Mancera: gabinete sin paridad

Mancera y su gabinete en el Auditorio Nacional. Foto: Octavio Gómez
Mancera y su gabinete en el Auditorio Nacional.
Foto: Octavio Gómez

MÉXICO, D.F. (Proceso).- La presencia de ciertas figuras en el gabinete de Mancera me ha provocado una agradable sorpresa. Y aunque me resulta alentadora su selección de personas con trayectorias políticas y profesionales impecables, me llama la atención el olvido del principio de paridad entre mujeres y hombres, mismo que guió la conformación de los equipos de AMLO y Ebrard. No dudo que la intención de Mancera haya sido elegir –haciendo equilibrios políticos entre sus compromisos y sus aspiraciones de buen gobierno– a las mejores personas para su equipo. Lo único que le critico es que no tomó la paridad como un requisito fundamental.

La decisión de impulsar gobiernos paritarios surge, no de las feministas, como se podría pensar, sino de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). A finales de los años 80, preocupada por la forma en que las desigualdades persistentes entre los sexos afectaban los sistemas socioeconómicos, la OCDE mandó hacer un estudio que publicó en 1991 con el título Las mujeres y el cambio estructural.

En dicho documento la composición “monosexuada” de los lugares de poder político cobró gran importancia, y una de sus conclusiones sustantivas –que la escasez de mujeres en puestos de toma de decisiones era un freno al desarrollo económico– se convirtió en la punta de lanza de la campaña europea por la paridad. Así, el informe de la OCDE se volvió un punto de referencia fundamental para que la Comunidad Europea decidiera establecer la paridad en los puestos de toma de decisión política.

El razonamiento democrático respecto a la paridad es elemental: La sociedad está conformada a partes iguales por mujeres y hombres, por lo que los espacios donde se tomen las decisiones fundamentales sobre ella deberían estar también compuestos de mitad hombres y mitad mujeres. La paridad se sitúa en una perspectiva diferente de las cuotas, e implica reconocer que la diferencia sexual es distinta de las demás.

Como no existe ninguna otra característica que esté repartida a la mitad –ni la edad, ni la pertenencia étnica, ni la orientación sexual, ni determinada religión–, la representación paritaria de las mujeres no implica un fraccionamiento categorial similar al que podría ser una cuota de indígenas, o de homosexuales, o de protestantes. Sólo puede haber paridad entre los dos grupos que constituyen a la sociedad en su conjunto: mujeres y hombres.

Además, a diferencia de las cuotas, que implican una representación descriptiva (los representantes indígenas deben defender las posiciones de los grupos indígenas; los representantes homosexuales, los del colectivo homosexual; los de las personas discapacitadas, ídem; etcétera), con la paridad las mujeres no se convierten en las portavoces exclusivas de las demandas femeninas, sino que deberán tratar en conjunto con los hombres todos los asuntos que afectan a la sociedad.

Por eso la paridad viene siendo una fórmula compleja, algo así como una cuota del 50% de mujeres, pero no para representar los intereses exclusivos de las mujeres. En Europa la paridad se ha vuelto hoy el indicador principal para medir el nivel de inclusión real –no retórica– de las mujeres en los gobiernos democráticos.

La conformación de este gabinete, donde además las carteras que ocupan las cuatro secretarias –Cultura, Educación, Medio Ambiente y Desarrollo Social– son las típicamente “femeninas”, no sólo es un paso atrás de lo que se había ya establecido anteriormente, sino que manda una señal preocupante: ¿falta de comprensión de lo que implica el género en la estructuración de la política?

Ya lo dijo la OCDE con todas sus letras: Las decisiones que determinan los grandes ejes de las políticas sufren las consecuencias de la no contribución de las mujeres. Estas decisiones se toman en instancias y grupos de predominio masculino y tienden a reflejar los valores, los puntos de vista y la experiencia personal de los autores.

Hace rato que en el Gobierno del DF se intenta transversalizar la perspectiva de género y se hacen presupuestos con enfoque de género. Ojalá que muchos de los nuevos integrantes del gabinete dimensionen que, para sentar bases más igualitarias entre los sexos, se requiere “perspectiva de género”.

El nuevo concepto de género, homónimo del tradicional concepto taxonómico, provoca confusiones conceptuales, por lo que es fácil creer que al decir género se está hablando del “género femenino” (las mujeres) o del “género masculino” (los hombres). Justamente la nueva acepción de género nombra la forma compleja en que los seres humanos introyectamos los mandatos culturales, favoreciendo que se reproduzca tal cual el sistema social, con sus discriminaciones y privilegios. Espero que Mancera y ciertos integrantes de su equipo asuman lo imprescindible que es captar este giro conceptual.

Para cambiar la forma de hacer política es necesario antes cambiar la manera en que se interpreta la diferencia entre las mujeres y los hombres. El debate europeo sobre la paridad ha aportado valiosos elementos que habría que aprovechar y retomar, sobre todo si la intención, como ha dicho el propio Mancera, es introducir cambios que transformen las estructuras que producen desigualdad.

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