La historia de José Lino Montes: desde las entrañas del campo yucateco a los Juegos Olímpicos

El pesista Lino Montes . Foto: Aarón Cadena Ovalle
El pesista Lino Montes .
Foto: Aarón Cadena Ovalle

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Esta es la historia de José Lino Montes, en sus propias palabras:

Tengo 23 años y somos seis hermanos. Fui campesino, sembraba arroz, maíz, calabazas y cacahuates. Ahora levanto pesas. Este es uno de los momentos más hermosos de mi vida. Soy feliz porque cumplí uno de mis sueños: competir en unos Juegos Olímpicos.

Recuerdo mi triste historia. No tuve infancia. Nací en el pueblito Tekanchen, en Yucatán, de aproximadamente mil habitantes, donde viví 15 años. Por las mañanas estudiaba y en las tardes me dedicaba a las faenas del campo. Mi madre, yucateca, es ama de casa, y mi padre es veracruzano. Pasamos momentos muy difíciles, pero cuando creíamos que no íbamos a tener de comer gracias a Dios mi papá siempre llegaba con algo de alimentos.

En mi pueblito empecé a soñar, me ilusionaba mucho con viajar por el mundo, subirme a un aeroplano, conocer y aprender cosas nuevas. Y cada vez que escuchaba el sonido de un avión salía corriendo, me tiraba al suelo y me ponía a buscar los aviones que se perdían entre las nubes. Una vez le pregunté a mi madre: ¿Cómo es un avión por dentro? Me decía que era como una ciudad con mucha gente en constante movimiento.

A mis 14 años mi papá, Melquiades Montes, empezó a enseñarme cosas que todo adulto inculca a los hijos para sobrevivir solos. Un día fuimos al campo él, mi hermano mayor y yo. Al regresar a casa nos encontramos a unos tíos de Veracruz que vivían en Tijuana e invitaron a mi padre a trabajar en Tijuana, y aceptó. Entonces nos fuimos al municipio de Tekax, donde ahora radico.

Mi papá me dijo: ‘De todos mis hijos tu eres el más cabrón, el más inteligente, el más duro, y si algún día llego a faltar quiero que te hagas cargo de mi familia y nunca dejes que nada le falte’. Mi padre se despidió de todos. Fui el único de mis hermanos que no lloró.

Un día dieron por muerto a mi papá. Me dolió, pero contuve el llanto porque antes de irse me dijo: ‘los verdaderos hombres nunca lloramos’. Yo estaba muy chico y había muchas cosas que aún no entendía.

No me gusta hablar de esto, pero lo voy a hacer. Me sentí perdido, no sabía qué hacer, ni cómo ayudar a mi familia. Empecé a extrañar a mi papá, lo lloré como nunca en mi vida y me di cuenta que los hombres también lloran.

Tres meses antes de cumplir 15 años empecé a practicar las pesas. Todo empezó cuando conocí a la familia Díaz Álvarez, dueños de una nevería en el centro de Tekax. Les pedí trabajo, me ofrecieron su casa, donde viví un año. La señora daba clases en la secundaria en la que yo estudiaba y todos los días me llevaba y me trataba como de la familia. Comía bien, pero cada vez que me sentaba en torno a la mesa no dejaba de pensar en mi familia.

Estaba en atletismo, pero previo a las competencias intersecundarias unos maestros me dijeron: ‘estás muy chapita pero tienes físico para las pesas te vamos a presentar al maestro William Balam’. No sé qué rayos vio en mí ese profe que me puso a entrenar, y juntos nos fuimos a mi primera Olimpiada Nacional, en Sonora en el 2004. Nos acompañó mi hermano mayor, quien también competía en pesas.

