios de swaps sobre falta de pago de crédito o con obligaciones sobre deudas. Existen pocos lugares en el mundo tan absolutamente involucrados en todos los aspectos de la crisis que enfrentamos actualmente y que deberían rendir cuentas al respecto.”
Con molestia creciente remató su texto con una alusión a los violentos motines que en agosto del año pasado sacudieron al barrio multicultural de Tottenham, en el noreste de Londres. Al final se pregunta cuándo atacarán los rebeldes a Canary Wharf.
No fue ni sigue siendo menos polémica la transformación fenomenal de la zona de Stratford en Villa Olímpica. La metamorfosis del lugar, localizado a cinco kilómetros del centro de la ciudad, duró 12 años. El resultado sigue siendo misterioso ya que permaneció inasequible hasta la inauguración de los juegos. Su futuro plantea interrogantes.
Son los cómodos trenes sin conductores de la nueva Jubilee Line del metro los que llevan a esa otra vitrina del dinamismo londinense. En cuanto sale de la estación de Stratford el visitante no tiene otra opción: si quiere acercarse a la Villa Olímpica debe atravesar por fuerza el Westfield Mall, una escalofriante pesadilla consumista.
Westfield, apellido de su riquísimo dueño australiano, es el centro comercial más grande de Europa: mide 175 mil metros cuadrados. Infinitos son sus anchos corredores, agobiante es la multitud que los recorre, insoportables son las luces artificiales y los efluvios agresivos de músicas heteróclitas.
En la planta baja la vista se pierde entre centenares de puestos de comidas rápidas del mundo entero. Se mezclan olores de especies exóticas, fritangas, carnes asadas, curries, hot dogs, pizzas. Entre ellos destacan autoservicios dizque mexicanos, cuyos cocineros tailandeses y afganos guisan extraños platos con vagos nombres hispanizantes. McDonald’s domina el escenario.
Restaurantes y cafés un poco más acogedores se reparten en los otros cuatro pisos entre más de 300 inmensas tiendas de ropa de toda clase, lo mismo barata que de diseñador. Lo mismo ocurre con zapatos, productos de belleza, perfumes, joyería, bolsos, artículos electrónicos, discos…. Casi no hay librerías, pero abundan los cines.
Para tener una vista panorámica de la Villa Olímpica hay una sola vía: subir hasta el último piso de John Lewis, una tienda tipo Palacio de Hierro. Luego es preciso abrirse paso entre estantes atiborrados con productos derivados de los juegos, empezando por las indefinibles mascotas de las olimpiadas: Wenlock, símbolo de las olimpiadas y Mandeville, de los paralímpicos.
Por último se debe hacer cola para tener acceso a un gran ventanal que da al Parque Olímpico con su majestuoso estadio, la inevitable Torre Órbita y los edificios que albergaran a los 14 mil 700 atletas, o las instalaciones en las que se desplegarán unos 20 mil reporteros.
Helicópteros sobrevuelan la zona. Todo permanece cerrado y vigilado por policías con perros que olfatean los escasos vehículos autorizados en la villa.
¿Que pasará después de los juegos? ¿Se convertirán los inmuebles de la villa en viviendas sociales como se pensó inicialmente? No es muy probable. Si bien las habitaciones de los atletas se transformarán en dos mil 800 departamentos, es casi imposible que sus precios sean asequibles a ingleses de modestos ingresos. La mitad de estos futuros departamentos acaba de ser comprada por fondos soberanos de Qatar y la vocación de los emires no es la filantropía.
¿Las autoridades londinenses lograrán que las firmas de bienes raíces que se apoderaron de hectáreas en la zona ofrezcan viviendas de interés social? Al ver las cómodas torres que surgen como hongos y en forma bastante anárquica resulta evidente que la verdadera beneficiaria de la resurrección de la parte extrema oriental de Londres será una clase media con cierto poder adquisitivo que ya no encuentra vivienda asequible en la ciudad. l

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