Crónica de un sexenio fallido

Crónica de un sexenio fallido, nuevo libro de Ernesto Núñez.
Crónica de un sexenio fallido, nuevo libro de Ernesto Núñez.

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- La campaña comenzó con tropiezos. Desde el primer día, Vázquez Mota se mostró insegura y errática, y a su equipo le falló la logística, la lógica y el discurso. Emulando a Felipe Calderón, la candidata arrancó a las 00:01 horas del viernes 30 de marzo y en el mismo lugar en que él lo hizo el 19 de febrero de 2006: la casa de campaña de la calle Sa­cramento, en la colonia del Valle: la “casa de la suerte”. Comenzó en el primer minuto en que la ley permitía hacer proselitismo, como una muestra de que aprovecharía cada segundo que tuviera de cam­paña para alcanzar a Enrique Peña Nieto.

 

Hasta el jardín de su cuartel general llegaron los dirigentes panis­tas, los gobernadores, Creel, Cordero, Margarita Zavala y un pequeño grupo de militantes. Sus hijas, su esposo, sus padres y su hermana es­taban al lado de ella. El cen del pan ordenó a sus comités estatales realizar actos de arranque de campaña en todas las capitales del país y colocar pantallas en las que se proyectaría en vivo el acto de la Ciu­dad de México. La página web de Josefina prometía una cobertura en “tiempo real”, pero algo falló y, a diferencia de la ceremonia de arranque que encabezaba Peña Nieto en Guadalajara en ese mismo momento, la de Josefina fue imposible seguirla vía internet. El banderazo de salida nacional fue la primera de muchas ideas que se frustraron en la cam­paña de Josefina.

 

Seis horas más tarde, Vázquez Mota apareció en una casa modesta de la colonia 20 de Noviembre, un barrio humilde cercano al aeropuerto de la Ciudad de México. “Aquí nací”, dijo a la prensa frente a un plato de chilaquiles, huevos revueltos con jamón y frijoles refritos, que prác­ticamente no probó. Estaba sentada con una familia de clase media, al lado de su esposo Sergio Ocampo, un hombre robusto y bigotón que no decía nada. La candidata contó que el día que nació se fue la luz y la partera tuvo que trabajar alumbrada con velas. Era la escenografía para presentar a una candidata diferente de los políticos convencionales, por su origen humilde y su contacto con la prole. Pero nadie en la colonia recordaba ya a la niña Josefina, que nunca más volvió a pararse por ahí, ni como secretaria de Desarrollo Social, ni como secretaria de Educa­ción o diputada federal. Su visita no conmovió a los electores, que tres meses más tarde votaron masivamente por el PRD en ese distrito.

 

Después se fue a la escuela La Patria es Primero, de Azcapotzalco. “Aquí estudié”, dijo cuando entraba a un salón de clases donde había 20 niños de segundo de primaria. Su diálogo con los alumnos fue in­terrumpido por un hombre que logró colarse hasta el salón y pararse a dos metros de ella para levantar un fólder con un letrero en que le re­clamaba lo que la panista había escrito sobre la unam en su tesis de li­cenciatura: “La unam no es un monstruo, el monstruo es Fecal”, se leía en la improvisada pancarta que el equipo de logística de la candidata no pudo interceptar. “Déjenlo, que se exprese”, dijo Josefina cuando sus colaboradores se aprestaban a sacarlo a empujones de la escuela. El incidente mostró la vulnerabilidad de su avanzada, pero no impidió que ella saliera al patio y pronunciara su primer discurso de campaña, en el que prometió una educación diferente, con menos política y más calidad. Marcó su distancia con la Maestra Gordillo desde el arranque; en eso sí fue muy diferente de Calderón. De Azcapotzalco, Josefina se trasladó en el autobús de campaña, bautizado como Pinabús, hasta Teziutlán, Puebla. “Aquí crecí”, dijo en aquella comunidad de la sierra poblana, durante un mitin multitudinario en que gritó a todo pulmón la promesa de “fortalecer el lavado de dinero”.

 

Desde ese primer día fue notorio que Josefina se movía en terre­no pantanoso: era ciudadana, pero al mismo tiempo representaba al régimen; era diferente, pero defendía la estrategia de seguridad de Cal­derón. No podía ofrecer un cambio, sino continuar con las mismas políticas. Le incomodaba ser la candidata del gobierno, y su discurso se fue tornando confuso, hasta que llegó el momento en que su única oferta política consistía en llevar a una mujer a Los Pinos.

