“Nuestro sueño…”, el discurso de Turati en Harvard

Marcela Turati en Harvard
Marcela Turati en Harvard

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Muy buenas noches. Muchas gracias por acompañarme. Agradezco a la Nieman Foundation de la Universidad de Harvard y a todos ustedes, los periodistas becarios que son el alma de esta fundación, por el reconocimiento que me entregan esta noche a mí, en representación de los periodistas mexicanos que cubren la violencia. Gracias por el cariño que me han mostrado esta semana, y por su solidaridad ante la difícil situación que los periodistas del otro lado de la frontera enfrentamos.

Para ser fiel a mis raices, hoy pretendía hablar en español. Pero ahora haré mi mejor esfuerzo para hablar en inglés, para intentar conectarme con todos ustedes. Así que, de antemano, una disculpa por mi inglés.

Todavía recuerdo el asombro inicial cuando Mary Beth Sheridan me habló para anunciarme que había sido elegida para recibir el premio Louis M. Lyon y que tenía que guardar el anuncio en secreto. Con ese peso encima pasé noches en vela, viendo el techo de mi cuarto, dando vueltas a la cama, pensando por qué me eligieron a mí como abanderada de los periodistas mexicanos que cubren la violencia. Preguntándome si merezco el reconocimiento yo, que vivo en México DF, y no expongo la vida como muchos de mis valientes colegas que viven y trabajan en las zonas más peligrosas de México. Asustada por el compromiso que esta distinción implica y al mismo tiempo contenta de saber que alguien se fijó en el trabajo hormiga que durante estos últimos años varios periodistas hemos hecho para cuidar a otros y cuidarnos entre nosotros.

En esas noches hice una revisión del pasado para tratar de explicarme cómo fue que llegué hasta aquí, esta noche, yo: una reportera normal que cubría historias de pobreza y de derechos humanos. Que no sentía interés en las notas sobre narcotráfico y me había prometido nunca cubrirlas.

Pero el país cambió y nos dejó sin opciones.. De pronto, muchos periodistas nos volvimos corresponsales de guerra sin salir de nuestra tierra. Y repentinamente estábamos cubriendo masacres, reportando el hallazgo de fosas clandestinas, cubriendo el funeral de algún colega o reportando las historias de dolor y de injusticia que ocurren en toda guerra.

El cambio llego muy rápido. Comenzó en diciembre de 2006, cuando inició su presidencia Felipe Calderón con una sorpresiva declaración de guerra contra el narcotráfico y enviando a militares y a policías federales a combatir a los narcos en las calles. Y ellos obedecieron. Los narcos también salieron. Cada ejército mostró sus poderosas armas. Ellos conviertieron cualquier calle de cualquier ciudad en un campo de batalla, y dejaron miles de víctimas atrás. El sexenio terminó en tragedia. Es llamado “el sexenio de los muertos”.

A nosotros nos tocó mandar notas parecidas a los despachos de guerra contando las miles de personas desplazadas, el sinnúmero de heridos, huérfanos, viudas, las entre 70 mil y 100 mil personas asesinadas y las más de 25 mil desaparecidas. Calderón, su vecino desde la semana pasada cuando comenzó una estancia aquí en Harvard hasta donde ha sido perseguido por las protestas, fue el responsable de una estrategia que ha matado a muchas más personas que las que matan las drogas mismas. Ahora, con tantas familias rotas, y viendo que algunos estados en Estados Unidos están legalizando el uso de ciertas drogas, la pregunta en México es: ¿A quién sirvió tanto dolor?

Muchas personas ya no están con nosotros. Mientras yo puedo venir aquí a hablar con ustedes, muchos reporteros cubriendo historias parecidas no sobrevivieron o no pueden hablar sobre ello. En este periodo obscuro han muerto o desaparecido más de 80 colegas. Muchos más han dejado su profesión, su casa, su país.

