“Mi filosofía: nunca rendirse”: Gustavo Sánchez

Gustavo Sánchez. Medallista paralímpico Foto: Eduardo Miranda
Gustavo Sánchez. Medallista paralímpico
Foto: Eduardo Miranda

Gustavo Sánchez Martínez, nadador del equipo de la Universidad Nacional Autónoma de México, fue el atleta más destacado de la delegación mexicana que participó en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012: obtuvo dos medallas de oro, una de plata y otra de bronce. Sus logros, además de su propio esfuerzo, los debe también al impulso y apoyo incondicional de su familia. “Admiro de mí –dice sincera y honestamente– las ganas de salir adelante, mi actitud, mi fuerza…”

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En la casa de una tía materna en Acapulco, Gustavo Sánchez Martínez aprendió el abecé de la natación. Sus hermanas lo zambulleron en la alberca siendo apenas un bebito. Jimena le enseñó a mantenerse a flote mientras Gaby se ocupó de que aprendiera a bucear.

Aunque su hermanito era un niño con limitaciones físicas, las pequeñas jamás repararon en ello. No preguntaron a papá y mamá por qué el bebé no tenía las piernas y los brazos como ellas. Tampoco los padres explicaron nada. No había tratos especiales. Desde sus primeros días la familia aleccionó a Gustavo para que aprendiera a hacer todo por sí mismo.

Por eso a nadie espantaba que las chiquillas se llevaran al niño a la alberca para mostrarle cómo sobrevivir en el agua sin la ayuda de nadie, ni que su padre le dijera que si quería encender una luz se esforzara para alcanzar el interruptor.

“Mi filosofía de la vida es nunca rendirse”, dice Gustavo Sánchez Martínez, multimedallista en los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 con dos oros, una plata y un bronce.

“Desde chico mis papás me decían ‘si quieres algo, hazlo tú. Inténtalo. Estírate. Alcánzalo’. Se escucha un poco cruel pero eso me ayudó a ser quien soy. Ellos querían que fuera independiente. Por eso admiro de mí las ganas de salir adelante, mi actitud, mi fuerza, mi forma de pensar que nada es imposible.”

Quién sabe de dónde le vino la idea, pero cuando Jimena tenía unos ocho años le dijo a su mamá que quería un hermanito. Tal era su insistencia que contagió sus deseos a Gaby. Gustavo Sánchez y María Elena Martínez hacía muchos años que habían decidido que no tendrían más hijos. No por falta de ganas sino por recomendación médica.

“Nos dimos cuenta de que era casi una obsesión, más que un deseo. Le pedían un hermano a Santaclós, a los Santos Reyes, al ratón de los dientes, a la gran calabaza, a todo lo que se le pudiera pedir. Aunque me costó un poco, logré embarazarme. Todo el embarazo Gus fue monitoreado, pero en esa época no existían los aparatos en tercera dimensión. Cuando íbamos al chequeo médico era día de fiesta, ellas nos acompañan. Aparecía Gus en escena, sonaba su corazón, se chupaba el dedo y todos estábamos felices”, relata la madre del atleta.

El 3 de mayo de 1994, durante el nacimiento de Gustavo, María Elena sufrió un ataque de preeclampsia. El cordón umbilical se desprendió y comenzó a desangrarse.

“No había manera de parar la hemorragia. Estuve a punto de morir porque el alumbramiento fue muy difícil. Nació Gus y yo estaba muy preocupada porque no lloraba. Mi marido estaba ahí y se dio cuenta de todo, pero no me decía qué estaba pasando. Ya cuando lo supe y escuché que pudo llorar, creo que fueron muchas reacciones químicas en cadena.”

La condición de salud de María Elena era tan delicada que el médico le sugirió a su esposo que fuera a buscar a sus hijas para que pudieran despedirse de su mamá. Ella estaba en terapia intensiva con un catéter directo al corazón para que los médicos pudieran realizar de inmediato cualquiera maniobra quirúrgica que fuese necesaria.

“Tenía una virgen de Guadalupe enfrente y le pedí que por favor me permitiera permanecer porque Gus me necesitaba. Por mis hijas no me preocupaba, sabía que mis hermanas las cuidarían, pero él sí me necesitaba y sabía que sus primeros años eran cruciales”, recuerda.

El señor Sánchez fue por sus hijas. Les explicó las características de su hermanito, que lo importante era que estaba vivo y les pidió que lo aceptaran y lo trataran como a un igual.