 

El segundo día continuaron los errores: una reunión con ciudada­nos organizada por su principal aliado de la sociedad civil, Rogelio Gómez Hermosillo —ex presidente de Alianza Cívica—, tuvo que ser cancelada por la presencia de ex trabajadores de Mexicana de Avia­ción, que la esperaban para reprocharle la quiebra de su fuente de trabajo y la negativa de la administración de Calderón para rescatarla. Al día siguiente fue a Tapachula, Chiapas, a recordar cómo atendió a los afectados del huracán Stan como secretaria de Desarrollo Social. Encabezó un acto en la comunidad de Huixtla, donde cientos de pa­nistas beneficiados por el programa Oportunidades la recibieron ju­bilosos; comió con el gobernador Juan Sabines y tuvo un mitin en un estadio de las fuerzas básicas de los Jaguares, el equipo de futbol local. Por fallas del grupo que manejaba y difundía su agenda, ese tercer día de campaña recibió escasa cobertura de los medios.

 

Para la cuarta jornada Vázquez Mota ya estaba agotada: viajó en heli­cóptero a Huejutla, Hidalgo (aunque su equipo de prensa invitó a los reporteros a viajar a Huejutla, Chiapas), y cuando regresó a la Ciudad de México estaba asoleada, cansada y agripada, y todavía tenía que aten­der un compromiso: la invitación de la asociación México SOS, del empresario Alejandro Martí, en la que le sería entregada una propuesta en materia de seguridad y justicia. Cuando Martí estaba pidiéndole in­corporar la agenda de México SOS al Plan Nacional de Desarrollo, Vázquez Mota se volvió a verlo espantada y lo interrumpió.

 

—Está temblando —dijo, abrazando al empresario, y un segundo después se desplomó en la silla que tenía detrás.

—¿Está temblando? —preguntó Martí levantando la cabeza para ver lámparas y cortinas—. Bueno, tranquilos, parece que no pasa nada..

Sólo Josefina sintió el temblor. Las personas que estaban a su lado se mantuvieron de pie, murmurando entre ellas. El empresario conti­nuó con su mensaje mientras Vázquez Mota se mojaba los labios con la lengua y se esforzaba en sonreír, abatida en la silla. Cuando tuvo que ponerse de pie para recibir el documento se veía pálida, y le pi­dió al oído a Martí que sentara a todos. Así lo hizo éste, pero ya era imposible disimular el mareo de la candidata. Cuando le tocó el tur­no de hablar, la panista prefirió hacerlo desde su silla, a pesar de que el maestro de ceremonias la invitó con insistencia a ocupar el atril.

 

El control de daños de aquel incidente fue una verdadera calami­dad: al salir del acto ella dijo que se encontraba agotada porque venía de Hidalgo y hacía mucho sol. Roberto Gil atribuyó el mareo a los antigripales que estaba tomando. Augusta Díaz de Rivera, efímera vocera de su campaña, dio al día siguiente una conferencia de prensa en la que habló de un padecimiento de la presión arterial que afectaba a Josefina de tiempo atrás, pero que no le impediría hacer campaña ni desarrollar sus actividades habituales. Su explicación fue reprobada en el equipo de la candidata y Augusta dejó de ser vocera.

 

El mareo de la panista no pasó inadvertido en los medios; puso en duda su estado de salud, pues trajo a la memoria la entrevista de radio hecha en enero en la que respondía con balbuceos y palabras incohe­rentes. Además, la prensa recordó que en abril de 2009, cuando Cal­derón anunció su salida de la sep, no aguantó estar parada los 20 mi­nutos que duró la ceremonia; le temblaron las piernas y el staff de Los Pinos tuvo que romper el protocolo y acercarle una silla. Para salir al paso de las dudas sobre si la candidata aguantaría los 90 días de cam­paña, su comité decidió tomar medidas: el martes, en una gira en Baja California, la candidata se dejó retratar comiendo langosta, y el miér­coles se levantó temprano a hacer ejercicio para difundir fotografías en las que se veía sana y fuerte.