Y llegó el día de mi cumpleaños, 18 de abril, justo el día del torneo. En la víspera sentí un enorme vacío. Sabía que iba a ganar. De hecho era uno de los favoritos y en el fondo quería regresar a casa, encontrar a mi padre y decirle: mira lo que he logrado. Pero él ya no estaba. Por primera vez en mi vida me había subido a un avión y no podía creerlo. No hice una buena competencia y el profesor William se puso triste porque confiaba en mí. Le preguntó a mi hermano por qué estaba mal y le respondió: ‘han pasado muchas cosas en nuestras vidas y él extraña a mi papá’.

Regresé y me apliqué en las pesas. Se abrió un Centro de Alto Rendimiento en Mérida, el profe me envió para allá y trabajé con un entrenador búlgaro. Empecé a ganar, y asistí a la Olimpiada Nacional de 2005 con el profesor William. Le di esa enorme satisfacción; cumplí mi promesa. Desde ahí no he perdido ninguna Olimpiada Nacional. He ganado cinco títulos.

Un día sentado en un árbol del centro me sentí muy mal porque hablaba con mi mamá y no sabíamos nada de mi papá, hasta que unos tíos que viven en Tijuana averiguaron que no estaba muerto, sino preso en Estados Unidos. Lo confundieron con un pollero. Me sentí feliz, creí que mi papá iba a regresar, pero lo conocía demasiado: no es de los que se dejan vencer tan fácil.

Hace cuatro años que mi papá volvió a casa después de ocho años de ausencia. Era necesario su regreso, porque mis hermanos estaban creciendo sin él. Le insistí que nos servía más acá. Se fue con el cabello negro y volvió con canas. No me gustaba verlo así. A su regreso no teníamos la gran cosa, apenas una casita de cuatro paredes, pero para vivir tranquilos sin que nadie nos diga nada, sin que les griten a mis hermanos que los van a sacar a la calle o que les recuerden que están de arrimados. Todo eso ya se había acabado.

Seguí con mi preparación, con salidas a competencias internacionales. Fue así como llegué hasta donde estoy. Si estoy aquí es por algo, por una razón. Mi hermano terminó su carrera y tiene un trabajo gracias a mi deporte y a toda mi labor, seguimos construyendo la casa, que humildemente ahí va. Me gusta trabajar para que no digan que me dan limosnas. Todo lo que gano lo intento invertir en mi casa, y apoyo a mi papá, quien ahora trabaja el campo y cuidando sus ovejas. Mi madre está en la casa y mi hermana estudia.

La verdad no me gustaban las pesas, y ahora no puedo vivir sin ellas; si no entreno un día no me siento bien. Me siento incómodo, siento remordimientos. Es algo que amo; vivo de este deporte, disfruto muchas cosas, he visitado lugares a los que jamás imaginé que iría.

En esta vida todo puede pasar. Soy sexto del ranking mundial y el mejor envionista del mundo en el presente año de la categoría de 56 kilos. Sin una buena preparación gané la medalla de bronce en los Juegos Panamericanos de Guadalajara 2011; fui octavo en el Mundial de París, donde fallé en el último levantamiento y perdí el tercer lugar; gané una presea de oro, una de plata y una de bronce en el reciente Panamericano de Levantamiento de Pesas Guatemala 2012. Esto es parte de Lino. Soy el Lino de siempre, el de la gente que en realidad me conoce. Es el momento de demostrar quién soy y de dónde vengo.

 

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Lino Montes participó en Londres 2012 ayer domingo 29.

En su análisis previo a los Juegos Olímpicos, el entrenador en jefe del equipo nacional de levantamiento de pesas, el búlgaro Konstantin Darov, se muestra optimista respecto a las posibilidades de su pupilo:

El balance es muy positivo después de su competencia en Guatemala, donde realizó la marca más alta del mundo en este ciclo olímpico y en el presente año, con 156 kilos de envión.

En el Preolímpico de Guatemala Montes levantó un total de 271 kilos, con lo que estableció la sexta mejor marca del mundo. Será el primer mexicano en levantamiento de pesas desde Los Ángeles 84.

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