La historia de “La Morena”

"La Morena", sexoservidora en Jalisco. Foto: Rafael del Río
"La Morena", sexoservidora en Jalisco.
Foto: Rafael del Río

Lleva 14 años ejerciendo como sexoservidora en las inmediaciones del barrio de San Juan de Dios, una de las zonas tapatías donde las autoridades se niegan a atacar la prostitución, la venta de alcohol y el consumo de todo tipo de droga. Sus clientes y los lugareños la conocen como La Morena o Nayely y ella se deja querer, aunque también denuncia el acoso de las autoridades que, dice, practican una doble moral.

GUADALAJARA, JAL. (Proceso Jalisco).- Algunos le dicen La Morena, otros prefieren llamarla Nayely. Ella lo toma con filosofía, pues para ejercer como sexoservidora el nombre es lo de menos o, en el mejor de los casos, le sirve para ocultar su identidad. Lleva 14 años en el oficio. Todos los días deambula por las inmediaciones del barrio de San Juan de Dios, donde recorre una y otra vez un tramo de Álvaro Obregón y la calle Insurgentes.

Originaria de Santa María Nutio, municipio de San Juan Colorado, Oaxaca, donde habitan sólo 817 personas, La Morena vive en el sector Reforma de Guadalajara. Recuerda que de chica sus padres intentaron casarla por la fuerza con un hombre que, decían, era el que le convenía. Como se resistió, se ganó entre sus familiares y conocidos la fama de rebelde. Desde entonces comenzó a defenderse de los abusos contra su persona, relata al reportero, mientras se contonea y deja ver sus muslos.

La zona en la que trabaja La Morena es una de las más peligrosas de la ciudad, aun cuando se encuentra a unos cuantos pasos del Centro Histórico de Guadalajara. En los últimos años, según los lugareños, el vecindario se llenó de negocios donde prolifera la droga, el alcohol y el sexo.

Lejos de controlar la situación, dicen, los policías actúan con una doble moral; dicen que no ven la prostitución, pero sí explotan a quienes la ejercen, como a La Morena. Y aunque las autoridades se niegan a ver ese fenómeno social, vecinos y académicos insisten en calificar la zona como un verdadero foco rojo.

De estatura regular, La Morena es de las sexoservidoras más solicitadas por los clientes que deambulan por el barrio de San Juan de Dios. A sus 40 años, su cuerpo todavía es seductor, por lo que muchos la buscan, comenta al reportero. Afirma que sus parientes le recuerdan que si se hubiera quedado en el rancho donde vivía estaría muy bien.

“Yo les digo que a mí el dinero no me interesa. Me preocupa más estar bien, pues no podría vivir con una persona a la que no quiero. Por desgracia en el sur de México hay muchos lugares donde los padres dan a las mujeres desde chiquitas. Esa es una costumbre de la que no se pueden zafar”, relata.

A diferencia de Diana, una sexoservidora recién llegada de Tepa, quien contacta a sus clientes por internet y cobra 700 pesos por cada encuentro, La Morena no utiliza las nuevas tecnologías, pues prefiere recorrer la calle y lidiar incluso con los policías que quieren cobrarle derecho de piso. A veces, aclara, ha estado en la cárcel por negarse a ceder a las presiones.

Viste apenas una diminuta falda que deja libres sus torneadas piernas y una blusa de pronunciado escote bajo la cual resaltan sus pechos. Es parte del truco para llamar la atención, dice, mientras su larga cabellera azabache brilla a contraluz.

Vecina del sector Reforma, La Morena asume tres roles cada día: además de trabajar como sexoservidora, es ama de casa y cuida a su hija de 10 años, quien cursa el cuarto grado de primaria. Ser madre es lo que más le gusta, dice.

Viaje por el infierno

A principios de año, el Instituto Jalisciense de la Juventud (IJJ) difundió un estudio en el cual indica que existen 43 zonas donde se ejerce la prostitución en todos sus niveles. Entre las más destacadas están las de Calzada Independencia, la carretera a Chapala, Periférico Norte y la carretera libre a Zapotlanejo, en el área metropolitana.

Realizado por Rodolfo Govela, el documento destaca que el comercio sexual prolifera en los table dance, centros botaneros y espacios abiertos. Todas esas “opciones” confluyen en San Juan de Dios.

Josefina Cortés Gutiérrez, investigadora de la Universidad de Guadalajara (UdeG), llama la atención sobre el aumento de la prostitución en Guadalajara, Puerto Vallarta y en las inmediaciones de los grandes centros comerciales. “Ahí prolifera la explotación sexual mercantil de adolescentes y adultos”, dice.

