El libro verde de la ciudad de México

MÉXICO, D.F. (apro). El saliente gobierno de Macelo Ebrard acaba de publicar el Libro Verde para la institucionalización del Sistema de Fomento y Desarrollo Cultura de la Ciudad de México en el cual reitera su adhesión a los lineamientos de la Cumbre Mundial de Gobiernos Locales y Regionales 2010 (CGLU) que consideran a la cultura como “el cuarto pilar de desarrollo sostenible”, ubicado después del crecimiento económico, la inclusión social y el equilibrio medioambiental.

El volumen de 449 páginas reúne el trabajo de una larga lista de especialistas en el ámbito de la cultura, entre ellos, Eduardo Nivón Bolán, Rafael Mesa Iturbide, Carmen Pérez Camacho y Andrés López Ojeda, además de Rosalía Winocur Ipaguirre, Ernesto Piedras Feria, Dení Sobrevilla del Valle, Tania Galaviz Armenta y Delia Sánchez Bonilla.

A decir de Nina Serratos, secretaria de Cultura, es resultado de diferentes procesos de análisis y discusión. Cita las 11 mesas de reflexión sobre políticas culturales, realizadas entre agosto y octubre de 2010 dentro de la celebración de la Ciudad de México como Capital Cultural Iberoamericana, en las cuales participaron 77 investigadores nacionales e internacionales.

Asimismo, hubo encuentros en rubros de artes escénicas, patrimonio tangible e intangible y un debate sobre indicadores culturales. Y rememora que en noviembre del mismo 2010, durante la III Cumbre Mundial de Alcaldes, la ciudad proclamó a la cultura como cuarto pilar de desarrollo y al año siguiente firmó la Adhesión a la Agenda 21 de Cultura. Un documento de carácter mundial, aprobado en mayo de 2004 en Barcelona, España, en el cual se establecen las bases de un compromiso de las ciudades y gobiernos locales para el desarrollo cultural.

En la presentación se establece que el Libro Verde “no tiene más sentido que el de proponer una hoja de ruta que permita que quince años de grandes esfuerzos en materia de cultura no se pierdan sino que conduzcan a un desarrollo equilibrado, que reduzca las desigualdades y promueva la convivencia de los habitantes de esta gran urbe”.

Se recuerda cómo, una vez que la ciudad dejó de tener una regencia y tuvo un gobierno elegido por los ciudadanos, se creó primero el Instituto de Cultura de la Ciudad de México y más tarde la Secretaría de Cultura (aunque no se menciona que el primero fue a instancias de Cuauhtémoc Cárdenas y la segunda de Andrés Manuel López Obrador).

Se destaca además que hay aquí una “enorme cantidad” de actividades culturales, espectáculos, museos. El investigador Néstor García Canclini enumera en materia de infraestructura cultural: 214 bibliotecas, 59 casas de cultura, 102 galerías, 98 museos y 118 teatros, pero se tiene “muy poca información sobre cómo funcionan, quién no va, quién sí y quién ha dejado de ir, así como a quién no llega la oferta teatral”. Y no se detalla que muchos de esos espacios no son administrados por la Secretaría de Cultura.

Papel del Estado

Serratos afirma que la creación tanto del instituto como de la Secretaría fue un primer paso para “la elaboración y consolidación de una política cultural coherente para la Ciudad de México”.

Una política que aunque no lo exprese la funcionaria en su texto, no ha estado exenta de polémicas y cuestionamientos. En opinión de algunos especialistas, al crearse la secretaría se dio la puntilla a la posibilidad de vincular la cultura con la educación. Enrique Semo, primer titular de la misma, defendió en su momento la creación de la secretaría, pues dijo que se inscribía en un proyecto global de educación que incluía la creación de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

El libro incluye justamente una controversia entre los antropólogos García Canclini y Lourdes Arizpe Schlosser, quienes aunque provenientes de la misma disciplina disienten en su visión de la cultura. Para el investigador de origen argentino hay concepciones o “supuestos” respecto de las políticas culturales que “han caducado” y una de ellas es la “relación orgánica entre educación, cultura y sociedad, regida por una organización racional de la evolución social gestionada por el Estado”.

La investigadora de la UNAM admite que si hay marcos caducos, pero también movimientos distintos que pueden ser de avanzada o regresivos. Para ella es posible rescatar al Estado, a la organización social, a los marcos conceptuales culturales, pero requieren de un cambio. Y es que en México el caos es mayor que en otras partes del mundo:

“Tengo esa impresión porque el Estado no sabe gobernar, porque la guerra contra el narcotráfico está involucrando a instituciones políticas y sociales con un grado de violencia que nunca habíamos vivido en México porque la recesión es brutal y, sin embargo el discurso la suaviza –siempre se dice: ‘la crisis va a tener poco impacto en México’, pero poco después se dice: ‘no, ya estamos saliendo de la crisis’–. Que realmente estemos o no en crisis, la gente la está viviendo de una manera brutal, lo que está sucediendo con los migrantes, que constituyen las comunidades (rurales) donde yo trabajo.”

