La Colección Pérez Simón en el Jacquemart-André

"Andrómeda" (1869) de Moore
"Andrómeda" (1869) de Moore

Para la curadora de la muestra del acervo del empresario mexicano en este museo parisino, recién inaugurada, el desprecio de la crítica francesa a la expresión pictórica británica de la era victoriana (1860-1914) es inconcebible. Señala que de alrededor de 80 obras de la propiedad de Juan Antonio Pérez Simón se escogió lo más característico para Deseos y voluptuosidad en la época victoriana, colección Pérez Simón: la fidelidad a la cultura clásica y el homenaje a la belleza femenina. “Es apasionante”, expresa Véronique Gérard-Powell, al elogiar el papel de los coleccionistas privados para el rescate de estas pinturas del llamado Aesthetic Movement, como Andrew Lloyd Weber, el célebre compositor del music hall. Y dice que Pérez Simón adquirió las obras por pasión, no por negocio.

PARÍS (Proceso).- “Es un empresario mexicano, gran coleccionista de arte, quien hoy ofrece al público europeo la oportunidad de descubrir obras magistrales del Aesthetic Movement y del Classical Revival, corrientes olvidadas de la pintura inglesa de la segunda parte del siglo XIX, ¿no le parece insólito?”, pregunta, divertida, Véronique Gérard-Powell, curadora de la exposición Desirs et Volupté-Victorian Masterpieces. From the Pérez Simón Collection.

Inaugurada el viernes 13 en el Museo Jacquemart-André, un suntuoso palacete, también del siglo XIX, la muestra reúne unos 50 cuadros adquiridos en las tres últimas décadas por Juan Antonio Pérez Simón y se exhibirá en esta ciudad hasta el 20 de enero de 2014, luego se presentará en el Chiostro del Bramante de Roma del 15 de febrero al 5 de junio, en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid del 23 de junio hasta el 5 de octubre, y quizás en el Museo Leighton House de Londres, si concluyen pronto los trámites en curso.

Enfatiza Véronique Gérard Powell:

“La exposición cubre el periodo que va de 1860 a 1914 y corresponde a los reinados de la reina Victoria y de su hijo Edward VII. La expansión del imperio británico, la revolución industrial, así como profundos cambios económicos y sociales marcaron esa época, sin hablar del sofocante puritanismo impuesto por la reina Victoria. La reacción de muchos artistas ante ese mundo a la vez efervescente y moralista fue radical. Tomaron distancia con la realidad prosaica dedicándose a pintar obras inspiradas por la antigüedad greco-romana o impregnadas del simbolismo del primer pre-rafaelismo. Realizaron también composiciones medievales y pinturas decorativas de una perfección formal asombrosa.”

Y recalca:

“Pero lo que sobresale en las obras de estos artistas es su culto por la belleza femenina. Fue precisamente lo que resaltamos en la muestra Deseos y voluptuosidad en la época victoriana. Diversas son sus representaciones del ideal femenino: pueden ser esculturales heroinas de la antigüedad, como las pintadas por Albert Joseph Moore o Frederic Leighton; mujeres evanescentes de Edward Coley Burne-Jones, figura destacada del arte británico de esa segunda parte del siglo XIX; mujeres embrujadoras, fatales o enigmáticas inspiradas por la literatura inglesa, tema de predilección de Jo­hn W. Waterhouse, o sutiles retratos de musas o amantes de los pintores.”

–El desnudo femenino aparece también como uno de sus temas recurrentes.

–El desnudo provocaba grandes debates artísticos en la Gran Bretaña de la segunda mitad del siglo XIX. Ese género estaba considerado como menor e inclusive vulgar. Sin embargo, artistas como John Poynter no vacilaron en desafiar el puritanismo ambiente. Entre los desnudos que realizó destaca Andrómeda, una pintura sublime que Juan Antonio Pérez Simón compró muy recientemente. Es una de las obras estrella de la muestra. Andrómeda está atada a una roca de cara al mar, cierra los ojos y espera la muerte con una estraña serenidad. El viento mueve su túnica verde que flota alrededor de su cuerpo desnudo, sensual y vulnerable. Y, audacia suprema, se vislumbran los pelos del pubis de la heroina…

–¿Esa obra no fue censurada?

–Poynter no pudo exponerla públicamente. Una influyente red de coleccionistas y mecenas lo protegieron de la censura. Andrómeda fue comprada por Sir Coutts Lindsay, quien apoyó el arte británico creando la Grosvenor Gallery de Londres en 1877. Hasta la Primera Guerra Mundial, los desnudos realizados por los pintores y los escultores fueron exclusivamente destinados a coleccionistas privados.