Entre los asesinados está Regina Martínez, quien era la valiente corresponsal de la revista Proceso, la revista para la que trabajo. Ella reporteaba en Veracruz, uno de los estados que pronto fue silenciado por narcotraficantes en complicidad de políticos. Porque el silenciamiento generalmente viene acompañado por una misma fórmula: el ejército o cárteles de la droga que pretenden controlar la información, los gobiernos corruptos o débiles rendidos a ellos, y un sistema judicial que no funciona.

Pronto nos dimos cuenta de que algo estaba podrido en el país cuando los reporteros que debían mandar las notas se convirtieron en la nota. Cuando se volvió un lugar común decir que México (después de Iraq) era el país más peligroso del mundo para ejercer el periodismo, y que a nadie conmoviera.

Esas muertes quedaron registradas en pequeñas notas como estas que tomé de los periódicos:

El periodista fue secuestrado en la madrugada por cinco desconocidos, en la puerta de la policía municipal/… Su hija de ocho años presenció el homicidio, lo mataron cuando la llevaba la escuela/….Tres meses antes de su asesinato, su casa había sido rafagueada y su carro quemado/… Fue secuestrado por ocho hombres encapuchados y vestidos de negro, en su casa, frente de su esposa y sus hijas/…Al lado del cuerpo se encontró un mensaje: “Esto me pasó por escribir lo que no se debe. Cuiden bien sus textos antes de hacer una nota”…

La violencia se nos atravesaba en cualquier nota. Recuerdo al amigo que después de haber hecho un documental sobre la cultura de los pueblos indígenas, de regreso al DF, me dijo que en ese viaje, en el que hombres con metralletas vigilaron lo que estaba grabando, sintió un miedo que no se le quitaba.

Al principio nos dijimos sorprendidos aunque, debo reconocerlo, desde hace 10 años, los medios de comunicación de estados como Tamaulipas, frontera con Texas, ya habían sido silenciados, y los periodistas permitimos que los silenciaran. Pero en el sexenio de Calderón se extendieron las zonas de silencio, al mismo tiempo que los campos de batalla. Los periodistas quedamos en medio de una guerra en la que cada parte –el ejército, un bando o su rival—se sentía con permiso para matar y presionaban para posicionar su mensaje.

Conocí a un fotógrafo que en un turno de trabajo fotografió 19 cadáveres en distintos eventos. Dos veces le tocó llegar a fotografiar “ejecutados” y descubrir que eran sus compañeros de trabajo.

Un reportero de una zona indígena del sur del país (que era director, reportero, fotógrafo y vendedor de su medio chiquito) un día contó que su secreto para estar vivo era porque había sabido seguir órdenes de todos los que le hablaban para exigirle que fuera a fotografiar la cabeza que aventaron en una carretera o que no publicara nada de la droga confiscada.

Llevo clavada en el alma una anécdota que me contó un reportero a quien una noche le llamaron a su casa para avisarle que un comando se había llevado al colega con el que cubría las noticias policiacas. El se levantó de la cama, se vistió, se despidió de su esposa, besó a sus hijos y se sentó en la sala a esperar a que fueran por él. Esa fue la noche más larga de su vida.

–¿Y por qué no huiste?—le pregunté sorprendida.

“¿A dónde iba a ir? Mi único deseo era que no entraran a mi casa y me sacaran frente a mi familia, que no se quedaran con esa imagen como mi último recuerdo”, me dijo. Él sobrevivió y puede contarlo, su amigo apareció al día siguiente, botado en la calle, como si fuera un desperdicio. En la ciudad donde ellos viven, los policías son los narcos.

Siempre que recuerdo esa historia pienso en cuántos periodistas estarán esta noche sintiendo esa misma soledad. Sin saber a quién hablar. A quién pedir ayuda. Resignados a que morir sea un riesgo laboral.

