De fárragos y equívocos


MÉXICO, D.F. (Proceso).- Para nadie es sorpresa recordar que nuestro continente “nació” [1] para la historia con la llegada de Colón, sin embargo, es menester reparar en las comillas puesto que hubo desembarcos previos acometidos por otros ‒de vikingos en las costas de Groenlandia y del mar de Labrador‒ que carecen de “validez” por no haber testimonio escrito. Y aquí comienza el retablo de patrañas que configuraron nuestro ser continental. Para empezar, la necedad del navegante “genovés”[2] por ubicarnos en una franja territorial asiática hizo que de tajo, por no haber constancia documental, los caribes, taínos, aymaras, caracas, bororós, patagones, apaches, comechingones, nahuas, lacandones y un largo etcétera, dejaran de serlo para volverse indios, que será sinónimo del hombre subyugado, sometido y conquistado, aunque también “reeducado”, “redimido” y “civilizado”.

No está por demás que rememoremos la tozudez colombina, pues nos concierne a todos: En su primer viaje, los ab-orígenes son “indios” asalariados del Gran Khan. Así lo consigna y lo sostiene. En el segundo, las “evidencias” adquieren estatus jurídico pues obliga a su chusma a estipular en un documento que Cuba se halla en Tierra Firme. En el tercero acrecienta su arrojo testimonial debido al desconcierto que le produce la dulzura del Orinoco, recurriendo a una interpretación que placería a la Iglesia: localiza el Paraíso Terrenal y el planeta ya no es esférico; asegura que su forma asemeja a un seno de mujer cuyo pezón estaría bajo la línea ecuatorial. Para el cuarto, el paroxismo de sus decepciones lo hace desistir de avanzar unas leguas más hacia el poniente, en busca de la salida al mar que tenía ya muy cerca, desandando su marcha y volviéndose trabajosamente a España, empero, escribe que de donde se detuvo ‒lo que transcribe como Caguare, hoy Panamá‒ restaban sólo diez jornadas para embocar el río Ganges.

Y remontando, por ahora, los fantasiosos decires de nuestro “descubridor” hemos de situarnos en una fecha clave: el 25 de abril de 1507. Ahí, para nuestra incumbencia y futura identidad, los monjes de la abadía de Saint Dié, ubicada en la Lorena francesa, publican el primer mapamundi que ostenta el nombre de América, en honor al cuestionado Amerigo Vespucci quien, como se ha demostrado, hizo menos viajes al continente de los que él afirmó. Además, para acreditar la actitud dolosa del florentino, digamos que tampoco tuvo empacho en asegurar que en el Mundus Novus había gigantes y que la lujuria de las “indígenas” llegaba al grado de, mediante artificios y picaduras de animales ponzoñosos, hincharles los miembros a sus maridos hasta tornárselos “deformes y brutales”. Así, a nadie debe sorprender que hayamos sido paridos, ante los ojos del Dios “verdadero”, por la ignorancia, el prejuicio y el dogma.

Mas regresemos a los farragosos relatos del fabulista Colón, pues en su prosa encontraremos respuestas a muchas incógnitas, sobre todo, en el plano sonoro que nos concierne. En sus escritos hace referencia, en once años de vivencias, a siete decenas de eventos auditivos pero ninguno que nos sirva para reconstruir el paisaje sonoro amerindio. Es sintomático que en la narración de su primer viaje, el famoso Diario de abordo, mencione un par de veces la ausencia del canto de los ruiseñores ‒en las Antillas no los había‒ para que el clima y el aire fueran perfectos. A esto debe sumarse la pobreza de su vocabulario. Encontramos, nada más, rugir, tronido y estruendo con sus superlativos. Nos enteramos así de lo que oyó en las cercanías del referido Orinoco:“Allí se haze una boca grande de dos leguas de poniente a levante y que, para aver de entrar dentro para pasar al setentrión, avía unos fileros de corrientes que atravesaban aquella boca y traían un rugir muy grande […]Y en la noche, ya muy tarde, estando al borde de la nao oí un rugir muy terrible, y me paré a mirar y todavía venía un filero de corriente, que venía rugendo con muy grande estruendo…” Es atinado deducir que sea la frustración para expresar claramente la intensidad del sonido percibido, la que lo empuja a concluir que las nuevas tierras debían rondar, como anotamos, el Paraíso Terrenal; es también paradójico percibir cómo tildará de sordos a los nativos sin cuestionar su propia torpeza auditiva:“La qual aqua que sale del Paraíso Terrenal para este lago trahe un rogir muy grande, de manera que la gente que naze en aquella comarca son sordos…”

