Juguetes olvidados, jugadores rotos

 

El inminente fin de los juguetes mexicanos tradicionales no sólo empobrece a los artesanos y los comerciantes que vivían de los primeros: valores sociales como la cooperación y la identidad, implícitos en el uso de objetos como trompos o trenes de lámina, son sustituidos en los niños y jóvenes por los contenidos violentos de las películas y los videojuegos.

Los juguetes mexicanos tradicionales pueden desaparecer en los próximos años, dice el comerciante Adán Hernández Torres, quien durante 40 años se ha dedicado a vender muñecas de cartón en el Parque Morelos. Cuenta que la última vez que fue a Celaya, Guanajuato, a comprarlas para después venderlas en las ferias, sus proveedores le avisaron que ya no les conviene fabricarlas.

Silbatos y carros de lámina, trenes de madera, valeros, trompos, pirinolas y marionetas, entre otros, terminarán en una sala de museo. No  sólo su fabricación está en declive; también la tradición: a los hijos de los jugueteros del Parque Morelos les interesan varias profesiones, pero no ese oficio.

Luis Ramírez Romo, con igual número de años en el negocio que Adán Hernández, sabe que ambos forman parte de la que llama “la última generación de comerciantes” de estos objetos de fantasía.

De cabello entrecano y bigote recortado, Ramírez Romo relata que él nació prácticamente debajo de un puesto de juguetes el 23 de noviembre de 1957. Ese día su madre, María del Rosario Romo, atendía a la clientela pero sintió las contracciones previas al parto y la llevaron de emergencia al Hospital Civil de Guadalajara. A los 10 días regresó al puesto ya con Luis y lo metió en un huacal que usó como cuna. Ahora siente que estaba “predestinado” a seguir el oficio de sus abuelos paternos, artesanos nacidos en Paracho y Urupuan, Michoacán.

En cambio, a las hijas de don Luis les dio por estudiar mercadotecnia, nutrición y farmacología. De forma similar, el mayor de los tres hijos de Adán Hernández optó por la computación, y la menor abrió una estética.

De todas formas, dice el comerciante, “solamente los nietos que pudieran venir, si quisieran les dejaba el lugar. Ya con 54 años viviendo de esto, no te creas que es tan fácil”.

De aquella feria del juguete que reunía a más de 500 expositores en Guadalajara durante la década de los cincuenta sólo queda el recuerdo. A Hernández le tocó ver cómo las calles que rodean el Parque Morelos se atiborraban de puestos y de gente que llegaba de otras ciudades a comprar.

A finales de los noventa el padrón de expositores comenzó a disminuir y cada año son menos los expositores, señalan los entrevistados. En 2012 sólo acudieron alrededor de 100 a la que popularmente se conoce como “la feria del cartón” (del 15 de octubre al 25 de diciembre). En su recorrido por el lugar, el reportero sólo encontró tres locales abiertos: el del señor Adán, el de don Luis y el de Alan Ramírez, un joven oriundo de Culiacán, Sinaloa.

Valores e identidad

 

A decir de Ramírez Romo, el Parque Morelos se convirtió en una zona de prostitución y de casas de empeño, que atrae a fayuqueros y franeleros, con lo cual dejaron de asistir familias.

Y ahora el ayuntamiento tapatío quiere reactivar la zona con el proyecto de la Ciudad Creativa Digital, en los predios que compró inicialmente para la construcción de la Villa Panamericana en el Parque Morelos, pero no hay ninguna propuesta para rescatar la feria de juguetes.

Enrique Catedral, artesano del barro y diseñador de catrinas y calaveritas de azúcar, duda que se les permita permanecer en ese lugar a los jugueteros cuando se concrete el proyecto que el entonces presidente Felipe Calderón vino a pregonar el 30 de enero pasado.

Lejos de recibir el apoyo municipal, dice, los artesanos tienen que “torear” a los inspectores porque el cobro del uso de suelo es excesivo. “Desde el año pasado yo me levanté con tiempo porque ganaba 50 o 100 pesos: ni para mí ni para el ayuntamiento”, comenta.

Es verdad. Se vende a cuentagotas y el trabajo es pesado. El local de Ramírez Romo es también su dormitorio y únicamente va a su casa para bañarse y cambiarse de ropa.

Pero los jugueteros siguen ahí con la convicción de que su mercancía es una fuente de valores e identidad. Luis Ramírez muestra un tamborín (parecido a una sonaja con dos hilos y sendas bolas de madera, que al girar el mango golpean rítmicamente) y pregunta: “¿Te acuerdas de la película Karate Kid? Pues de aquí sacaron la idea, no de China”.