Llegó un momento en que todos los que cubríamos la violencia teníamos pesadillas. En las mías, veía sicarios, camiones cargados de muertos, paredes manchadas de sangre. Este fue un tiempo en que nuestra lucha era por matener la alegría de vivir a pesar de lo que cubríamos. Cuando muchos se apartaron de sus familias, por el riesgo de que ellos pagaran por el trabajo que estaban haciendo. Obligó a huir a algunos de los nuestros que fueron amenazados, y a que tuvieran que recomenzar su vida vendiendo hot-dogs o cortando céspedes en otros países como Estados Unidos. Otros muchos escribieron su carta póstuma.

No todos los lugares son extremos. No todos son silenciados. La ciudad de México, por ejemplo, es una burbuja que parece estar lejos de la violencia, aunque cada vez se acerca más. Pero en todo el país hay una tendencia hacia el silencio, una autocensura forzada.

La censura y la cacería de periodistas nos obligó a organizarnos con otros colegas para cuidarnos. Sabíamos que no recibiríamos protección del Estado, así que hicimos lo que pudimos. En algunos lugares organizaciones de noticias en competencia se juntaron para escribir protocolos de seguridad, forzándonos a salir a reportear juntos, olvidándonos de las exclusivas.

Un grupo de reporteros crearon la figura voluntaria del monitor, que es un reportero que se encarga de monitorear, por teléfono, que todos los que van a salir a un lugar peligroso a cubrir un crimen salgan y regresen juntos, que nadie se quede atrás, y si no regresan activa el protocolo de emergencia acordado.

Los reporteros y algunos editores, tuvieron que hacerlo solos porque, con algunas excepciones, a los dueños de los medios no les interesa la seguridad de sus reporteros. No se toman en serio este tema. Pagan poco, y mandan a sus reporteros sin protección, equipo o saldo de celular a zonas riesgosas. A veces despiden a los reporteros amenazados por esa sospecha de que “en algo andaban”. No exigen al gobierno que resuelva el crimen para no perder publicidad gubernamental. En las redacciones quienes muestran miedo pierden mérito. Así que cada quien lidia con la situación de su propia manera.

La sociedad también se mantuvo alejada. No salió a la calle a protestar por los asesinatos de sus periodistas. Y tiene razón. Percibe que la abrumadora mayoría de los medios son cómplices de los poderosos y enemigos de los ciudadanos.

Algunos hacen esfuerzos heroicos para informar, para continuar investigando.

Conozco el caso de un diario de la frontera donde los dueños, para evadir la censura al que lo sometieron los delincuentes, abrieron un portal de noticias en Estados Unidos inventándose una marca. Ahí publicaban las noticias que en México no podían ser publicadas. Hasta que fueron descubiertos.

Editores de diarios de varias regiones se organizaron para dar cobertura a una misma noticia que había sido prohibida en un diario local silenciado. Algunos reporteros están juntando información y escribiendo libros en secreto, esperando el día en que puedan publicarlos. En otros casos, nuestros aliados han sido corresponsales extranjeros a quienes los reporteros les brindan la información que ellos no pueden publicar.

Hubo intentos extraordinarios de los ciudadanos que a través de Twiter, imágenes en Youtube, blogs, Facebook informaban lo que los periodistas no podían.

Algunos reporteros, como yo, participamos en una red llamada Periodistas de a Pie, una asociación creada y conformada por mujeres, donde organizamos cursos y talleres con expertos para aprender a mantenernos vivos y blindar la información. Sin recursos, en nuestros ratos libres, nos dedicamos a organizar talleres sobre cuestiones como: ¿Cómo se entra y se sale a salvo a una zona riesgosa? ¿Cómo se reportea y se envía información desde esos frentes de guerra? ¿Cómo nos mantenemos sanos de la mente y nos cuidamos el alma ante tanta tragedia?

Desde el inicio nos propusimos visibilizar los efectos sociales de la violencia, darle el rostro de las víctimas, ponerle alma a las estadísticas, ir a contracorriente del discurso oficial que señalaba que no debíamos preocuparnos por los muertos, pues eran delincuentes, y que reducía a las víctimas a “bajas colaterales”.