Podemos preguntar quién es el sordo, cuando lo único que llama su atención son las sonoridades intensas y jamás el delicado canto de los muchos pájaros que cita, como si fuesen criaturas mudas. En cuanto a la inopinada tesis de su “sordera” podríamos agregar que fue él quien les intercambió a los indios cascabeles por oro. Por tanto, ¿no fueron éstos más receptivos al sonido al preferir artefactos aptos para hacer música en vez de su mineral áureo? ¿Para quién fueron baratijas en lugar de instrumentos con posibilidades artísticas? Notoriamente, este intercambio es uno de los episodios más socorridos en la narrativa colombina. Leamos:“Algunos d´ellos traían colgados algunos pedaços de oro colgado al nariz, el cual de buena gana daban por un cascabel d´estos de pie de gavilano y por cuentezillas de vidrio, mas es tan poco que no es nada.”

A pesar de que se muestre escrupuloso al describir los atavíos indígenas, no dejó ningún comentario sobre su música, sólo sobre los instrumentos que oyó de refilón:“Dos o tres hombres venían con las caras pintadas de colores de una misma guisa, y cada uno traía un gran plumaje de fechura de çelada, que no avía diferencia, ansí como en los plumajes: traían éstos en las manos dos juguetes con que tañían. Y avía otros dos ansí pintados en otra forma: éstos traían dos trompetas muy labradas a pájaros e otras sutilezas, no eran de metal, salvo de ébano negro muy fino…”

Nadie podrá negar que la connotación esgrimida para referirse a los instrumentos oriundos transparente su desdén: son los “juguetes” con los que los aborígenes se divierten. Y frente a eso, no hay disquisición posible. “Ellos” son los portadores de la gran música, mientras que “los otros”, los salvajes, sólo atinan a emplear sus instrumentos en pos de solazarse como niños, entendidos aquí como débiles mentales.

Aunque el asunto más relevante sobre la primera reacción indígena ante la música europea también es consignado por Colón, quien no cayó en la cuenta de la gravedad que tendría su omisión. Dejemos que él nos refiera el álgido entuerto: “El día siguiente vino de hazia Oriente una gran canoa con veinte y cuatro hombres, todos mançebos y muy ataviados de armas, arcos y flechas. […] Quando llegó esta canoa habló de muy lejos e yo no otro ninguno no los entendimos, salvo que yo mandé fazer señas que se allegasen; y en esto se pasó más de dos horas, […] yo les fazía mostrar bazines y otras cosas que reluzían, por enamorarlos porque viniesen, y a cabo de buen rato se allegaron más que fasta entonces no avían; e yo deseaba mucho aver lengua, y no tenía ya cosa que me paresçiese que hera de mostrarles para que viniesen salvo que hize subir un tamborino en el castillo de popa, que tañese, y unos mançebos que danzasen, creyendo que se allegarían a ver la fiesta.[3] Y luego que vieron tañer y danzar, dexaron los remos y hecharon mano a los arcos y los encordaron, y enbraçaron cada uno su tablachina y començaron a tirarnos flechas… 

Imposible negar que en la “elocuencia” colombina hay elementos sobre los que podríamos bordar a voluntad. Quedémonos, por fuerza, en la superficie. Es de resaltar que el almirante escribe que los indios vieron tañer en vez de “escucharon”. Ahí se evidencia el tenor de su relación con los sonidos, funcionándonos para entender la mentalidad imperante en la relación inicial entre los dos mundos. Uno que impone su música y otro que se quedará sin la suya. Sin lugar a dudas, el fragmento de la crónica presenta más problemas de interpretación de cuanto sonaría a simple oído. Nos sitúa, inevitablemente, ante la imposibilidad de conocer la versión de los inminentes vencidos. ¿Qué fue lo que desencadenó su reacción? ¿Una forma inaceptable de mancillar el silencio? ¿Una manera sacrílega de bailar? ¿Un son demencial emitido sin el respeto que la música merece? ¿Algún código rítmico-melódico reconocido como declaración de guerra?… Las respuestas se las tragó el desinterés y, a partir de ahí, sobrevendría la aniquilación del arte sonoro precolombino. ¿Alguna duda que refuerce nuestros congénitos equívocos?…



[1] El responsable del Estro Armónico desembarcó en las playas de la vida el 12 de octubre de un año cualquiera.

[2] Hay dudas sobre su origen itálico y hay investigadores que propugnan que pudo haber sido un catalán, o judío, o ambos.

[3] Se recomienda la audición  de un recitativo con la primera carta de Colón a los Reyes Católicos (Audio 1) así como de la pieza instrumental anónima Voca la galiera, contemporánea del “descubrimiento” de América (Audio 2) esta última procede del Cancionero Musical de Montecassino. (Miembros del Hesperión XXI, Jordi Savall, director. ALIAVOX, 2006)

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