Cine: “Retrato íntimo”

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- Nacida en una de las familias principales de la región de Las Landas, en la Gironda, no muy lejos de Burdeos, Teresa sabe desde pequeña que está destinada a casarse con el heredero de los Desqueyroux. El tedio y la frustración se instalan ya en la luna de miel; la maternidad no cambia nada en esa vida de apariencias y prejuicios; Teresa se asfixia, lee y piensa, es mucho más inteligente y sutil que ese marido, “de la raza implacable de los simples”; un día tiene el impulso de envenenarlo.

François Mauriac, premio Nobel de literatura 1952, se inspiró en un hecho real ocurrido a principios del siglo para escribir Thérèse Desqueyroux; la estructura de la novela es compleja, comienza con el resultado del juicio de Teresa, sigue un largo monólogo interior, y el punto de vista narrativo cambia repentinamente en la última parte. Mauriac, escritor cristiano obsesionado con el pecado, la maldad y la impiedad que fermentan en ese medio de alta burguesía de provincia, explora la oscuridad y la sombra en el alma de Teresa.

En Retrato íntimo (Thérèse Desqueyroux; Francia, 2012), Claude Miller, quien falleció poco después de terminada la cinta, propone un enfoque diferente: Elige una narración lineal, desde la infancia de Teresa (Audrey Tautou), embelesada con su futura cuñada Anne (Anais Demoustier), hasta caer en el hastío, el veneno de la vida matrimonial con el bueno y simple de Bernard (Gilles Lellouche); siguen las consecuencias, y el precio. Los bosques de pinos de Las Landas arropan la soledad de Teresa.

En la versión de 1962, realizada en vida de Mauriac, Georges Franju siguió paso a paso la novela, escrutando el rostro de Emmanuelle Riva (Amour), tratando de descifrar el conflicto entre la carne y el alma; Claude Miller, en cambio, busca actualizar el género, llevándolo al terreno de la reivindicación de la condición femenina. La exposición lineal permite que el espectador se identifique con la heroína y adopte su causa; la oscuridad viene de afuera, producto de la mala fe y los prejuicios sociales.

Ahí donde Mauriac ponía a Thérèse en manos de Dios, Miller la pone en manos del público; Bernard es también un buen hombre, pero incapaz de entender a Teresa porque tendría que cuestionar sus propios valores, la posesión de la tierra, el placer de la cacería y el beneficio de no pensar demasiado.

En última instancia, vale especular que la conciencia que tenía el realizador de una muerte inminente le habría inducido a dirigir una cinta optimista y luminosa. Discípulo y protegido de François Truffault, Miller supo depurar su propio estilo del manierismo en que cayó la Nueva Ola francesa… Éste puede verse como el testamento de un cineasta académico y refinado, amante del cine y de la literatura, último puente con los grandes directores franceses del siglo XX.

 

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