Por su parte, Adán Hernández afirma que los juguetes tradicionales estimulan las habilidades de los niños y moldean su comportamiento. En cambio, dice, los chicos de hoy son más agresivos con sus mayores porque están sobreexpuestos a la televisión y a los videojuegos, que recurren a contenidos violentos.

Recuerda que las Barbie llegaron a México y desplazaron fácilmente a sus muñecas de cartón hechas por artesanos de Celaya: “La televisión nos perjudicó mucho, ya ves que en la televisión las hacen hasta que hablen”.

Si en el local de Ramírez Romo hay matracas con figuras de animales, flautas, rompecabezas, roperitos y cocinetas de madera, baleros, burritos de planchar, guitarras, trenecitos, avionetas y tablitas mágicas, en el de Hernández se encuentran máscaras, nacimientos de barro y otros artículos navideños.

Comenta que el Tratado de Libre Comercio que impulsó el presidente Carlos Salinas de Gortari con Estados Unidos y Canadá le dio el tiro de gracia al juguete mexicano, pues los locales de la ciudad comenzaron a llenarse de productos extranjeros. En ese entonces Hernández compartía el local con su suegra, pero ella se retiró en 2011, al cumplir 94 años.

Sobre la acera de la calle San Diego tiene su puesto Alan Ramírez, que llegó de Culiacán hace dos años. Dice que aprendió de su esposa, Irene Reyes Márquez, las cualidades del juguete mexicano.

Acostumbrado a vender de feria en feria, Ramírez se expresa con más optimismo: asegura que la crisis económica obligó este fin de año a que las familias compraran sus regalos en el Parque Morelos y no en los supermercados.

“Por mil pesos te llevas un montón de juguetes, más de lo que puedes comprar en Soriana. Ahí te puedas gastar 500 pesos y sólo te llevas un mono”, explica. Pero él y su esposa no sólo venden objetos para niños, sino que también proveen a restaurantes y tiendas de servilleteros artesanales y réplicas a gran escala de trompos o baleros.

Aislados y enfermos

 

Para la subdirectora del Centro de Evaluación e Investigación Psicológica del Centro Universitario de Ciencias de la Salud de la UdeG, Martha Catalina Pérez González, el juego es parte del desarrollo emotivo, social y físico de los niños, no una simple distracción.

Aunque los estudios sobre los juguetes digitales y electrónicos aún son incipientes, la especialista afirma que se ha detectado que las nuevas generaciones tienen limitaciones en su habilidad para socializar y cooperar, e incluso pueden desarrollar enfermedades como la obesidad, favorecida por la carencia de actividad física que caracteriza a la mayoría de esas diversiones. Además, comenta, al refugiarse en las redes sociales los menores se exponen a que adultos mal intencionados traten de dañarlos.

“Tenemos ya niños cada vez más aislados, cada vez con menos habilidades de congeniar con otros. El juego solitario se hace permanente por la falsa ilusión de que se está compartiendo con otros en esos medios virtuales”, comenta.

En su opinión, las imágenes violentas que se transmiten en los medios de comunicación se combinan con las armas de juguete, así como películas y videojuegos sobre crímenes y guerras. Pone como ejemplo la masacre que perpetró un joven de 20 años en una escuela de Newtown, en Connecticut, Estados Unidos:

“Son poco tolerantes a la frustración, personas que no pueden lidiar con los problemas que el medio les va a imponer en algún momento y reaccionan con lo único que ven alrededor. Esto implica que tienen problemas para relacionarse, aun al buscar pareja. Pueden tener una vida completamente aislada en su infancia, en la adolescencia y en la adultez.”

Añade que en los niños surge de por sí la necesidad de separarse de la generación de sus padres, y una manera de hacerlo es seleccionar sus propios juguetes. A partir de esta decisión, dice la especialista, los menores rompen los símbolos que distinguieron a sus progenitores y marcan sus diferencias.

Aclara que la causa de las conductas antisociales “puede no ser sólo el juguete, sino más bien el estatus que trae ese juguete para el menor, el compartirlo o estarle haciendo saber a los iguales qué estatus tiene él en relación con ellos”. Sin embargo, no es difícil pronosticar que, con los modelos de sociedad que se reproducen en los juegos, las nuevas generaciones crecerán con un marcado individualismo e incapacidad de comunicarse.

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