Clara, expareja del “Monstruo de Iztapalapa”, de víctima a delincuente

Jorge Antonio Iniestra Salas (azul), su madre Soledad Salas y sus hermanos Juan Carlos, Claudia y Ana Laura. Foto: PGJDF
Jorge Antonio Iniestra Salas (azul), su madre Soledad Salas y sus hermanos Juan Carlos, Claudia y Ana Laura.
Foto: PGJDF

MÉXICO, D.F., (apro-cimac).- Uno tras otro, decenas de flashazos taladraban ese día el cerebro de Clara. Se sentía desmayar en medio de ese torbellino de cámaras fotográficas y de televisión que la presentaron como “cómplice” de Jorge Antonio Iniestra Salas, el llamado Monstruo de Iztapalapa.

El 6 de septiembre de 2011, la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) presentó ante los medios a siete presuntos delincuentes. Entre ellos, se encontraba Clara Herrera, de 44 años de edad,  y su expareja Iniestra Salas, de 32.

Todos fueron acusados en un primer momento de secuestro, homicidio en razón de parentesco, lesiones calificadas en razón de parentesco, corrupción de menores, trata en su modalidad de explotación laboral de menores y violencia intrafamiliar.

Clara fue presentada como una criminal, al lado del Monstruo de Iztapalapa, tres hermanos de éste (dos mujeres) y dos sujetos más. No daba crédito. Pasó de ser víctima a presunta responsable del secuestro y violación de sus dos hijas: Rebeca y Gabriela.

En 2009, Jorge Antonio Iniestra Salas asesinó a Rebeca, la más pequeña, y al bebé que ambos procrearon en los cuatro años que duró la relación.

A casi año y medio de distancia, Clara continúa presa en el Centro Femenil de Readaptación Social de Tepepan, en la delegación Xochimilco, acusada del delito de corrupción de menores. En los próximos días el juez de la causa dictará sentencia.

Entrevistada en el penal, Clara narra su historia, el horror que vivió al lado de quien, dice, es un verdadero “monstruo”. Asegura que tuvo miedo a denunciar porque fue amenazada. A ello se suma su rabia por padecer una doble victimización.

Con el uniforme azul marino reglamentario, la mujer de tez morena y recias facciones, se muestra tímida. Como muy pocas veces, lleva suelto el cabello, negro y lacio, y luce unos pequeños aretes.

Al iniciar la conversación toma de manera inesperada la mano de la reportera, y en voz baja comienza a hablar como una niña: “Sigo teniendo miedo. Jorge aún está ahí, se va a burlar de mí. Lo conozco. Tengo miedo”.

La mujer no oculta el pavor que le provoca el reencuentro, cara a cara, con su expareja, a pocos días de realizarse una audiencia en el Reclusorio Sur, en la que narrará su historia ante un juez, los abogados y el propio Jorge Antonio, detenido en el mismo penal.

Clara toma aire y se llena de valor para relatar su vida, algo nada fácil para ella. Su rostro tiene un aura de desamparo y sus ojos carecen de brillo. Al hablar muestra una dentadura ennegrecida. Durante cuatro años tuvo que comer de la basura porque todo el dinero que ganaba debía entregárselo a Jorge Antonio Iniestra.

 

Vida de violencia

 

Clara es originaria del municipio poblano de Chiautla. Desde que tenía 10 años de edad, dice, vivió episodios de violencia en su propio hogar. Las lágrimas aparecen. Y es tan apretado el dolor, que prefiere no dar detalles de esos momentos que la marcaron y que ahora ve como “normales”.

Estudió enfermería, pero no concluyó sus estudios porque “se enamoró” y quedó embarazada, lo que provocó su expulsión de la escuela. De ese embarazo nació Gabriela, su primogénita, cuyo padre evadió su responsabilidad y las abandonó.

Años después, Clara volvió a enamorarse. Se casó y tuvo dos hijos más: Rebeca y Ricardo. Durante 12 años sufrió humillaciones, insultos y golpes del esposo alcohólico, quien emigró a Estados Unidos y desapareció de su vida.

Sola y con tres hijos, buscó trabajo para poder mantenerlos. Encontró empleo como conserje en la escuela primaria Manuel C. Tello, en la colonia San Lorenzo Xicotencatl, delegación Iztapalapa.

De lo poco que ganaba, Clara comenzó a ahorrar ilusionada en comprar una casa. Llegó el momento en que el dinero no le alcanzaba y buscó un segundo empleo. Encontró trabajo de limpieza en una casa donde se exhibían muebles.

Ahí conoció a Jorge Antonio. Era guardia de seguridad privada y se acercó a ella, la comenzó a cortejar.

El 25 de octubre de 2004 la invitó a salir. Nunca antes alguien la había llevado a comer o tomar algo a un sitio “lujoso”. Su carácter serio y reservado no le ayudaba a cultivar amistades y mucho menos a socializar en lugares públicos.

