Arte: El Munal, ignorancia y fracaso

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Este 2012, el Museo Nacional de Arte (Munal), perteneciente al Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), tenía tres importantes motivos de celebración: el centenario de la inauguración de su espléndido edificio, los 30 años de su adecuación como museo y el centenario de la muerte de uno de los principales artistas representados en su acervo: José María Velasco. Construido para albergar el Palacio de Comunicaciones –posteriormente Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas–, el inmueble se convirtió, en 1982, en el Munal, incorporando acervos de arte mexicano provenientes de distintos recintos gubernamentales. Con un énfasis especial en el siglo XIX y en la primera mitad del XX, el museo contiene la principal colección pública de arte moderno y decimonónico que existe en el país.

Para celebrar los acontecimientos, su director, Miguel Fernández Félix, optó por un programa de arte actual que, bajo el título de Diálogos contemporáneos. 100 y 30. Palacio y museo, pretende “resignificar” el acervo. Constituido por siete intervenciones de artistas de trayectoria joven, el ciclo evidencia no sólo el desprecio que han tenido los funcionarios panistas por el arte mexicano no contemporáneo, sino también la irresponsabilidad en el uso del patrimonio artístico, el fracaso en la contemporaneización del arte mexicano creado antes de 1950 y la ignorancia sobre el sistema del arte contemporáneo.

Además de una absoluta falta de criterios curatoriales que justifiquen la selección de los artistas, las intervenciones han destacado por su mediocridad y soberbia. La invasión espacial-arquitectónica de hilos de níquel de Luciano Matus, lejos de beneficiar al inmueble, enfatizó el desorden que se percibe en sus espacios de tránsito. Las interpretaciones sonoras de Carlos Prieto sobre algunas pinturas modernas son tan arbitrarias y absurdas que sólo distraen de la contemplación museística. El retablo cinético de colores monocromáticos, que cambian la percepción de su tonalidad, no incide ni dialoga especialmente con el contenido histórico y pictórico del arte virreinal.

Y por último, la peor y más vergonzosa de todas las propuestas: las intervenciones bidimensionales y tridimensionales de Alejandro Pintado encima de obras de José María Velasco. Cubiertas con acrílicos intervenidos con manchas cromáticas, cubiertas con espejos o alteradas con estructuras que invaden la tridimensión, las obras del afamado paisajista no merecen ser el soporte matérico y mercadológico de la firma de Pintado. Encubiertas con un engreído discurso que pretende develar los “procesos artísticos” de Velasco para “enseñarnos lo que está más allá de lo visible”, sus intervenciones lo único que develan es la mediocridad de Miguel Fernández Félix: un acervo como el del Munal no necesita ser intervenido, sino reinterpretado desde su propio contenido, con nuevas e interesantes preguntas y respuestas.

Y por último, la selección de los artistas. Algunos de ellos se gestionaron a través de las empresas Marso Iniciativa Curatorial y Espacio Blanco Productores. Otros, como Matus y Pintado, ya han expuesto en museos de vocación no contemporánea, como el Museo Mural Diego Rivera y el Museo Nacional de San Carlos. Si la administración gubernamental de las artes visuales se basa en la contratación de empresas y en la repetición autoral, ¿para qué gastar el dinero del erario en incrementar las colecciones museísticas?

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