Pronto estábamos participando en proyectos colectivos con escritores, fotógrafos y artistas que intentaban restaurar la dignidad de los migrantes, los periodistas o los ciudadanos comunes, asesinados o desaparecidos.

Desde 2008, cada semana, eso he intentado hacer en la revista Proceso, el espacio donde he tenido todo el apoyo y donde trabajo con un gran equipo de profesionales que cubren la guerra.

El trabajo es arduo. ¿Cómo logras que el muerto 100 o el 10 mil o el 100 mil sigan interesando? ¿Cómo haces para que la gente no se acostumbre a que en ciudades como Juárez se colapse la morgue por tantos cadáveres? ¿Cómo logras mantener viva la indignación del lector en cada nota y la esperanza de que las cosas pueden ser cambiadas? ¿Cómo cuentas las tramas de violencia que se repiten como deja vú en cada ciudad? ¿Cómo te limpias el alma de tanto horror?

Recuerdo una noche en la que viajé a Chihuahua para escribir sobre un taller de víctimas de la violencia. Cuando una psicologa anunció “ si alguien quiere contar su historia, aquí tenemos una periodista”, al momento unas 40 mujeres, con las fotos de sus hijos en mano hicieron fila ante mí para que tomara su testimonio. Para algunas, era la primera vez que hablaban. Esa noche me sentí sola, con enorme impotencia.

Lo mismo pasó en Tamaulipas, donde la policía habia recuperado casi 200 cuerpos enterrados en una fosa clandestina, y cientos de familias estaban esperando las pruebas de DNA para saber si uno de ellos era su familar. Una mujer, enojada, me preguntó: ¿Por qué ustedes que son periodistas nunca habían venido, cuando las matanzas han sido sistemáticas…?

De la urgencia por contar lo que estaba pasando, de explicar que detras de cada historia sobre un muerto había una familia rota, muchos corazones llenos de dolor, escribí mi libro “Fuego Cruzado”, que trata sobre las víctimas de la violencia, que en ese momento eran negadas por el gobierno y la sociedad no quería ver.

En las presentaciones me preguntaban si no necesitaba un psicólogo para ver las cosas bellas de la vida. Por qué mi negatividad de contar “lo feo”. Compartí algo de la soledad que enfrentan las víctimas. Pero puedo decir que soy afortundada porque acompañar a estas personas me ha humanizado.

Y no estoy sola, tengo un equipo. En esta red de periodistas, además de proponernos quitarle los micrófonos a los hacedores de la guerra, y pasárselos a los que sufren, pronto ya nos habíamos convertido en defensoras de la libertad de expresión y todo el tiempo hemos estado inventando estrategias para llamar la atención sobre el tema.

Organizamos talleres, marchas callejeras, foros, webinars o seminarios a través de Internet para los reporteros que viven lejos; colectas navideñas en solidaridad con los desplazados; reportes con testimonios de colegas sobre la situación en las zonas silenciadas.

Cada taller implica mucho trabajo invisible que se compensa cuando el periodista más solitario del pueblo más olvidado de Guerrero nos cuenta a todos sus técnicas para estar vivo. Cuando el periodista de Veracruz nos agradece porque ya no se siente tan solo. O el colega del DF nos dice que es la primera capacitación que recibe como periodista. Cuando nos llaman para contarnos cómo aplicaron lo aprendido, el reportaje que surgió a partir del taller.

La Red es considerado un puerto seguro para algunos que desde los estados nos piden ayuda para reportar la desaparición de algún colega, o para contactar psicólogos. Algunos nos mandan mensajes de auxilio solicitando una capacitación de emergencia o ayuda para formar su propia red. Nos buscan porque nos saben colegas.