Ese día Jorge Antonio la invitó a un Sanborn’s. El lugar la deslumbró. El Monstruo de Iztapalapa le habló de libros, películas y viajes. “Me apantalló”, acepta, abrumada.

Él le dijo que era egresado de la universidad, que había estudiado contaduría, como su padre, y que en realidad trabajaba “por hobby”, ya que su familia era “acomodada” y no tenía necesidad de ganar un salario mensual.

Esa noche ella le contó su vida, sus desamores, la violencia a la que era sometida por su esposo, con quien aún vivía en ese momento, y los pasajes de violencia que vivió de niña. Jorge Antonio la animó a denunciar la violencia de su exmarido y la acompañó a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) para presentar una queja.

Por tercera ocasión, Clara creyó haber encontrado el amor.

 

El infierno

 

“¡Ahora lo sé! ¡Lo tenía todo planeado!”, exclama la mujer en una mezcolanza de rabia y llanto. Revivir ese episodio fue como si Clara abriera de nuevo los ojos para darse cuenta de que Jorge Antonio le había mentido todo el tiempo. Le mostró una falsa preocupación por ella y sus hijas para lograr su cometido.

En enero de 2005, tres meses después de haberse conocido, el monstruo se mudó con ella a la conserjería de la escuela. Fue entonces cuando el verdadero rostro del sujeto salió a la luz. Le advirtió a Clara que, por sus conocimientos de contabilidad, a partir de ese momento controlaría el dinero de la familia.

Por su forma de hablar y los argumentos que utilizaba, Iniestra se ganó a los niños con regalos. Poco a poco Clara fue relegada de la familia. Pasado el tiempo, Jorge Antonio mostró su lado más violento y las agresiones verbales se volvieron frecuentes.

La noche del 25 de marzo de 2005, el llanto de su hija Gabriela, de 15 años de edad, despertó a Clara. Horrorizada, descubrió a su pareja violando a su pequeña Rebeca, de sólo 12 años.

Con los ojos húmedos, relata que en ese momento  sintió furia y coraje. No sabía qué hacer, el miedo la paralizó.

El monstruo le dijo que estaba enamorado de la niña y que era “una relación normal”. Por si no fuera suficiente, le dijo que él tenía amigas que tuvieron hijos desde los 13 años y no pasaba nada, porque las autoridades no hacen caso y no les creen (aduciendo a la violación), “así que a mí tampoco me creerían”, recuerda.

Esclavitud

 

En 2006  Iniestra prohibió a las niñas salir del cuarto donde vivían, bajo el argumento de que procuraba su bienestar lejos de las “malas influencias”. Las ventanas nunca más se abrieron porque las selló con tabique y madera.

Clara nunca estuvo de acuerdo con eso, en el fondo sabía que “no era normal”, pero pudo más su miedo ante las amenazas del monstruo de matar a su hijo Ricardo y llevarse lejos a las niñas si ella denunciaba lo que ahí pasaba.

(Según la PGJDF, 80% de las denuncias de violencia intrafamiliar son por agresiones psicológicas).

Siempre con el deseo de que sus hijas estuvieran bien, cada semana la mujer entregaba a Jorge Antonio todo el dinero que ganaba como conserje: alrededor de seis mil pesos mensuales. Para el sujeto eso no era suficiente.

Clara fue obligada a vender baratijas y ropa usada en los tianguis de Iztapalapa. Sin un peso en la bolsa, ella se alimentaba de las sobras de comida que recogía de los botes de basura en los mercados ambulantes.

Desde junio de 2007, Clara y su hijo Ricardo fueron obligados a vivir en la azotea de la conserjería. Ella mantuvo económicamente a su expareja, quien incluso compró un taxi con el dinero que aquella le entregaba cada semana.

Tal fue la esclavitud que padecieron Clara y sus hijos que Jorge Antonio inventó un “sistema de puntos” para permitirle a la madre que viera a sus hijas.

Clara y Ricardo debían hacer todo lo que el monstruo les ordenara y al juntar “100 puntos” podían ver a Rebeca y Gabriela cuando se asomaban por una ventana.

Si desobedecían alguna indicación o hacían algo que no era del agrado de Jorge Antonio, de inmediato perdían los “puntos” alcanzados.

Rebeca y Gabriela salieron de su cautiverio, en octubre de 2006 y abril de 2007, respectivamente, para parir a sus hijos producto de las violaciones. Jorge Antonio exigió a Clara que aportara más dinero para la manutención de sus hijas y los bebés.

La mujer tuvo que trabajar cuatro veces más: no sólo laboraba como conserje, también vendía en los tianguis, consiguió un empleo nocturno de limpieza en un cine y los fines de semana lavaba ropa. Su jornada laboral fue de más de 12 horas diarias

Jorge Antonio la tenía completamente “hipnotizada”. Controlaba la tarjeta de débito de Clara y además le exigía dinero en efectivo.