 

Pero llegó el Jueves Santo, y a su equipo se le ocurrió que Josefina debía ir a repartir propaganda a la caseta de cobro de la carretera Méxi­co-Cuernavaca. El volanteo transcurrió entre claxonazos, silbidos y gritos de inconformidad de los automovilistas, que lo que querían era salir pronto de la ciudad, no recibir propaganda política. A un lado de los panistas, trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas lleva­ban a cabo un acto de protesta, lo que aumentaba el caos en la zona. Terminado el miniacto de campaña, el esposo de Josefina tuvo la idea de ir a comer quesadillas a Tres Marías como un segundo acto proseli­tista fuera de programa. En contra de la opinión de sus coordinadores de logística, la candidata se trasladó a la zona de comida de ese lugar, y cuando llegó fue recibida con mala cara por una mujer que estaba almorzando con su familia y que se sintió agredida por la parafernalia de campaña: guaruras, asistentes, fotógrafos, reporteros y promotores del voto repartiendo pulseritas y folletos. La ocurrencia le costó cara a la candidata en las redes sociales. Ante la serie de pifias, su coordinador de campaña decidió cancelar los actos que tenía programados para el fin de semana en Veracruz y convocar a una encerrona de urgencia.

 

El relanzamiento

 

La campaña estaba en crisis apenas en su décimo día. Después de 72 horas de reuniones, el domingo 8 de abril Roberto Gil se hallaba listo para presentarle a Josefina Vázquez Mota la estrategia de relanzamiento. En una casa de las Lomas de Chapultepec le expuso un plan que implicaba presentar a la opinión pública, por primera vez, un equipo de campaña en que cada integrante tuviese una función concreta. El jueves anterior Gil había ido a Los Pinos con ella, y Calderón les ha­bía aconsejado relanzar la campaña, dar un golpe de timón semejante al que él mismo tuvo que aplicar en marzo de 2006, cuando su cam­paña se estaba hundiendo. El plan de relanzamiento —elaborado por Gil, Josefina y el presidente— implicaba negociar posiciones con el dirigente del pan, Gustavo Madero, y con el ex precandidato Ernesto Cordero para sumar a los operadores de ambos a un equipo dominado por los más antiguos colaboradores de Vázquez Mota.

 

El lunes 9 de abril la candidata se presentó ante la prensa rodeada de un ejército nuevo, una amalgama de personajes de todos los gru­pos de poder dentro del pan —que parecía todo menos un grupo compacto y cohesionado— para emprender lo que ella anunció como “el inicio de la ruta del triunfo”. Roberto Gil seguía siendo el coor­dinador general de la campaña, pero fueron nombrados dos coordi­nadores adjuntos para complementar su labor: el consultor Octavio Aguilar Valenzuela (ex oficial mayor de la Sedesol y hermano del ex vocero de Fox, Rubén Aguilar) en el área de operación, y, en la de estrategia, el ex director de Opinión Pública de la Presidencia, Rafael Giménez, dueño de la empresa encuestadora Arcop, una de las más beneficiadas con contratos del gobierno durante el sexenio. Debajo de ellos se conformaron distintas áreas con varias cabezas.

 

La recaudación quedó a cargo de Gastón Pavlovich, Mario Labo­rín y Luis Vázquez Mota, hermano de la candidata. Entre los tres se diluyó la responsabilidad, y si en algo coinciden los panistas es en que los recursos nunca fluyeron como se esperaba en una campaña del partido que buscaba refrendar la presidencia.

 

En el área de estructura electoral, una de las más importantes de una campaña, la responsabilidad se repartió entre la diputada sono­rense Dolores del Río; el senador de Coahuila Guillermo Anaya, y el ex gobernador de Guanajuato, Juan Manuel Oliva, que había pedido licencia al cargo para reforzar la campaña y conseguir los 20 millones de votos que necesitaban para ganar.

 

En comunicación el mando también quedó dividido: el coordina­dor del área durante la precampaña, Herminio Rebollo (quizás el colaborador más leal a Josefina), fue nombrado asesor personal de la candidata en temas de comunicación. La panista jalisciense Irma Pía González Luna fue puesta al frente del área, con Víctor Hugo Puente como principal colaborador. Josefina incorporó al ex vocero de Cal­derón, Maximiliano Cortázar, pero con tareas muy específicas, como la de hablar con las televisoras, y sin mando sobre el equipo. Abelardo Martín Miranda, un publirrelacionista, fue mencionado por Josefina el día del anuncio, pero nunca tuvo contacto con los medios.

