“Ladrones de la fama”

La época es actual, la del culto a la celebridad, el lugar es California, en un buen suburbio de Los Ángeles, la clase social es media alta, la anécdota está basada en hechos reales bien conocidos. La banda de adolescentes dedicados a robar dinero, ropa y joyas de las mansiones de gente famosa de Hollywood, no lo hacían por falta de recursos económicos o de oportunidades educativas. En Ladrones de la fama (The Bling Ring; Estados Unidos, 2013) la ya realizadora por derecho propio, Sofía Coppola, deja claro que la motivación aparente de estos   chicos   era  la  aureola  de notoriedad.

Claro, también que a partir de ahí puede especularse sobre problemas psicológicos y morales, sobre una generación enajenada que sólo conoce de apariencias; envidia, codicia, y demás pecados capitales bailan en las discos y desfilan por las pasarelas con las marcas famosas (que me niego a mencionar). El problema, no para la directora sino para el público estadunidense, es que la cinta no se hace cargo de juicios morales; a excepción de Marc (Israel Broussard), con un atisbo de conciencia aunque débil ante el caleidoscopio de zapatos, relojes y trapos de diseño, ninguno tiene escrúpulo en expoliar clósets y cajones.

La distancia impone un estilo formal, Sofía Coppola recurre a diferentes técnicas, secuencias que acompañan las excursiones de los muchachos, documental de sucesos o entrevistas, toma fija desde un punto alejado que capta una de las mansiones como si fuera una maqueta de vidrio, y se mira el recorrido del par de ladrones que marca el apagado o encendido de luces interiores. También se alternan ritmos, frenéticos y lentos, todo con desparpajo, el estilo cool de esta juventud dorada, aunque carne de presidio. Una escena, la foto del póster, parodia Perros de reserva de Tarantino, la banda desfilando en una calle de Los Ángeles pero con ropa y lentes oscuros de marca.

Sofía Coppola no pierde de vista que al exponer la fatuidad de esta nueva generación, quienes quedan peor son los adultos, los padres; como la madre de Nicki (Emma Watson) empezando cada día con una lección New Age con técnicas de El secreto para sus hijas. Pero el hecho más alarmante es que las cosas están ahí, a la mano; la dirección de celebridades como Orlando Bloom o Paris Hilton está en el internet junto con los videos de cómo acceder;  por facebook se enteran si están en casa o no; las llaves, ocultas  bajo el tapete de entrada. Aún más tétrica es esa manera de vivir de los grandes, mansiones con galerías de zapatos, cajones repletos de joyas y relojes.

Algunas críticas reclaman la falta de dimensión de estos adolescentes; pero éste es precisamente el tema, la vacuidad; tampoco había mucho que dramatizar o elaborar, cualquier ficción era innecesaria. Ni actores ni personajes; en honor al señor Greimas, lo apropiado sería hablar de actantes, meras categorías de comportamientos, fuerzas sociales sin identidad propia.

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