Cine: “Hecho en México”

Cartel de la película
Cartel de la película

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Es un documental patriota que le pone a muchos xenófobos los pelos de punta porque el director es un extranjero, el británico Duncan Bridgeman; para colmo huele a Televisa, aroma que los créditos intentan disimular anunciando a Emilio Azcárraga y a Bernardo Gómez como productores, escuetamente; aletea sobre las aguas de la miseria, la injusticia, la corrupción, el narco terror, sin llegar a tocarlas; y sin embargo, Hecho en México (2012) se mueve.

En su afán por abarcar la totalidad de temas del alma mexicana, el amor, la relación entre los sexos, la amistad, la muerte, las adicciones, la religión, la espiritualidad guadalupana, lotería de efigies danzas y máscaras, el documental fracasaría rotundamente si no fuera porque la música ajusta el florilegio y justifica la muestra. Lynn Fainchtein, productora y experta musical de géneros que van del rock al danzón, del pop al folclor tradicional, acumuló cientos de horas de diferentes expresiones musicales; seleccionar algunos números de tantos habrá sido un trabajo penoso.

Claro que diversidad cultural y riqueza de tradiciones musicales, viejas y nuevas, sobran en México, y justo ahí está el detalle, no basta con recolectar y encimar; Lynn Fainchtein y Duncan Bridgeman supieron curar su exposición, Hecho en México posee ritmo, se aprecia la composición inteligente del montaje, del video musical; si el rango es demasiado  amplio,  la  elección  denota criterio. Sobre todo en ciertos grupos, el público descubre el buen gusto de incluir –los números fuertes diría yo– a músicos huicholes, o a raperos chamulas cantando en maya; la canción de la cusinela (sic) o “quién lleva los pantalones” en lengua huichol, es una gozada.

Si el documental no va más lejos, política y antropológicamente, del comentario del padre Julián Pablo, acerca de que adoramos a los indígenas muertos y a los vivos los despreciamos, la imagen, el canto y la música sí van… lo necesario. Prueba de ello, el final con el grupo chamula tocando en un recinto bellas melodías, pero nostálgicas y oscuras; el espectador sale de la sala de cine con ese sabor. En el fondo no hay engaño, el público mexicano sabe qué cosa resuena bajo la superficie de las buenas intenciones de Hecho en México; provenga de donde sea, el espectador nacional no puede escaparse de construir su propio sentido cuando se trata de este tipo de expresiones.

Podría decirse que Hecho en México se compone de temas que se quieren antropológicos, se estructura a partir de comentarios, la mayoría inteligentes, en entrevistas de actores, intelectuales y artistas, desde Juan Villoro, Daniel Giménez Cacho hasta Diego Luna, pasando por el alburero payaso Brozo y la renacida Gloria Trevi. En suma, si el mensaje de este documental es meloso, los personajes son densos, dicen lo que piensan; los números musicales fuertes, de lo urbano callejero, autóctono, comercial hasta lo clásico. Y si esto no convence, por la entrevista a la nonagenaria Chavela Vargas, que se suelta cantando, ya valdría la pena ver el documental.

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