El 18 de junio de 2009 hubo un asalto a la conserjería y, sin el consentimiento de Clara, el Monstruo de iztapalapa se llevó a las niñas a una casa que tenía en la colonia Renovación, en la misma delegación.

Después del secuestro, Jorge Antonio iba cada mes a buscar a Clara (a la consejería) para “informarle” del estado de sus hijas… a cambio de dinero. Durante los siguientes dos años y en cada visita que le hacía, Clara le suplicaba para que le regresara a sus hijas. La respuesta de él siempre fue “que ellas no querían verla”.

 

La denuncia

Alejada de su familia y sin amigos, Clara no pudo más. En 2011 se armó de valor para pedir ayuda y rescatar a sus hijas.

Buscó a su hermana mayor, Cruz, para que la acompañara a pedir información a diversas instituciones.

Las personas que escucharon su historia la cuestionaron por no haber hecho nada y la calificaron de “mala madre”, incluso hubo quien no le dio importancia al caso.

Clara y su hermana recurrieron a la asociación Alto al Secuestro, de la activista y excandidata del PAN al Gobierno del Distrito Federal, Isabel Miranda de Wallace, para preguntar cómo poner una denuncia. La recepcionista, de nombre Gabriela, las paró en seco y les dijo que sólo se atendían casos con denuncia de por medio.

Luego acudieron al Centro Integral de Atención a la Mujer (CIAM) “Juana de Asbaje” –dependiente del Instituto de las Mujeres del Distrito Federal–, en la sede de la delegación Cuauhtémoc, donde la responsable, Ana Vanessa Rodríguez Rivas, les dijo que su jefa, la actual diputada federal Malú Micher, del PRD, sólo veía “casos relevantes y no asuntos como ese”.

En la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevimtra), de la Procuraduría General de la República, hubo quien le dijo a Clara que ella tenía la culpa por permitir todo lo sucedido.

En julio de 2011, Rosa María López Suárez, entonces subdirectora de Coordinación y Enlace en Materia de Trata de Mujeres y Niños, las atendió en la Fevimtra, pero les adelantó que en la Fiscalía se revisaban delitos del ámbito federal y, por tanto, el caso no era de su competencia.

La funcionaria las remitió al Centro de Terapia de Apoyo a Víctimas de Delitos Sexuales (CTA) de la PGJDF.

El viacrucis duró tres meses. Hartas de ser ignoradas por las autoridades, Clara y su hermana tomaron papel y lápiz y en 22 hojas describieron siete años de violencia. Clara redactó en primera persona todo lo que ella y su hijo recordaban. Lo hizo con mucho detalle para que quien lo leyera se percatara de la gravedad del asunto.

El 1 de julio de 2011 acudió a la Coordinación Territorial

IZP-6 de la PGJDF en Iztapalapa, para levantar una denuncia contra Jorge Antonio Iniestra Salas por corrupción de menores, explotación laboral infantil, violación equiparada, retención y sustracción de menores, amenazas, extorsión, robo y abuso de confianza.

Los hechos quedaron asentados en las causas penales 245/2011 y 256/2011.

 

Justicia en su contra

 

El martes 6 de septiembre de 2011, Clara recibió una llamada telefónica de personal de la PGJDF para que se presentara a reconocer a las personas detenidas por su denuncia.

Cuando arribó al lugar había fotógrafos y camarógrafos. Una mujer se acercó a ella y a su hermana Cruz y les preguntó “¿quién es Clara Tapia?”. Ella se puso de pie y acompañó a la mujer.

“¿Señorita, yo también puedo pasar?”, preguntó su hermana Cruz antes de que se marcharan. Un agente le respondió: “no señora, solamente ella”, y le explicó que sólo le harían “un examen médico”.

Minutos después Clara apareció sentada junto a Jorge Antonio y sus supuestos cómplices. Era su presentación ante los medios.

Sin orden legal, ni aviso previo, ella pasó de víctima a “delincuente”. Lo peor fue que en ese momento Clara se enteró de que su hija menor, Rebeca (ya con 18 años de edad), y su nieta de tres meses fueron asesinadas por su expareja en 2009, justo el año en que las secuestró.

Clara tiene ahora una doble condición jurídica: es acusada de corrupción de menores, pero es defendida como presunta víctima de violencia intrafamiliar.

De acuerdo con los agentes de la PGJDF, Clara supuestamente se auto incriminó en su denuncia, en la que explicó con exactitud cada hecho, “como si fuera cómplice”.

Por la violación a sus derechos humanos, al ser exhibida ante los medios con engaños y sin una orden de presentación, la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal emitió el 27 de marzo de 2012 una recomendación a la Procuraduría capitalina, que la rechazó por considerarla sin sustento.

El futuro de Clara está ahora en manos del Juzgado 64 penal, a cargo de Casiano Carlos Morales García, quien determinará si es culpable o inocente. De ser liberada, podrá reencontrarse con sus hijos: Gabriela, ahora de 23 años y Ricardo, de 19.

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