A propósito de entronizaciones


MÉXICO, D.F. (Proceso).- En el número 1758 de Proceso, esta columna publicó un texto que abordó las óperas inspiradas en la figura de Moctezuma II. En ellas destacó una estrenada en Berlín en 1755, cuyo libreto fue escrito por Friedrich II “Der Grosse” de Prusia. Como se anotó, dicha obra sirvió al monarca luterano -de quien, dicho sea de paso, se celebra en este año el tercer centenario de su natalicio- para exponer, sin medrar en falacias históricas, su credo de estadista y fue pretexto para criticar ferozmente al catolicismo. Pero más allá de la curiosidad que este drama musical pueda suscitarnos, es necesario traer a cuento a su artífice en su calidad de mandatario por lo mucho que serviría su ejemplo ahora que el país inaugura un nuevo mandato presidencial.

Federico “El Grande” ascendió al trono en 1740 en medio de una severa crisis política originada, en buena medida, por la indefensión de su desmembrado reino ante la avidez expansionista de las potencias europeas de la época; y a eso se añaden las guerras intestinas libradas contra los demás principados germanos. Hay que recordar que en ese tiempo Alemania todavía no existía y que los Estados que se erguían como potencias eran Francia, Austria, Rusia e Inglaterra. Por otro lado, Prusia ocupaba entonces un pequeño territorio, bastante pobre en cuanto a recursos naturales, y disponía de un exiguo desarrollo agrícola debido a la gran cantidad de pantanos y marismas que lo componían. Un provincianismo extremo, amén de una población mal alimentada y con serias carencias educativas completan el cuadro, al punto que no debe sorprendernos que se le mentara como “Estercolero del Sacro Imperio Romano Germánico”.

Antes de mencionar las acciones emprendidas por el monarca en aras de consolidar su reino y de revertir la precariedad con que le fue otorgado, tenemos que apuntar algunos antecedentes que nos ayudarán a situarlas en perspectiva. No obstante haber sido primogénito de Federico I, un rey autoritario que cifró su poderío básicamente en la fuerza de su milicia, Federico hijo recibió una sólida instrucción humanista en la que descollaba, por insistencia de su madre, la filosofía, la literatura y, de modo particular, la música. Aunque su progenitor no lo aprobase del todo, el desarrollo intelectual de su vástago, unido a su creciente involucramiento con el quehacer musical, forjaron su carácter y, a la larga, serían los ejes sobre los que avendría la notabilísima evolución de Prusia, hasta convertirse en la cabeza del Imperio que un siglo más tarde reunificaría Bismark y que ya desde mediados del siglo XX vendría a considerarse como una de las naciones económica y culturalmente más poderosas del planeta.

Aquí debemos consignar un hecho sangriento que retrata con nitidez la mentalidad paterna –también la mentalidad teutona- y la aguda consciencia del joven príncipe. Con un hartazgo inmenso, dadas las exigencias de tener que comportarse siempre como un especialista en tácticas militares, y peor aún, imaginando la terrible responsabilidad que implicaba asumirse como un líder infalible, el joven intentó huir hacia Gran Bretaña apenas cumplidos los dieciocho años en compañía de un amigo, pero la deserción fue abortada con las consecuentes puniciones. De inmediato se le privó del título de heredero al trono y fue encarcelado sin miramientos. El encierro duraría dos años. Además, para sentar un precedente hacia iniciativas similares de cualquier miembro de la casa reinante, el amigo, a quien se le acusaba de ejercer una mala influencia sobre el futuro rey–se piensa en una inclinación homosexual-, fue degollado en su presencia.

No sobraría que cuestionáramos si en nuestra casta gobernante se han operado ese tipo de escarmientos: ¿Acaso alguna de las fechorías cometidas por la insigne prole de nuestros mandatarios ha sido reprendida?… Mas no nos atoremos todavía en la realidad nacional, pues hemos de regresar al momento en que Federico es requerido para tomar las riendas de su pueblo. Después de haber cumplido con la condena, fue obligado a casarse con Cristina de Brunswick y dispuso de un periodo de siete años para dedicarse exclusivamente al estudio. En ese lapso estrechó vínculos con los enciclopedistas franceses, concluyó su entrenamiento musical, cimentó su pasión por la arquitectura  y comenzó a interesarse por las teorías políticas en boga. El año previo a su coronación publicó un vasto ensayo que daría cuenta de su postura como gobernante y de lo que podía esperarse de él: se tituló El Anti Maquiavelo que, como su nombre lo dice, refutó una a una las tesis del florentino e hizo un llamamiento perentorio para que aquellos que aspiran a gobernar actúen de manera moralmente irreprochable. En un capítulo se lee: “los dirigentes tienen la obligación de liberar al mundo del falso concepto que se tiene del arte de gobernar; un arte que debería ser una cátedra de sabiduría y que por lo general es concebido como una guía para estafadores. Tienen la obligación de limpiar las alianzas desterrando deslealtades, recuperando esa integridad que, la verdad sea dicha, se encuentra en pocos príncipes.” Tornase imperativo, una vez más, el cuestionamiento: ¿Dónde podemos enterarnos de los pensamientos de Peña Nieto emanados de su ideario? ¿Se preocupó el político mexiquense por publicar algo, aunque no saliera de su pluma, que contradijera su faz de hombre ignorante?…