 

El área de contenidos y propuesta fue dirigida por Daniel Hernán­dez, asesor de Vázquez Mota desde la Sedesol con amplia experiencia en el sector público. Gracias a esta área, la candidata logró posicionar­se bien en foros como la Cumbre Ciudadana, el diálogo con el Movi­miento por la Paz de Javier Sicilia y el foro de intelectuales que pidie­ron a los presidenciables respuestas concretas a varios dilemas —se les conoció en campaña como “los Preguntones”—. Pero eso no se tra­dujo en un discurso sólido y consistente de la candidata: siempre hubo ambigüedad entre hablar de seguridad o de economía, ofrecer conti­nuidad o cambio, y Josefina terminaba saliéndose del guión que le preparaban sus asesores y contando las mismas anécdotas sobre la con­dición de mujer. Una de las que más refirió fue la de una mexicana común que los domingos tenía con su esposo el siguiente diálogo:

 

—¿Qué quieres hacer?

—Lo que tú quieras, gordito.

—¿Vamos al cine?

—Como tú quieras, gordito.

—¿Qué película vamos a ver?

—La que tú quieras, gordito.

La pareja terminaba yendo a ver Terminator V y en la noche él le preguntaba:

—¿Qué tienes?

En ese momento Josefina interrumpía el relato, dirigía el micrófono al auditorio, casi siempre lleno de mujeres, y todas contestaban a coro:

—¡Naaaada! —y soltaban la carcajada.

 

La candidata les contaba entonces cómo había roto ella con esa inercia machista y les proponía una suerte de emancipación con el voto, llevándola a ella a Los Pinos. Ese tipo de historias, repetidas dos o tres veces al día durante tres meses, vaciaron su campaña de impacto mediático.

 

En el área de imagen el responsable era Julio Di Bella, ex colabo­rador del gobierno de Guanajuato desde los tiempos de Vicente Fox, ex asesor de Vázquez Mota en la sep y director de la empresa de tele­visión por cable PCTV. A él se le atribuyeron los primeros spots de campaña, grabados en fondo negro y considerados fúnebres y fallidos hasta por los panistas. También de él fue la fotografía de Josefina con un suéter entre naranja y rojo, con el que se hicieron anuncios espec­taculares y marquesinas en paradas de autobuses urbanos.

 

La logística de giras y actos públicos quedó a cargo de Roberto Gil, con el jalisciense Alberto Esquer como principal responsable, pero este panista renunció a medio camino para buscar una diputación en Jalisco y su labor le fue encomendada a Jorge Camacho, conductor de televisión que se hizo famoso en el programa de Brozo; él se convirtió al mismo tiempo en el maestro de ceremonias de los “foros ciudadanos”, que eran reuniones de menos de cien personas en que la candidata daba a conocer sus propuestas al comenzar cada día de campaña.

 

Se creó además un “Consejo Político de Estrategia de Campaña”, conformado por personajes que sólo aparecieron como invitados es­peciales de Josefina en momentos como los debates y el cierre de campaña: Francisco Ramírez Acuña, que unos días después fue nom­brado embajador de México en España; Carlos Medina Plascencia y Rodolfo Elizondo, que sólo fueron el último día a tomarse la foto por cortesía con su amiga; Ernesto Cordero y Santiago Creel, que únicamente aparecieron un par de veces en el “cuarto de guerra”; Xóchitl Gálvez y Diódoro Carrasco, amigos suyos que, por ser al mis­mo tiempo candidatos al Senado, se ocuparon de sus propias campa­ñas en sus estados, y los ex dirigentes panistas Germán Martínez y Luis Felipe Bravo Mena, que brillaron por su ausencia.

 

El equipo operativo se complementaba con el diputado Agustín Torres en el área de redes sociales; el diputado Carlos Pérez Cuevas como coordinador de alianzas; Rubén Beltrán en asuntos internacio­nales; Rogelio Gómez Hermosillo, coordinador de redes ciudadanas; Gabriela Cadena, coordinadora de la agenda de víctimas de la violen­cia; Alberto Athié, coordinador de la agenda de grupos vulnerables; Rocío García-Gaytán, coordinadora de políticas de igualdad, y media docena más de personas. Todos ellos integraban un complejo organi­grama que, a la luz de los resultados obtenidos meses después, resultó inoperante.