“Fue un milagro de la vida porque cuando vi a los tres y a Gus en mi cuarto me estabilicé. Los médicos no se explicaban la mejoría. Al estar con su hermano ellas hablaban de lo que tenía no de lo que no tenía. Hablaban de sus ojos, de su sonrisa, de su barba partida, de su carita de cielo. Jamás mencionaron las ausencias y nunca las vi llorar por las características de su hermano. Mi hijo era una luz especial, nació iluminado. Desde ese momento entendí que tenía una misión muy importante en la vida.”

 

Sin contemplaciones

 

La mamá de una amiguita de Jimena apareció en la vida de los Sánchez. Fue esta mujer la que les habló del hospital Shriners, la institución filantrópica que cobijó a Gus desde pequeño y que ayudó a la familia a resolver muchas de sus dudas sobre cómo darle a su hijo las herramientas para hacerlo autosuficiente.

“Nos cambió la vida porque Gus es diferente. Incluso de bebé era hasta difícil abrazarlo y si nos descuidábamos un poquito se nos caía porque no tenía la misma estabilidad. Es el mundo que le tocó, el mismo que a ti, a mí y a los demás. Entendimos que así era y que había que actuar. No hay alguien capaz de darle un mundo diferente, ni con todo el dinero ni con todo el poder. Bajo ese esquema dijimos hay que darle los recursos para que él tenga la capacidad y se integre al mundo”, relata el padre.

Ni María Elena ni Gustavo tuvieron tiempo para contemplaciones ni para lamentar nada. Cuando el genetista les confesó que era muy difícil identificar las razones por las cuales se dio la falla genética no indagaron más. Al mes de nacido su hijo ya estaba en tratamiento médico.

Comenzó a utilizar sus primeras ortesis (dispositivo que modifica las funciones o la estructura de alguna parte del cuerpo) para tratar de enderezar su pierna izquierda. No tenía ni un año y ya lo habían operado de la mano derecha para corregir la sindactilia (fusión) de sus tres dedos y así ganar movilidad.

Después de tres cirugías, su pierna izquierda no se pudo corregir. Por la malformación –no tenía el peroné, su pie era muy pequeño y con un solo dedo– esa extremidad no era funcional para la estabilidad. Aunque ya había desarrollado habilidades con su piecito –podía asir cosas– y si seguía estimulándolo tendría en él una herramienta muy útil, los médicos plantearon a los padres dos opciones: dejarlo tal cual o bien amputar debajo de la rodilla para poder colocar una prótesis que le permitiría caminar y, por lo tanto, tener equilibrio.

“Concluimos que era muy congruente la recomendación médica de amputar, pero tomar la decisión no fue tan difícil para nosotros como para las hermanas. Hubo crisis porque ellas decían que no teníamos derecho a decidir por él. Era arriesgarnos a que en el futuro nos reclamara por qué se le quitó la extremidad o que aprobara esa opción. Fue un drama, pero decidimos que sí.

“La vida de la familia cada vez fue siendo un tanto normal, si es que así se le puede decir. Terminaron las cirugías como a los cinco años y de ahí para acá todo ha sido cambios de prótesis y entrenamientos para adaptarse a ellas. En la pierna derecha usa una prótesis completa porque es desarticulada de origen. Su pierna izquierda entra en un socket y eso le da la posibilidad de flexionarla, son rodillas hidromecánicas. En el brazo izquierdo también usa una prótesis que es un ganchito que se abre y tuvo que aprender a manejarlo para tomar los objetos” relata el padre.

Gustavo Sánchez, ingeniero mecánico de profesión, se dedica de tiempo completo al cuidado de su hijo. Es él quien lo acompaña a las competencias, quien su ocupa de llevarlo a los entrenamientos tanto a Ciudad Universitaria como al Centro Paralímpico Mexicano cuando se concentra con la Selección Nacional. Orgulloso presume que su esposa es la proveedora de la familia y María Elena cuenta que su marido hace las labores del hogar como nadie. “Hasta sabe coser y plancha mucho mejor que yo”, acota.

“Desde que éramos novios en el CCH, y luego cuando nos casamos, nunca hablamos de algo ideal, sino de enfrentar la vida con decisión, con entereza, coraje, y así hemos transitado en todo. Con el paso del tiempo pienso que hemos podido resolver muchas de las problemáticas a las que nos hemos enfrentado porque no nos la pensamos. Se toman decisiones, no hay tiempo para lamentarse ni darle la vuelta a los asuntos. Somos personas alternativas porque no hacemos las cosas que las personas comúnmente hacen. El modo de enfocar la vida, cómo resolvemos los problemas, a qué cosas les damos valor. Los paradigmas sociales no nos preocupan mucho”, explica.