Y enumera los puntos donde, recalca, “se detecta fuerte la prostitución juvenil y de personas adultas”: en Calzada Independencia, San Juan de Dios, la Plaza de los Mariachis, Obregón, la Plaza Tapatía, la Antigua Central Camionera, los parques Revolución y Morelos, entre otros.

En Aldama, Insurgentes, Álvaro Obregón, Gigantes, 28 de Enero, 5 de Mayo, Gómez Farías y en muchas otras calles la seguridad pública es deficiente, el barrio se autorregula; incluso algunas arterias son bloqueadas de repente por personas ajenas al ayuntamiento o a la Dirección de Vialidad.

En un recorrido por esa parte de la ciudad, donde proliferan tanto hoteles como casas de citas e infinidad de establecimientos, Proceso Jalisco observó la forma en que opera ese “servicio combo”, en el cual se ofrece de todo: prostitutas, cuartos, bebida, e incluso drogas. Algunos establecimientos incluso cuentan con policías privados.

Hay manzanas o cruces de calles controladas por quienes regentean a las sexoservidoras o por halcones de narcotienditas que informan a sus superiores cuando se acercan los policías o detectan a algún sospechoso. También se observa a los viene-viene o franeleros que hacen de todo: cuidan y lavan carros, pero también roban autopartes y a los transeúntes, o consiguen droga y prostitutas a quien las pida.

En el barrio de San Juan de Dios se puede encontrar crystal, mariguana, tachas o simple tonsol. Ahí nadie se mete, dice uno de los vecinos entrevistados. Un algodón con toncho cuesta 10 pesos, casi lo mismo que una cerveza, con la diferencia que su efecto dura toda una mañana. Con la venta de un litro de ese solvente el comerciante gana más de 800 pesos.

En el apartado sexual, los clientes con poco dinero consiguen niños o prostitutas de la tercera edad, que por 30 u 80 pesos hacen sexo oral. El servicio se realiza entre escondrijos de casas abandonadas, al interior de un carro parado en un estacionamiento o en cualquier lugar apartado.

En contraste, decenas de viejas casonas están deshabitadas; otras tantas en venta o se ofrecen en renta. Los prósperos negocios de antaño mantienen sus cortinas cerradas y la basura prolifera a su alrededor.

Algunos departamentos operan como vecindades apenas empieza a atardecer. Las prostitutas se exhiben desde las ventanas del segundo piso, con los brazos colocados en los antepechos de las ventanas y el dorso desnudo. “Usted no sabe que pasa con todo esto, pero uno se puede imaginar que esas mujeres trabajan borrachas o drogadas”, comenta una vecina.
En los últimos meses, la Plaza de los Mariachis se ha llenando de comercios donde se venden productos de fabricación china. El emblemático lugar es prácticamente una cantina a cielo abierto, es un refugio maloliente en el cual pululan drogadictos y se ejerce la prostitución infantil.

Cortés Gutiérrez, especialista en prostitución y responsable de un observatorio contra la violencia intrafamiliar, asegura que en San Juan de Dios se concentran prostíbulos de “mala muerte”, negocios lúgubres e insalubres, donde proliferan mujeres llegadas del sector rural y en el cual las autoridades ejercen un control casi inexistente o “invisible” para atender un fenómeno que se les escapa de las manos.

Ello se debe, dice, a fallas en el sistema para atender el problema, a la falta de presupuesto para las instituciones, a los huecos en la legislación, a la carencia de personal especializado para dar seguimiento a quienes están inmersos en este fenómeno social.

Su colega María Antonia Chávez Gutiérrez, adscrita al departamento de Desarrollo Social de la Universidad de Guadalajara, sostiene que la prostitución es un asunto pendiente en la agenda de los gobiernos panistas y priistas de la entidad y los municipios.

Señala también que poco podrá hacerse mientras persista la doble moral: “Hay una apertura visible para estimular el comercio sexual en la sociedad y, por otro lado, parece que el problema no existe o que no se le da la importancia debida desde el punto de vista institucional”.

La Morena se niega a hablar sobre su trabajo y los problemas de prostitución en el barrio. Prefiere concentrarse en su origen de campo. Le brillan los ojos cuando habla de su adolescencia y recuerda las faenas en el campo, el cultivo de las milpas; del tiempo de las lluvias, los días nublados, los jilotes de pelos rubios y de las espigas que anuncian la llegada a la madurez de la planta. Sus palabras salen del corazón, donde, dice, guarda la nostalgia.

Quizás ella no lo sabe, pero forma parte de uno de los mercados de sexo más importantes de México y América Latina. Lo que sí tiene claro es que tanto ella como las demás sexoservidoras atienden a un sector popular compuesto por obreros, albañiles, tiangueros, hombres de campo y personas de la tercera edad. También sabe que ese oficio que ejerce desde hace 14 años está lejos de acabarse.

Comentar este artículo