Caro Quintero… como un animal salvaje

Rafael Caro Quintero, narcotraficante de Sinaloa. Foto: Francisco Daniel
Rafael Caro Quintero, narcotraficante de Sinaloa.
Foto: Francisco Daniel

Lejos ya del papel de capataz de los cerca de 7 mil jornaleros que participaban en las tareas relacionadas con el tráfico de drogas desde el rancho El Búfalo, Rafael Caro Quintero, quien decía hallarse “jodido” y estar “hasta la madre” tras 17 años de prisión, admitió que era “enamorado de tiempo completo”, que era rebelde desde pequeño porque le resultaba “muy difícil acatar órdenes”, y que tanto él como sus hermanos le tenían miedo a la gente. “Es mala comparación pero éramos como animales salvajes”, dijo en la entrevista que se reproduce enseguida y que se publicó en el libro Máxima Seguridad, de Julio Scherer García.

 

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Rafael Caro Quintero es un zombie. Dejó de vivir. Calada la gorra beige hasta las cejas, corre vueltas y vueltas alrededor del patio. No altera el paso, rítmicos los movimientos, perfectos. El cuello permanece inmóvil y el cuerpo carece de expresión. Nada lo detiene, nadie lo interrumpe.

Desde los centímetros abiertos de una ventana horizontal de vidrios como acero, le grito:

–¡Rafael!

Sé que me escucha. Sigue.

De nuevo:

–¡Rafael!

Sigue.

Otra vez.

Apenas se detiene. Me reconoce.

Hace casi veinte años el país se asomó al escándalo del narco. Fue denunciado “El Búfalo” como una extensión inmensa sembrada de marihuana. El capataz era Caro Quintero, con dominio sobre siete mil jornaleros. Las crónicas de la época afirmaron que se trataba de mano de obra envilecida. Sueldos ínfimos y vigilancia perruna alrededor de sus barracas.

Los tráilers con droga circulaban por la carretera al norte como un automóvil en una vía desierta. Personas importantes estaban detrás del gran negocio. De otra manera costaría trabajo explicarse la impunidad imperante en aquella región de Chihuahua.

Se supo entonces de la vanidad de Caro Quintero. Millonario, apuesto, personaje inédito que rozó la leyenda, fue tema de corridos. Caro Quintero daba entrevistas y se gozaba con sus fotografías en los periódicos. Su sonrisa, anchos y fuertes los dientes, se correspondía con la de un actor.

–¿Qué piensa del narco, Rafael?

–A estas alturas no sé ni qué contestarle. Voy para 17 años preso. Es malo por tanto vicio con la juventud. Creo que ahora está más arraigado con la gente. En aquel tiempo no éramos viciosos. Yo no le pegaba a nada.

–¿Y los demás?

–Pues que yo haya visto, no. En aquel tiempo no era el desmadre que es ahora. No había esos pleitos de hoy, eso de cártel contra cártel.

–¿Se pensaba inocente?

–No le voy a decir que era inocente. Tenía veintitantos años. La necesidad y la falta de estudios me hicieron meterme. Era y soy muy pobre. A estas alturas ya está uno acabado. Ahora ya no somos las personas que caímos.

–¿Perdió todo?

–La mayoría de mis cosas.

–¿Qué tenía?

–Unos ranchos, bastante ganado, todo me decomisaron.

–¿Cuántos ranchos?

–Seis.

–¿Y ganado?

–Como cinco mil cabezas. Era muy bueno. Tenía Indobrasil, Angus, Bravo.

–¿Para quién trabajó?

–Para nadie.

–¿Trabajó para Arévalo Gardoqui, secretario de la Defensa? Miles de jornaleros estaban bajo sus órdenes y había soldados en “El Búfalo”.

–Para nada. Yo no tengo relación con toda esa gente.

–¿De qué complicidades se valió para hacer tanto como hizo?

–A puro valor. A puro valor tonto, porque no era otra cosa. Nada más ir por allí para ver si pegaba, ¿me entiende?

–No, no entiendo.

–A ver si se podía. Pero yo no estaba bien con nadie, con ningún policía.

–¿Y cómo pasaban los tráilers de un lado para otro?

–En aquel tiempo no estaba tan duro como hoy. Y sobre cosas así no me gustaría tocar el tema.

–Cuente.

–No tengo que contar sobre eso. Yo empezaba.

–¿Y hubiera seguido?

–No sé qué habría pasado.

–¿Saldrá de Almoloya?

–Pues si Dios quiere. Tengo muchas esperanzas. Tengo que salir. Tengo una familia que me está esperando. Tengo que ayudarle a mi esposa con mis hijos.

–¿Cuántos?

–Cuatro.

–¿Sólo cuatro?

–Hay otros cuatro por fuera.

–¿Reconoció a los ocho?

–A la mayoría. Aquí es complicado porque sólo pueden entrar doce personas. Mi esposa, mis cuatro hijos, mi mamá, mi suegra y mis cinco hermanas. A mis hermanas les es difícil venir acá. Las atacan por la prensa, la tele, por todos lados…

Fragmento de la entrevista que se reproduce en la edición 1919 de la revista Proceso, actualmente en circulación.

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