Guardianes de la memoria

Conmemoración de la matanza de Acteal. Foto: Octavio Gómez.
Conmemoración de la matanza de Acteal.
Foto: Octavio Gómez.

Para Manuel in memoriam

MÉXICO, D.F.(apro).- Manuel Vázquez Luna tenía 12 años cuando ocurrió la matanza en su comunidad, Acteal. Cuando los paramilitares dispararon en contra del grupo que estaba en ayuno rezando en la ermita, sus padres y su pequeña hermanita cayeron muertos encima de él y le salvaron la vida. Manuelito, como le decían entre los suyos, se convirtió desde entonces en uno de los guardianes de la memoria de aquella masacre de 45 indígenas tzotziles, pues a cada visitante que llegaba él los recibía y les contaba su historia.

Manuel murió el pasado 10 de noviembre en un hospital de San Cristóbal de Las Casas. Tenía un tumor en la cabeza que le provocaba fuertes dolores todo el tiempo. En varias ocasiones fue atendido con la esperanza de ser salvado. Fue inútil, el tumor le ganó la batalla, pero no borró la historia de este personaje que, junto con la comunidad de Acteal y la organización de Las Abejas, es el ejemplo de la resistencia y de la memoria histórica.

Marta Molina, reportera catalana, habló con Manuel hace unos meses cuando llegó a conocer la comunidad de Acteal, empotrada en la zona de los Altos de Chiapas. Iba acompañada de Teresa Carmona, a quien le mataron a su hijo Joaquín y que, pidiendo justicia, se ha integrado al Movimiento de Paz con Justicia y Dignidad, que encabeza el poeta Javier Sicilia.

“Le recuerdo contando chistes, adivinanzas y cantando canciones. Esta era su forma de escapar del dolor, de no ponerse a llorar cada vez que recordaba lo que ocurrió aquel 22 de diciembre”, rememora la periodista especializada en movimientos sociales.

“Recuerdo hoy el día en que Manuel conoció a Joaquín, el difunto hijo de Teresa Carmona asesinado en 2010. Teresa, con su estandarte al lado con la foto del joven Joaquín, le contó que mataron a su hijo y que por eso se unió al movimiento por la paz, para pedir justicia y acabar con esta guerra absurda contra las drogas que sólo trae muerte. Manuel y Teresa se dirigieron a la capilla donde se encontraban rezando los 45 tzotziles en el momento de la masacre de 1997 y entonces, el joven Manuel nos contó la historia de lo que pasó mientras mostraba algunos agujeros de bala que aún conservan las viejas y desgastadas paredes de madera:

“El 22 de diciembre del 97 estaba yo ahí donde se quedaron muertos. Yo me quedé debajo de 3 cadáveres ahí abajo. Yo estaba sentado abajo. Algunos se quedaron arriba y cuando se murieron se cayeron encima de mí.
“Mi papá se llamaba Alonso Vázquez Gómez y mi mamá, María Luna Méndez. Éramos 8 hermanas, un hermano y yo. Mis papás tuvieron 10 hijos: 8 mujercitas y 2 niños. De estas 8 mujercitas 5 se murieron, las más pequeñas, una de dos años y medio y una de 8 meses. Me duele mi hermana de 8 meses. ¿Qué hizo para que la mataran? No hizo nada malo. ¿Por qué la mataron a ella y no a mí, que soy bien pecador?

“Manuel contó entonces que llevaban dos días de ayuno cuando llegaron los paramilitares:

“Ahí, se murieron, ayunando. ¡Qué triste de veras! Se murieron ayunando para pedir justicia y paz, y para que no haya mucha muerte. Mi papa estaba en esta iglesia cuando vinieron a dar el aviso de que mañana vendrían aquí a matar personas, pero él dijo: ‘No, no voy a salir. Si Dios dice que voy a morir aquí voy a morir y si dice que no, pues no’. Mi papá no tenía miedo de la muerte.” http://martamoli.wordpress.com/2012/11/10/ahora-nos-toca-a-nosotros-ser-guardianes-de-la-memoria/

En estos tiempos en los que es necesario mantener la memoria de las víctimas de la guerra contra el crimen organizado, la historia de Manuel cobra mayor sentido e importancia. Manuel, al contar su historia a todos aquellos que llegaban a la comunidad recreaba la historia de muchas otras tragedias, como la de Aguas Blancas en Guerrero; la de los 72 inmigrantes en San Fernando, Tamaulipas; las de los mineros en Coahuila, o las de los miles de muertos y desaparecidos en todo el país durante el gobierno de Felipe Calderón.

El memorial que hay en Acteal no tiene la intención de conmemorar cada 22 de diciembre la masacre de 45 indígenas, la mayoría mujeres, por un grupo paramilitar, sino que tiene la función de rememorar, de machacar el recuerdo de este hecho reprobable. De esto se trata el memorial, no como el que Felipe Calderón inaugurará en lo próximos días en las instalaciones del campo militar Marte para recordar a las víctimas –150 mil según estimaciones de organizaciones sociales— de la guerra contra el crimen que él declaro desde el inicio de su gobierno.

Los memoriales que hay en Estados Unidos para quienes murieron por defender sus derechos políticos; en Sarajevo, por las víctimas del etnocidio de 1992; de Sicilia, al sur de Italia, por los asesinatos a ciudadanos y jueces que luchaban contra la mafia; los de Uruguay, Argentina, Paraguay y Chile, no son monumentos que tengan la intención conmemorativa o mausoleos de letra muerta, sino obras que permiten mantener de forma permanente viva la memoria de todos aquellos que fueron víctimas inocentes de una acción violenta perpetrada por grupos o personajes protegidos desde algún poder.

Hasta el final de sus días Manuel era guardián de la memoria en Acteal y ahora su historia formará parte de otras historias que juntas nos ayudan a comprender la historia profunda de pueblos, comunidades, barrios y personas que se resisten a ser reprimidas y olvidadas.

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