Prosigamos, pues. Contra todo pronóstico, Federico inició su reinado acatando los mandatos exigidos por la tambaleante soberanía prusiana. Pertrechó una armada imbatible –él mismo dispuso sus ordenanzas- y no tuvo reparos en concebir las estrategias bélicas más efectivas. Se le recuerda como un maestro en las batallas a campo abierto, habiendo ganado en once años de guerras, 12 de las 15 batallas que libró al frente de su disciplinado ejército. Resultado de su argucia militar fue la anexión de Silesia, Brandeburgo, Pomerania, Sajonia y Danzig a sus dominios. Con respecto a su gabinete, se rodeó de ministros de una intachable probidad; no podía ser de otro modo para conseguir las reformas que ellos mismos debían respaldar con su ejemplo. En cuanto a la impartición de justicia, redactó los códigos del Derecho prusiano de acuerdo al principio de que la ley debe proteger, sin desviación alguna, al más débil.

Habiendo saneado la imagen de sus servidores públicos se enfocó en la obtención de una prosperidad que alcanzara a todos sus súbditos. Desecó pantanos, construyó canales de riego, implantó nuevas técnicas de cultivo, ejerció un certero proteccionismo hacia la producción interna y aumentó las demandas fiscales a los poderosos. Naturalmente, la educación estuvo en el puntero de sus acciones: volvió obligatoria la escolaridad hasta los 13 años, refundó la Academia de Ciencias y ordenó levantar más de 800 escuelas. Kant fue uno de los maestros contratados. Es de tener presente que al inicio de su mandato la población prusiana apenas superaba los dos millones de habitantes. Asimismo, abolió hasta donde le fue posible la censura, encargándose de que Prusia se convirtiera en la primera monarquía absoluta con libertad de prensa. Así lo argumentó: “si quieren leer cosas interesantes, no fastidien a los escritores”.

En poco tiempo la bonanza se hizo patente, al grado de necesitarse que decretara el establecimiento del Banco Real con matriz en Berlín y filiales en todas las urbes del reino. A sabiendas de que “El esplendor del Estado es peligroso cuando le falta el poder que lo respalda” se obstinó en que su gobierno fuera generador de abundancia, no sólo por tratarse del bienestar común, sino porque le apostó a que esa abundancia reduciría la brecha entre ricos y pobres. Esta fue su tesis: “El lujo que nace de la abundancia y que hace circular las riquezas por las venas del Estado hace que un reino florezca. Un principado de esta clase fomenta la laboriosidad, aumenta las necesidades de los ricos y justamente por ello los hace más dependientes de los pobres.” En otras palabras, se permitió darse una vida de rey solamente después de haber dignificado la existencia de todos y cada uno de sus gobernados.

Expuesto lo anterior, es hora de hablar de uno de los aspectos más asombrosos de su personalidad, viéndonos compelidos a insistir en su trascendencia. Federico II jamás entendió el arte sonoro como mero entretenimiento, haciendo de su cultivo una de las principales actividades de su gobierno. En sus vislumbres: “la música le había dado aquella templanza y claridad mental que demandó su labor frente al Estado.”(¿Debemos inquirir de dónde obtienen estas cualidades nuestros mandatarios?) No pasó noche sin que en sus Palacios se organizaran conciertos, donde él mismo se presentó como flautista y compositor. (1) Al cobijo de su Corte desfilaron músicos de la talla de Johann Quantz y Philipp Emanuel Bach, incluso, el encuentro en 1747 entre el “viejo Bach” y el rey adquirió una inextinguible resonancia. Federico recibió al sumo maestro y tuvo los tamaños para proponerle un intrincado tema melódico que se prestara para componer una fuga a seis voces. De ahí nacería la famosa Ofrenda musical bachiana. (2)

¿Podríamos aspirar a que hados más benignos se aposentaran en nuestras latitudes para que nuestro novel reyezuelo comenzara su toma de protesta citando las palabras con que Federico El Grande inicia su ópera Montezuma:Sí, México es dichoso. Este es el fruto de aquella libertad que unida a la prudencia sólo se subordina a aquellas leyes que yo soy el primero en observar. Mi pueblo goza de dicha segura y tranquilidad plena y mi poder se basa en su amor…”?  La respuesta tiene el valor de un melodrama.

 

(1)    Se recomienda la audición de su Sinfonía en Re y de su concierto para flauta en Do. Pulse los audios 1 y 2. (1.- Friedrich Der Grosse- Allegro del concierto para flauta en Do. Manfred Friedrich, flauta. Orquesta de cámara Carl Philipp Emanuel Bach, Hartmut Haenchen, director. CAPRICCIO DIGITAL, 1985. 2.- Friedrich Der Grosse- Allegro assai de la sinfonía en Re.       Idem)

(2)    Se sugiere, igualmente, la escucha de una de sus partes. Pulse el Audio 3. (Johann Sebastian Bach -  Fuga canónica in epidiapente super Thema Regium. Academy of Saint Martin in the Fields. Sir Neville Marriner, director. PHILIPS. 1994)

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