Combatir la partidización de la vida pública

En la presentación del Consejo rector del Pacto por México. Foto: Miguel Dimayuga
En la presentación del Consejo rector del Pacto por México.
Foto: Miguel Dimayuga

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Inicio de año, y también de sexenio político. Buenos deseos y también buenos propósitos. ¡Ojalá que estos comienzos sirvieran también para empezar otro tipo de cambios! Por lo pronto, peco de optimista y asumo como uno de mis propósitos de año nuevo difundir entre mis lectores, promover entre mis amistades y retomar en mi persona uno de los doce valores cívicos que, según tres filósofos españoles (Victoria Camps, Adela Cortina y José Luis García Delgado), se necesitan como un marco ético capaz de estimular la responsabilidad social.

La reflexión de estos tres autores, que escriben en representación del Círculo Cívico de Opinión en España, apareció hace unos meses en el periódico El País (25/09/2012) bajo el título Democracia de calidad frente a la crisis. La docena de valores cívicos que proponen Camps, Cortina y García Delgado consiste en: 1. Perseguir un bien común; 2. la equidad como fin; 3. debe cambiar el orden de los valores; 4. decir la verdad; 5. cultura de la ejemplaridad; 6. rechazar lo inadmisible; 7. potenciar el esfuerzo; 8. superar la partidización de la vida pública; 9. el sentido de la profesionalidad; 10. promover la educación; 11. recuperar el prestigio, y 12. construir un marco de valores comunes. Algunos ya son debatidos en México, pero otros lo son menos. Hoy me interesa comentar especialmente el de Superar la partidización de la vida pública.

Los autores señalan: “Cuando ante cada uno de los problemas públicos la sociedad se divide siguiendo los argumentos de los partidos políticos, se destruyen la cohesión social y la amistad cívica indispensable para llevar a una sociedad adelante”. En efecto, es frecuente comprobar que basta que un partido plantee medidas necesarias y positivas para que los demás partidos –y sus seguidores– se opongan o dificulten que lleguen a buen término. Hace unos días, en ese mismo sentido, la escritora Elvira Lindo se lamentaba: “¿Por qué la ideología pesa tanto como para despreciar el talento?” Podríamos parafrasear su pregunta: ¿Por qué la ideología pesa tanto como para despreciar las buenas propuestas de los adversarios?

Tal vez habría que impulsar un ejercicio como el que propuso el filósofo estadunidense John Rawls. Su propuesta sobre la posición original y el velo de ignorancia fue hecha con el objetivo de obligar a pensar en una situación hipotética, en la que los representantes de diferentes grupos de personas acordaran las condiciones del contrato social bajo el cual se definirían los derechos y obligaciones. Lo interesante es que dicha definición debía realizarse bajo un velo de ignorancia: los representantes no sabrían el sexo, grupo étnico, clase social o religión del grupo que supuestamente le tocaría representar. Ese velo de ignorancia eliminaría la información acerca de esas características moralmente irrelevantes de los ciudadanos representados, lo cual daría imparcialidad a las definiciones sobre derechos y obligaciones y anularía los privilegios.

Camps, Cortina y García Delgado consideran la partidización de la vida pública uno de los lastres de la política, pues “dificulta agregar voluntades y encontrar salidas efectivas y consensuadas a los problemas que nos agobian”. ¿Qué pasaría si se aplicara un velo de ignorancia al origen partidario de las propuestas de política pública? Si no se supiera qué partido está proponiendo determinada política ¿se conseguiría aprobarla o rechazarla en función del valor o la viabilidad de ella misma?

Este ejercicio imaginativo, absolutamente utópico, sirve sólo para reflexionar sobre las consecuencias de la partidización de la vida pública. Al preguntarse qué ha fallado en sociedades como la española –y la nuestra, agrego yo– que todavía no concluyen exitosamente la transición a la democracia que iniciaron hace años, estos autores subrayan que la crisis actual no es sólo una crisis económica, sino también una crisis ética. Y subrayan que lo que dicha crisis ética pone de manifiesto es la carencia de “espíritu cívico”.

Son muchas las preocupaciones que los ciudadanos hemos expresado en años recientes. Muchísimos estamos indignados y decepcionados por los manejos sucios de muchas figuras políticas. Pero sólo hablar de “ellos”, los políticos, versus “nosotros”, los ciudadanos, oscurece la responsabilidad que también tenemos en este deterioro de la política. Y aquí brota, como un elemento destacable, la partidización que ya traemos en nuestras cabezas y que en muchas ocasiones impide que se instalen verdaderas condiciones de diálogo y trabajo conjunto con nuestros servidores públicos.

Son varios los desafíos políticos que enfrentaremos este año, y los por venir. Y para abordarlos con una acción ciudadana más eficaz es crucial el desarrollo de identidades políticas verdaderamente democráticas. ¿Qué quiero decir con esto? Que las tareas indispensables a realizar para que los anhelos de la ciudadanía se traduzcan en la resolución de sus asuntos y los de su entorno deben ir acompañadas de esos valores cívicos que Camps, Cortina y García Delgado enumeran. Mi propósito de año nuevo es combatir, dentro de mi rango de acción, esa partidización de la vida pública.

Comentar este artículo