 

En la foto del golpe de timón aparecieron también Juan Ignacio Zavala, cuñado del presidente, quien a la larga fue tomando las riendas de la campaña; Juan Molinar, uno de los principales asesores de Gus­tavo Madero y que terminó coordinando el cuarto de guerra, y el encuestador Rafael Giménez. Josefina tenía, además de todo ese equi­po, un staff integrado por sus asesores de toda la vida: Miguel Székely, Rodolfo Tuirán y Roberto Lomelí, entre otros. “Hoy inicia la ruta del triunfo. He tomado decisiones importantes. He decidido dar un golpe de timón”, dijo Josefina, quien también consideró necesario aclarar que, a partir de ese día, el presidente del partido, Gustavo Ma­dero, se sumaba a su campaña.

 

La llegada de tantos personajes se tradujo en un cuarto de guerra desordenado e inconsistente, en el que casi nunca estaban los mismos operadores políticos. Este war room se reunía todos los días a las siete de la mañana en las oficinas de la calle Sacramento, con Juan Molinar como una especie de secretario técnico, encargado de conducir las sesiones y dar seguimiento a los acuerdos. Las reuniones más concu­rridas eran de unas veinte personas, lo que propiciaba largas discusio­nes, sobre todo en torno a un tema que generó tensión a lo largo de toda la campaña: qué postura fijar frente al gobierno de Calderón.

 

Para los más cercanos a Josefina, era necesario llevar el lema Dife­rente a la práctica y distinguirse del gobierno de manera clara, princi­palmente en el tema de la guerra contra el narcotráfico. Ellos abogaban por que el tema principal fuera la economía. Para los calderonistas, en cambio, Josefina debía subirse a los logros del gobierno, ofrecer claramente una continuidad y capitalizar los más de 65 puntos por­centuales de aprobación con que contaba Calderón en las encuestas de marzo. Según ellos, la principal oferta de campaña debía ser man­tener la estrategia de seguridad, partiendo de estudios de opinión he­chos en la Presidencia de la República en los que se aseguraba que más de 35 por ciento de la población avalaba lo hecho por Calderón, a pesar del incremento de la violencia.

 

La discusión nunca se resolvió del todo, y Vázquez Mota se fue de gira y subió a los templetes con un discurso ambiguo. En algunos casos, como en la Convención Nacional Bancaria, era absolutamente calde­ronista; pero en otros, como en la Cumbre Ciudadana o el diálogo con el Movimiento por la Paz, ofrecía modificar la estrategia anticrimen, velar por los derechos humanos y construir un país “pacífico y justo”.

 

La poca claridad de Josefina en defensa del gobierno exasperaba al presidente, a su staff de Los Pinos y a Cordero, que terminó alejándose de la campaña. Uno de los más cercanos colaboradores de Calderón me explicó esa ambigüedad con una metáfora:

 

En esta campaña había dos coches: Cambio y Continuidad. A Josefina los panistas le dimos las llaves del coche Continuidad, que era un coche ya medio traqueteado, con unos dados azules medio pinches colgados en el espejo retrovisor, pero que corría a toda madre. Pero ella, en lugar de agarrar esas llaves y correr en su coche, se fue a buscar las llaves del coche Cambio, que ya se estaban peleando otros dos candidatos. Al final, López Obrador ganó el volante del coche Cambio y cuando Josefina se quiso subir a su coche, que era el de la Continuidad, Peña Nieto ya se había trepado en él, y con ése ganó la carrera.

 

Así describía ese calderonista la campaña de Vázquez Mota. Según él, en la recta final Peña Nieto se dio cuenta de que ganaría las elec­ciones ofreciendo continuidad en la estrategia contra el crimen orga­nizado y estabilidad en la política económica. Y por eso el pri no criticó directamente a Calderón en su campaña. Josefina no lo vio así, y nunca se sintió cómoda manejando el coche de la continuidad.

 

(*) Este es un extracto del Capítulo 11 del libro Crónica de un sexenio fallido, de Ernesto Núñez Albarrán, publicado por la editorial Grijalbo.

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