Un día de 2010 ya nos encontrábamos marchando por las calles, exigiendo al gobierno que investigue los crímenes de los colegas. Arrastrábamos coronas de flores. Cargábamos letreros con fotos de los muertos o los desaparecidos. Poníamos sobre el piso libretas y cámaras manchadas de rojo-sangre. Pedíamos que el gobierno trabaje y castigue a los responsables. Que mandara el mensaje de que los asesinatos de periodistas no iban a ser permitidos. Porque la impunidad es una pistola sin seguro que volverá a ser disparada. Pero las matanzas empeoraron. Durante esa marcha nos entrevistabamos entre nosotros. Después no sabíamos quién iba a firmar la nota de la cual también éramos los protagonistas. La magnitud de la tragedia nos trastocó la identidad. Muchos hemos llorado lo que no habíamos nunca llorado. Y seguimos haciéndolo.

Duele escuchar historias como la de una mujer que en un solo día perdió a todos los hombres de su familia. Ocho: su esposo, hijos y nietos. Todos estas desaparecidos desde que se los llevo la policia. Otra mujer busca a su hijo de nueve años y a su esposo ‘levantados’ por los narcos.

En algunos talleres sale siempre la pregunta: “¿si lloro aún sirvo para ser periodista?”

Es común que familias de personas asesinadas aparezcan en la redacción para pedirnos que se publique una denuncia contra los asesinos. Cuando les decimos que pueden ser asesinados, nos responden: “No nos importa, ya estamos muertos en vida.”

He pasado horas con varios intentando hacerlos visualizar el futuro, pidiéndoles que se asesoren, que busquen cobertura para poder publicar de manera segura. No sé si eso le toca a los periodistas, pero a mí me ha tocado hacerlo.

La situación también nos hizo cuestionarnos la exclusiva que deja de tener un valor cuando lo importante es que no maten a otros y mantenerte vivo. Que la información salga de la forma más segura, aunque no esté firmada por uno.
Nuestra última jugada, en la red, fue escribir un libro colectivo sobre la resiliencia de las víctimas que se organizaron para pedir justicia y construir la paz, a manera de antídoto para la gente que ya dejó de leer las noticias porque le parecen desesperanzadoras.

Calderón buscó refugio en esta universidad. El nuevo gobierno se estrenó hace poco más de dos meses en los que hemos visto cómo la violencia comenzó a desdibujarse de la agenda. Mágicamente, de la guerra comenzó a hablarse de paz y de reconciliación, como si los asesinos ya se hubieran desarmado, como si ya se hubiera hecho justicia a tanto asesinado, como si con el puro cambio de lenguaje hubiera cambiado la situación.

Un amigo de Sinaloa me decía: “A los que seguimos cubriendo narcotráfico nos están aislando, por favor, no nos dejen solos”.

Esta es la urgencia. Como decía el maestro polaco Ryzsard Kapuscinski: En la lucha contra el silencio está en juego la vida humana.

Nosotros tenemos claro que esto no se ha acabado. Que no habrá esperanza hasta que no construyamos un memorial por los y las que nos faltan. Hasta que no conozcamos quiénes eran, qué investigaban cuando los mataron, en qué estatus están las investigaciones de sus crímenes, hasta que los dueños de los medios de comunicación se preocupen más por su gente y menos por su dinero y exijan cuentas. Hasta que no construyamos un observatorio para vigilar que los casos se investiguen y se termine la impunidad.

Hasta que el Estado haga lo que le corresponde. Hasta que matar periodistas en México tenga un costo. Un castigo. Una pena. Hasta que el dinero destinado a la protección, a la seguridad, al blindaje de los periodistas mexicanos se use para becar a los periodistas amenazados para que sigan documentando lo que los silenciadores no quieren. Que los censuradores se sepan vigilados. Que no se les ocurra callar a un solo periodista más.

Estos años nos han ayudado a encontrarnos por todo el país periodistas con la misma inquietud en el corazón de hacer un mejor periodismo y protegerlo de los arrebatos asesinos. En eso estamos en este tramo del camino, ideando cómo extender esta red hilvanada con otras redes de solidaridad hacia otros territorios donde los colegas la están pasando mal. Hasta poder crear una cobija enorme, solidaria, protectora, cálida, bajo la cual quepamos todos. O, al menos, ese es nuestro sueño.

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