La discoteca Kiss, de antro a fosa común

La discoteca Kiss, donde ocurrió el incendio. Foto: Xinhua
La discoteca Kiss, donde ocurrió el incendio.
Foto: Xinhua

“Brasil está triste y de luto”, les dijo Lula da Silva a los familiares de las víctimas del incendio en la discoteca Kiss, ocurrido el pasado domingo 27 en la ciudad de Santa María. Más de 230 jóvenes universitarios murieron en ese siniestro provocado por la muy laxa vigilancia de las autoridades, la falta de medidas de seguridad y la inconsciencia de quienes coordinaban el espectáculo. La responsabilidad por la peor tragedia del último medio siglo en ese país no acaba de ser establecida.

SAO PAULO, Brasil (Proceso).- Los policías y bomberos de la ciudad brasileña de Santa María miraban incrédulos una imagen más propia de una fosa común de alguna de las guerras mundiales o de un conflicto africano: Unos 150 cadáveres estaban amontonados dentro de los baños de la discoteca Kiss.

En el resto del local había muchos más. La cuenta de fallecidos fue de 236.

La mayoría eran universitarios que se agolparon, se apretujaron y murieron asfixiados y pisoteados en la desesperación por buscar una salida de emergencia que no existía, cegados y sofocados por una nube tóxica que invadió en minutos sus pulmones.

En medio del horror del peor incendio de los últimos 50 años en Brasil, un concierto de alarmas digitales rompía el silencio de la escena: Cientos de celulares repiqueteaban al mismo tiempo en bolsillos y bolsas desparramadas.

Algunos policías contestaban las llamadas. “Llamé a mi hijo y un policía me atendió y me dijo que estaba muerto”, cuenta Ana Paula Oliveira, madre de Pedro Oliveira Salla.

Michele Cardoso, estudiante de odontología, era fanática de su celular y de Face­book. Poco después de las 2:20 de la madrugada del domingo 27 le pidió ayuda al mundo virtual: “Incendio en Kiss. Socorro”. Michele recibió respuestas inmediatas preguntando si estaba bien. Era muy tarde. Michele ya había muerto asfixiada buscando una salida, al lado de su hermana Clarisse.

Un coctel explosivo de serios errores e irregularidades estalló en forma de tragedia en la ciudad de casi 300 mil habitantes, 296 kilómetros al oeste de Porto Alegre, capital del estado de Rio Grande do Sul.

Santa María es una ciudad pujante que vive del agro; es centro de inmigración y colonización europea, pero también es el más importante núcleo universitario de la zona de Brasil cercana a la frontera con Argentina y Uruguay. Allí funciona la Universidad Federal de Santa María, que recibe estudiantes del sur del país. La fiesta en la discoteca Kiss había sido organizada por alumnos de varios cursos a fin de reunir fondos para su graduación, una práctica común.

A las 2:20 en la discoteca había 900 personas. Según la policía su capacidad era para no más de 670. Tocaba la banda Gurizada Fandangueira. Marcelo Santos, el cantante, hizo lo de siempre en sus conciertos: Alzó en la mano una bengala. Y como parte del espectáculo surgió del escenario la pirotecnia conocida como “lluvia de estrellas” cuando tocaban su quinto tema.

Santos y el asistente técnico de la banda, Luciano Bonilla, fueron detenidos al día siguiente por ser supuestos responsables del inicio del siniestro. El acordeonista de la banda murió entre las llamas.

Según los testigos, las chispas de la bengala alcanzaron el techo, recubierto de hule espuma como aislante acústico. Alguien tomó un extintor, pero no funcionaba. Todo mundo comenzó a correr hacia la única puerta de salida que había… que era la de entrada.

“Fui pisoteada por decenas de personas, pero logré levantarme entre el humo negro”, narra Paula Soares Muller, estudiante de ingeniería civil. Sin embargo, en la puerta, los custodios impidieron la salida de la gente durante algunos minutos porque no sabían del incendio. Pensaron que quienes llegaban corriendo a la puerta querían irse sin pagar o bien que había una pelea.