Además de la introducción de García Canclini, titulada “El horizonte de la cultura, equidad en la Ciudad de México después del Bicentenario”, y los comentarios de Lourdes Arizpe, el libro incluye diversos capítulos agrupados en cuatro partes donde se abordan distintos temas.

La primera parte contiene cuatro capítulos, con los tópicos como La ciudad de México y el horizonte de la cultura, El trabajo cultural en red, Sobre los derechos culturales, La democracia cultural hoy, Gobernanza, Políticas en red, Análisis de redes, Políticas culturales para la Ciudad de México. Áreas de intervención estratégica y Los media como objeto de política cultural.

El segundo apartado con cuatro capítulos aborda: La cultura y la nueva concepción del desarrollo, Importancia creciente de las industrias culturales y creativas como sector de la economía, La política cultural como instrumento de poder, Las nuevas políticas culturales, Seminario de construcción de indicadores, Principios para el fomento público a la cultura y las artes en la Ciudad de México, e Impulso al Mecenazgo.

Con sólo un capítulo, la tercera parte incluye: Sistema de Fomento y Desarrollo Cultural, Fundamentos teóricos para el Sistema de Fomento y Desarrollo Cultural, y el Sistema de Fomento y Desarrollo Cultural desde el punto de vista de la gobernanza y la gestión pública.

Finalmente, en el cuarto segmento, se presentan las conclusiones con el título: Para una plataforma del nuevo Gobierno del Distrito Federal 2012-2018.

Propuestas

En los primeros capítulos se hace un recuento del desarrollo cultural en la ciudad, que no esta exento de contrastes y se cita a Salvador Novo, quien en 1946 llamó la atención sobre la “deslumbrante tradición cultural plasmada en la arquitectura, las calles y las costumbres… y la vida moderna expresada en la lenta imposición de cambios en la manera de habitar, de divertirse, de participar en la vida urbana.

También a Oscar Lewis, autor de Los hijos de Sánchez, quien en 1952 publicó Urbanización sin desorganización, un libro en el cual hizo algunas consideraciones sobre la vida urbana en la ciudad.

En cuanto a las políticas culturales, se habla de avances que van desde la creación en 2003 de la Ley de Fomento Cultural del Distrito Federal, que dio lugar a la creación de la Secretaría. Sus atribuciones son, por mencionar algunas, respecto absoluto a las libertades de expresión y de asociación dentro del marco de la Constitución, reconocimiento y respeto a la diversidad e identidad culturales, fomento a la cultura, vigilar que no se ejerza ningún tipo de censura, proteger la expresión artística y cultural conforme a los ordenamientos jurídicos aplicables, preservar y difundir el patrimonio cultural.

Algunos de los señalamientos que se han hecho a la dependencia, administrada en los primeros años por Elena Cepeda y luego por Serratos (aunque la observación viene desde su primer titular Enrique Semo), es que ha mezclado espectáculos y cultura. Con Cepeda se creó una fundación encabezada por Ricardo Govela Autrey, a la cual el gobierno de Ebrard dio un presupuesto de 46 millones de pesos.

El organismo no sólo organizaría actividades culturales de cine, danza, música o literatura, sino también deportivas y aquellas tan polémicas que suelen realizarse en el Zócalo de la ciudad como la instalación de la pista de hielo o de exposiciones patrocinadas por empresas como Televisa.

En su instalación en febrero de 2008, el fallecido dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda pidió un “blindaje jurídico” a la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, para que esta instancia resistiera los cambios sexenales. Ni siquiera eso ocurrió, Elena Cepeda renunció antes de concluir el sexenio sin rendir cuentas que lo que sucedió con esta fundación a la que se le dio carácter de fideicomiso privado.

Es difícil predecir si el gobierno de Miguel Ángel Mancera, aceptará las recomendaciones que se hacen en las conclusiones. Lo que ha mostrado la polémica en torno a la llegada de Andrés Webster, exsecretario de Cultura en Oaxaca, con Ulises Ruiz y posteriormente con Gabino Cué, al equipo del exprocurador capitalino, es que el cargo no está exento de los jaloneos políticos.

Como sea vale enumerar algunas de las consideraciones finales del libro que se muestran como los retos para los tiempos venideros:

-Escaso presupuesto y ausencia de transversalidad en las políticas públicas para considerar a la cultura como factor prioritario. Falta de normas en las delegaciones para ejercer el presupuesto cultural en cultura.

-Falta de continuidad en las políticas públicas de cultura. Aquí se menciona el intento de el exjefe de gobierno Alejandro Encinas de fusionar las secretarías de Cultura y Educación. Pero no se precisa si era acertado o no, y se señala que cinco directores tanto del Instituto antiguo como de la Secretaría “no provinieron del sector cultura”, sin explicar tampoco si eso va o no en detrimento del desempeño o si hay una ley que lo prohíba.

-Interferencia de factores ajenos al sector cultural, como cuestiones políticas que “presionan para orientar el gasto cultural hacia intereses de grupos”

-Falta de reconocimiento de la autonomía de metas del sector cultural y su frecuente uso en función de la agenda de gobernabilidad.

-Falta de modelos innovadores de participación.

Habrá que esperar a conocer el plan de cultura de Mancera.

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