–¿Cómo nació la idea de la exposición Deseos y Voluptuosidad en la época victoriana?

–En 2010 el Museo Jacquemart-André me confió la realización del catálogo de la muestra Du Greco à Dalí. Les grands maîtres espagnols. La collection Pérez Simón. Fue la primera exposición que el museo organizó con el empresario mexicano. Viajé a México. Conocí a Juan Antonio Pérez Simón y descubrí su impresionante colección de arte. Me llamaron particularmente la atención sus obras de la época victoriana. Identifiqué varios íconos del Aesthetic Movement.

“Organizar una muestra de estas pinturas caídas en el olvido después de la Primera Guerra Mundial me pareció imprescindible. Pérez Simón por su lado soñaba con dar a conocer esa parte de su colección en Europa. Tiene alrededor de 70, quizas 80 cuadros victorianos. No pudimos exponerlos todos. Seleccionamos los que ilustran lo más característico de la pintura de esa época: la fidelidad a la cultura clásica y el homenaje a la belleza femenina.”

(Cabe apuntar que en el Museo Jacquemart-André, del 22 de marzo al 22 de julio de este año, se expusieron dos paisajes de la Colección Pérez Simón para la muestra Eugéne Boudin, un preimpresionista que se encontraba relegado.)

–Es un reto. Los críticos de arte franceses no parecen muy atraídos por ese clasicismo tan exacerbado. También reprochan a los pintores victorianos un cierto manierismo…

–Lo sé y es la razón por la que esa aventura en la que se lanzan el museo Jacquemart-André y Juan Antonio Pérez Simón es apasionante. Me parece injusto el desprecio de los críticos y de las instituciones por la pintura victoriana. De no ser por los coleccionistas privados se seguiría ignorando ese momento muy interesante de la historia del arte británico.

–¿Y quiénes fueron esos coleccionistas?

–El pionero fue Allen Funt, un productor de televisión estadunidense fascinado por los cuadros de inspiración greco-romana de Lawrence Alma-Tadema. Sospecho que le recordaron las películas peplums hollywoodenses. Funt logró tener una formidable colección de obras de ese pintor, entre las cuales destaca Las rosas de Heliogábalo, una obra maestra de Alma-Tadema que Juan Antonio Pérez Simón adquirió en 1991.

–Ese cuadro extravagante acoge al visitante en la primera sala de la muestra y fue el que usted escogió para la portada del catálogo.

–Es una obra fuera de lo común y emblemática del pintor, que se inspira en una escena de la vida de Heliogábalo, un joven emperador sirio, cruel y depravado, que reinó de 218 a 222. Sus biógrafos cuentan que se divirtió matando a cortesanos sofocándolos bajo un diluvio de pétalos de violetas que caían sin cesar del toldo del comedor para banquetes. Alma-Tadema cambió las violetas por rosas. La mitad del cuadro representa la esplendorosa y perturbante tormenta de pétalos en la que se debaten los cortesanos, mientras Heliogábalo, acostado en un diván que domina la escena, saborea con mirada perversa su lenta agonía. La obra causó sensación en la muestra de la Real Academia de Londres en 1888 y hoy deja atónito al público. Fue la primera obra de Alma-Tadema que compró Pérez Simón. Hoy tiene 13.

–¿Es el coleccionista más importante del arte victoriano?

–Es uno de los más importantes, pero es probablemente el principal coleccionista de la obra de John Melhuish Strudwick, que tuvo un enorme éxito en los primeros años de 1900. Sus pinturas fieles al espíritu pre-rafaelista le encantaban al dramaturgo George Bernard Shaw, quien les dedicó un artículo entusiasta en el Art Journal en 1891. Pero Strudwick dejó de ser cotizado después de su última exposición en 1909 y murió olvidado en 1947. Pérez Simón ya compró cinco de sus obras y su interés por Strudwick está resucitando a ese pintor delicado, impregnado de simbolismo.

–¿Quién es entonces el más grande coleccionista de arte victoriano?

–Es, sin duda, Andrew Lloyd Weber, el famoso compositor británico de comedias musicales, que juntó una colección excepcional. Es interesante señalar que gracias a la pasión de coleccionistas como Funt, Lloyd Weber y Pérez Simón empiezan a reaparecer obras victorianas muy célebres en su tempo y que se creían perdidas para siempre.