 

“Un fenómeno”

 

El lema de la familia Sánchez es construir. A eso atribuye el padre que Gustavo, a pesar de ser diferente, sea un fuera de serie.

“Dentro de su esquema y sus posibilidades Gus es un fenómeno de la natación. He hecho comparaciones. Michael Phelps es un tipo altísimo (mide 1.93 m) y nada los 100 metros en 47 segundos, mientras que Gustavo, que mide menos de la mitad que él, hizo 39 segundos en los 50 metros para implantar récord de América. En Londres, uno de los nadadores a los que les ganó mide casi 1.90 m (el español Richard Oribe) y David Smetanine (de Francia) tiene unos brazotes y les ganó a los dos”, detalla.

En los Londres 2012, Gus se consagró como el integrante más destacado de la delegación al obtener dos medallas de oro en las pruebas de 100 metros (1:24.28) y 200 metros libres (2:58.09) categoría S4, donde dio cuenta de Oribe de 38 años y de Smetanine de 37.

También obtuvo plata en los 150 metros individual combinado categoría SM4 con tiempo de 2:39.55 detrás de Cameron Leslie, de Nueva Zelanda, y delante del japonés Takayuki Suzuki.

En los 50 metros dorso categoría S4 ganó presea de bronce con 47.17 segundos detrás del mexicano Juan Ignacio Reyes (45.75) y del ruso Aleksei Lyzhikin (46.73).

Gustavo se inició formalmente en el deporte a los siete años en la alberca olímpica de Ciudad Universitaria por sugerencia de su mamá, una prestigiada académica de la UNAM que por casualidad encontró un cartel donde invitaban a los niños a sumarse al equipo Pumitas.

Aunque no existía una categoría para niños con sus características, los entrenadores Raúl Porta y Juan Manuel Díaz Nava evaluaron al pequeño y determinaron que se quedara.

“Fue un momento mágico”, recuerda su papá. “Raúl le preguntó: ‘¿Te gusta el agua, hijo?’. ‘Sí’, contestó Gus. ‘¿Te quieres meter?’. ‘Sí’, dijo todo emocionado. ‘¿Sabes nadar?’. ‘Sí’. ‘¿Te da miedo, quieres que me meta contigo a la alberca?’. ‘Sí’. Juan Manuel se metió con él, sólo para vigilarlo. Le costó trabajo, pero se movió; flotó, nadó unos minutos. Así empezó hasta que adquirió la técnica, luego la empezó a desarrollar. Tuvo rutinas programadas que poco a poco se convirtieron en planes de entrenamiento.”

En 2007, el joven participó en su primer campeonato nacional donde se enfrentó al plusmarquista Juan Ignacio Reyes, el veterano de 31 años con cuatro Juegos Paralímpicos a cuestas. A estas alturas, Gustavo ya se encuentra a su nivel. El nuevo talento de la natación mexicana sueña con tener cuatro ciclos olímpicos más para superar las marcas y medallas de quien hace algunos años era una fuente de inspiración.

Con 18 años cumplidos, se graduó de la preparatoria 5 de la UNAM. Ahora está a la espera de que la Embajada del Reino Unido en México resuelva que sí le dará una beca que le prometió al medallista para estudiar en la Universidad de Swansea, en Gales.

“Sé que no va de la mano con el deporte, pero quiero estudiar para ser ingeniero en sonido; en el futuro quiero tener mi disquera o trabajar con un buen puesto en un lugar donde maneje mezcladoras y consolas”, dice el deportista.

“Debo confesar que desde que llegó Gus a nuestra vida, siento esa energía, él me la inyecta para lo que sigue. No hay semana en que no sienta esa ayuda, esa luz. Tengo muchos testimonios de lo que es el fenómeno Gus. Eso es lo que nos ha hecho ser diferentes. Es un chavo que es producto de ese empuje, de ese coraje, de ese amor. Yo no compro, e incluso detesto, la famosa frase que es muy usada en el futbol: ‘sí se puede’. Se me hace como el último recurso para motivar a una persona. Yo lo veo al revés: estoy seguro de que se puede y en ese afán él entendió que nunca debe decir ‘no puedo’, sin primero haberlo intentando”, remata su padre.

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