 

“Brasil está triste y de luto”

 

Ese domingo 27 la noticia del incendio –en ese momento se contaban 40 muertos– fue lo primero que le dijo Helena Chagas, ministra de Comunicación Social, a la presidenta Dilma Rousseff cuando ésta despertó en su suite del Ritz Carlton de Santiago de Chile, donde participaba en la cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños con la Unión Europea.

“Me voy a ir de Santiago a Santa María. Quien necesita hoy de mí es el pueblo brasileño y es allí donde quiero estar”, dijo Rousseff entre lágrimas antes de abordar el avión desde la capital chilena. El expresidente Lula da Silva, que preparaba un viaje a La Habana, envió un mensaje a las familias de los fallecidos: “Brasil está triste y de luto”.

A las 6:00 de la mañana los bomberos finalmente pudieron extinguir el fuego en la discoteca ubicada en la Rúa das Andradas 1925. En la acera se acumulaban cientos de muertos, lesionados e intoxicados. Voluntarios y bomberos habían roto las paredes con martillos y hierros para permitir la salida del humo y ayudar a la evacuación. Camiones se llevaron en tandas de entre 50 y 70 los cadáveres hacia el gimnasio municipal, que se transformó en una gigantesca morgue.

El 70% de los jóvenes murió por asfixia. Los forenses detectaron cianuro en los pulmones de las víctimas, producto de la combustión de revestimientos de mala calidad, según el diario Folha de Sao Paulo. Al cierre de esta edición 114 personas aún estaban hospitalizadas, 75 de ellas graves, con respirador artificial, con las tráqueas y los pulmones severamente afectados por el humo.

“Hay que investigar rigurosamente. El dueño de la discoteca tendrá que presentar la documentación necesaria”, dijo el gobernador de Rio Grande do Sul, Tarso Genro.

El comisario Marcelo Arigony, de la Policía Civil, a cargo del caso, afirmó que “hasta un niño se daría cuenta de que la discoteca no podía funcionar”, al citar la falta de salidas de emergencia, de señalización clara de emergencias (por eso muchos se fueron hacia los baños) y de control interno como para impedir que una banda trabaje ahí con pirotecnia.

El Cuerpo de Bomberos de Rio Grande do Sul, que depende de la Policía Militar, reconoció que desde agosto de 2012 estaba vencido el permiso de seguridad de la discoteca, pero que la renovación estaba siendo tramitada.

“Es probable que haya habido deficiencias en la verificación (de las medidas de seguridad)”, admitió Alexandre Kurkowski, jefe de bomberos.

El alcalde de Santa María, Cézar Schirmer, a quien una manifestación de familiares le reclamó la renuncia, se defendió: “La vigilancia sobre un plan de prevención, seguridad y evacuación ante incendios le compete a los bomberos y no al municipio”, dijo y agregó que la vigilancia ordinaria realizada por los agentes municipales para cumplir con la legislación había tenido lugar en abril de 2012.

En diciembre de 2004 en Argentina, 194 personas murieron por un incendio causado por el lanzamiento de una bengala en un concierto de la banda Callejeros en el local Cromañón: El entonces alcalde de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, fue destituido por la corrupción en la que incurrieron los funcionarios encargados de la verificación y el dueño del local, y los integrantes de la banda condenados a prisión. Un cartel de una familia que perdió un hijo en Santa María pedía el mismo castigo con una alegoría futbolística: “Argentina 1-Brasil 0”.

Entre quienes lograron sobrevivir a la tragedia estaban una mujer embarazada y su esposo, de 28 años, Elissandro Spohr, Kiko, dueño de la discoteca Kiss. Con problemas de intoxicación, Spohr se dirigió a una comisaría e informó que iba a internarse en un hospital de la ciudad cercana de Cruz Alta por cuestiones de seguridad. Declaró que los responsables del incendio fueron los miembros de la banda.

La noche del martes 29 el joven empresario intentó suicidarse: Trató de ahorcarse con una manguera de la ducha de su cuarto de hospital. Luego de ello fue esposado a la cama. “Dice que ya no tiene ganas de vivir, que no va a soportar la carga de la tragedia”, dijo la comisaria Lylian Carús, responsable de la custodia del empresario que está en calidad de detenido.

