Entre gritos de fraude, lluvia y un Zócalo sin llenar, Calderón da su último Grito

Protestas en el Zócalo. Foto: Miguel Dimayuga
Protestas en el Zócalo.
Foto: Miguel Dimayuga

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- El cielo en rebeldía y una tormenta de voces y mantas estallando en reclamos de fraude, enmarcaron la celebración tradicional del Grito de Independencia, en el Zócalo de esta ciudad.

A las 11:00 de la noche, el presidente Felipe Calderón asomó al palco presidencial para tañir la campana de Palacio Nacional, ante decenas de miles de personas cercadas por un numeroso despliegue de fuerzas federales. La plaza no estaba llena. Frente a la Catedral Metropolitana se observaba un amplio espacio vacío. El tradicional Zócalo abarrotado no lo fue esta noche.

Momentos antes las marchas revolucionarias cedieron la atmósfera al silencio, y fue cuando por fin, la consigna de “fraude, fraude” fondeó la algarabía de los invitados de la Presidencia que salieron a la calle, para atestiguar la última arenga de Calderón. A la par de los gritos, mantas y pancartas repudiaban el triunfo de Enrique Peña Nieto, aludían a la “imposición” presidencial, al “Estado fallido” y hasta un tercio de mujeres mostraron los pechos en señal de rebeldía.

Apenas un “viva Felipe Calderón” se escuchó en las proximidades de Palacio, donde se ubicó a los invitados de menor relevancia, en su mayoría mandos medios de la administración pública federal.

La lluvia arreció apenas salió Calderón al palco, por lo que de inmediato, los corifeos se fueron en desbandada y a empujones intentaban abrir la puerta de acceso asignada, que estaba bloqueada por el Estado Mayor.

Pero ya adentro, la fiesta se democratizó y los que habían quedado en reserva para corear a Calderon bajo el palco, pudieron entrar al Patio Mariano y departir con las personalidades que participaban de la noche del grito en los pasillos y las salas del poder.

Los patios de Palacio fueron decorados con motivos mexicanos y salas de corte minimalista. Por techo se colocaron toldos que mantuvieron secos a los invitados presidenciales… Afuera, la muchedumbre resistía el meteoro desde las 8:00 de la noche, eso sí, al ritmo de Jenni Rivera.

Por las mesas del Patio Mariano, los colaboradores de Felipe Calderón, gustosos, repartían saludos. Roberto Gil, Alejandra Sota, José Ángel Córdova, y Ernesto Cordero, eran de los más estrechados por la alta burocracia panista que, despachando sonrisas acudió a la última noche de gala por el grito de Independencia.

No es para menos. La tradición indica que el presidente dé su último grito en Dolores Hidalgo, pero Calderón lo quiso hacer aquí, en Palacio Nacional, resguardado por los muros de la antigua sede presidencial y miles de policías y soldados.

El recordatorio es persistente: en las pantallas colocadas por los pasillos y galerías de Palacio, en los objetos que se han repartido, con motivos patrios y en los impermeables regalados a la hora de la lluvia paera salir a corear a Calderón: gracias México, se lee como un atisbo de temprana nostalgia.

Ya se sabe que no quiso acudir el presidente electo Enrique Peña Nieto, pero aquí está Jesús Murillo Karam, quizá el único priista de importancia que acudió a la fiesta mexicana con que se despide Felipe Calderón.

Diplomáticos que se confunden con la clase política mexicana, agregados militares extranjeros que se mimetizan con los nacionales, todos con pechos repletos de insignias y medallas… Por allá, Emilio Álvarez Icaza, que en su nuevo rol de funcionario de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, acude en calidad de diplomático y es mesurado en sus expresiones sobre el régimen calderonista:

“Un gobierno de clarososcuros”, dice y rechaza tener elementos para advertir lo que pasará en el gobierno de Peña Nieto.

Entre los danzantes tlaxcaltecas, la danza de los viejitos, el jarabe tapatío y un mariachi… En el Patio Mariano la fiesta sigue y sigue.

La lluvia ha dejado de caer, las consignas se disiparon aún más rápido y, poco a poco, ya entrada la madrugada, Palacio Nacional se empieza a despoblar, dejando sólo los rumores de los “muertos”, macabra voz que el ejército de meseros le da a los trastes sucios que quedaron regados por el lugar.

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