–Bajo la presión del mercado del arte, los descendientes de estos pintores están sacando cuadros de sus buhardillas…

–Así es…

–Y su cotización va subiendo…

–Efectivamente. Sobre todo desde que los coleccionistas de Medio Oriente empezaron a intresarse en los victorianos. Me enteré de que uno de ellos, oriundo de Qatar, compró recientemente por 35 millones de dólares un cuadro de Alma-Tadema pintado 20 años después de Las rosas de Heliogábalo, pero de la misma inspiración.

–La pasión de Juan Antonio Pérez Simón por los pintores de la segunda mitad del siglo XIX se está convirtiendo en jugosa inversión…

–Menos mal que no la oye. Su pasión es su pasión. No es negocio. De todos modos no se debe olvidar que manifestó mucha audacia y mucha libertad, hace 30 años, cuando empezó a comprar obras de Alma-Tadema o de otros pintores victorianos. No le preocupó la indiferencia ni el menosprecio que rodeaban estas pinturas. No le importó estar a contracorriente. Las compró porque le gustaron. Lo que más lo atrajo fue el himno a la mujer, al erotismo, la sensualidad y la belleza que descubrió en el Aesthetic Movement.

–Ese erotismo y esa sensualidad juegan con el puritanismo de la época: los cuerpos se vislumbran bajo amplias togas romanas transparentes y a veces ligeramente húmedas…

–Así es. El Cuarteto, homenaje del pintor al arte de la música, de Albert Joseph Moore, otro ícono del Aesthetic Movement, es característico de ese juego, con sus tres mujeres esculturales cuyos cuerpos resplandecen bajo velos traslúcidos. Otra originalidad de ese cuadro: la presencia de cuatro músicos vestidos con togas que tocan violines y cello en un decorado de la antigüedad greco-romana. El anacronismo de esa obra presentada en 1869 en la exposición anual de la Real Academia de Arte era una crítica de Moore a las obras “arqueologicamente correctas” de Alma-Tadema.

–En el catálogo que escribió para Deseos y voluptuosidad en la época victoriana usted establece un interesante paralelo entre las personalidades de los coleccionistas británicos (que fueron los primeros compradores de las obras que hoy pertenecen a Juan Antonio Pérez Simón) y la del empresario mexicano.

–Enseño la historia de las colecciones, una nueva disciplina de la historia del arte, en la la Universidad París-Sorbona y en la antena que la Sorbona abrió en Abu Dabi en 2006. Me apasiona el tema. Remonté hasta los primeros dueños de obras que presentamos en la muestra. La mayoría eran empresarios y hombres de negocios británicos que jugaron un papel capital en el pujante desarrollo económico de la época. El ingeniero londinense John Aid, que concibió y supervisó la construcción de la presa de Asuán, compró Las rosas de Heliogábalo entre 1888 y 1891, no tengo la fecha exacta. Luego adquirió Moisés salvado de las aguas, obra que posee tambien Pérez Simón.

“Dos grandes armadores de Liverpool, George Holt y William Imrie, se entusiasmaron por John Melhuish Strudwick. Tenían en sus colecciones tres de las obras que redescubrió Pérez Simón y que exhibimos en París. El Cuarteto, homenaje del pintor al arte de la música, de Albert Joseph Moore, que mencioné anteriormente, adornaba la mansión del industrial William Coltart. La bola de cristal, de John William Waterhouse, una obra importante que exponemos en la muestra, pertenecía a un riquísimo armador de los puertos del Yorkshire.”

–Eran magnates como Pérez Simón…

–Pertenecían a la élite de la burguesía industrial, sumamente activa y “estresada”, como se dice hoy. Pretendían compensar las tensiones extremas que soportaban en su mundo de negocios con una esfera íntima bañada en lujo y belleza. Sus suntuosas mansiones eran decoradas con las obras de los pintores victorianos, tan alejados de la realidad. El Aesthetic Movement les permitía evadirse y quizá reencontrarse. Es exactamente lo que dice Juan Antonio Pérez Simón.

Véronique Gérard-Powell abre el catálogo de la muestra y señala a la reportera un texto firmado por el directivo del Grupo Carso. No es particularmente poético ni trascendental. Escribe escuetamente Pérez Simón:

“Las obras de arte me permiten reconciliarme conmigo mismo y con el género humano y también me permiten resistir al torbellino del mundo contemporáneo y a mi propio trabajo de empresario”.

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