Además de Spohr y dos integrantes de Gurizada Fandangueira, fue detenido el socio del dueño de Kiss, Mauro Hoffman, quien declaró que apenas es accionista y carece de responsabilidades en la administración del local.

El abogado de Spohr, Jader Marques, acusó a los bomberos de no haber actuado dentro de los plazos para renovar el permiso. “Desde octubre entregamos el pedido para la verificación de los bomberos, quienes además actuaron sin preparación para combatir al incendio”, declaró Marques, que indicó que el Ministerio Público autorizó el funcionamiento de la discoteca Kiss donde, según él, no había más de 600 personas en el momento de la tragedia.

 

La peor en medio siglo

 

El incendio de la discoteca Kiss es el peor en Brasil desde el que en 1961 mató a 501 personas en un circo en Niteroi, en el estado de Rio de Janeiro.

Con el correr de las horas y ante la escasa información sobre permisos municipales, las autoridades iniciaron acciones de control en las discotecas de las principales ciudades del país. En Sao Paulo a siete de las más famosas del centro de la ciudad les faltaban documentos de autorización y aun así funcionaban, reveló el diario O Estado.

El lunes 28, como parte del luto nacional, la FIFA y el ministro de Deportes, Aldo Rebelo, suspendieron la fiesta en el estadio Mané Garrincha de Brasilia, que daría paso a la cuenta regresiva “a 500 días del Mundial de Brasil 2014”. El secretario general de la FIFA, Jerome Valcke, afirmó que “no tienen nada que ver” el incendio de la discoteca y los problemas de seguridad municipal con la organización del Mundial. “Tenemos un sistema de evacuación ante catástrofes de ocho minutos en cada uno de los 12 estadios”, explicó.

El problema que señalan los especialistas es nada más el “sentido común” en la verificación efectiva, el uso de elementos no inflamables y en no ubicar el problema como típico de un país, como Brasil, en vías de desarrollo.

“Sacar conclusiones del país por este hecho sería injusto, una generalización injusta. De ahora en adelante todo deberá ser riguroso, la planificación de un espacio cerrado, más cuidadosa: El problema fue la pirotecnia; es decir que faltó el sentido común, por ambición, desidia o desinterés. Es como una tragedia aérea, una sucesión de errores que desembocan en lo peor”, dice a Proceso José Roberto Bernasconi, presidente del Sindicato de Empresas de Arquitectura e Ingeniería de Brasil.

Según Bernasconi existe una esperanza de que la sociedad y las autoridades “miren su propio ombligo” sin que se diluya la atención en esta nueva realidad después de la tragedia. “Pero este estado de conmoción no garantiza que se refuercen los controles y la seguridad en lugares cerrados, porque a veces la sociedad brasileña deja atrás estos asuntos cuando aparecen nuevas tragedias y otras prioridades luego de un tiempo”. Brasil, sostuvo, debe “autoanalizarse” frente a lo que ocurrió.

El principal columnista de Folha de Sao Paulo, Clovis Rossi, uno de los periodistas más respetados del país, opinó que esta tragedia pudo ocurrir en países desarrollados, como de hecho ya ha ocurrido, y que la pérdida de un hijo es un dolor diferente a todos, al que calificó como “el dolor definitivo”, algo que nada puede disminuir.

“Los jóvenes se sienten inmortales. Es natural que sea así. El problema es que sus padres y abuelos pensamos que son demasiado ‘moribles’. En Brasil son la principal víctima de la violencia, que supera cualquier patrón civilizador”, escribió Rossi.

Al día siguiente de la tragedia el poeta gaúcho –como se conoce a los habitantes de Rio Grande do Sul– Fabricio Carpinejar escribió un poema que se transformó en el símbolo del dolor colectivo.

Comienza así: “Morí en Santa María hoy/¿quién no murió?/Morí en la Rúa dos Andradas 1925/en una ladera enlutada de humareda/la humareda más nefasta de Rio Grande do Sul”.

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