Cordelia Urueta, óleo y petróleo

Desde el 29 de noviembre se inauguró la exposición Cordelia Urueta, carácter y color en el Museo Mural Diego Rivera. Al trazar un perfil biográfico-pictórico de la artista fallecida en 1995, Raquel Tibol rescata algunas de las conversaciones que sostuvo con ella. Urueta, dice, siempre respetó sus impulsos, y en su etapa final se acercó al tema del petróleo, como en la muestra Oro negro (1980). “Enfoqué el asunto como una especie de batalla, de combate”, expresó entonces, debido a que por su causa “hay una lucha bastante clara y otra bastante oscura”. El tema de la reforma energética se negocia esta semana.

El 3 de noviembre de 1995 falleció la pintora Cordelia Urueta. Se dijo que a los 87 años, aunque se sospechaba que había nacido quizás en 1897 o en 1900. En las fichas biográficas publicadas en libros y catálogos se asentaba que había nacido el 16 de septiembre de 1908, aunque en privado, con suave coquetería, ella confesaba que había nacido en 1903. Los dos últimos años de su vida los pasó en estado semiconsciente debido a una embolia. Desde fines de los años cincuenta sus ojos se enfermaron (cataratas, operaciones, amenaza de ceguera). Con cierto sarcasmo solía comentar que por eso había comenzado a pintar abstracciones. Verdad relativa porque desde 1945 sus cuadros mostraban formas fantasmales, apariencias invertebradas. Desde entonces la espesura volátil de sus volúmenes ilusorios demostraban la necesidad de escapar a cualquier sujeción imitativa.

Sobrina nieta de Justo sierra, hija de Jesús Urueta, sobrina política de José Juan Tablaba, su infancia fue arrullada por las catilinarias de su padre contra Ramón Corral y José Yves Limantour, contra el general Bernardo Reyes y Luis Cabrera, contra Emiliano Zapata y los Vázquez Gómez. Creció en un hogar estremecido de raíz por los vientos de la Revolución y por las primeras decepciones.

Alfredo Ramos Martínez, el fundador de las Escuelas de Pintura al Aire Libre, un día estuvo de visita en su casa y comentó con la madre de Cordelia, Tarcilia Sierra, que acababa de abrir unos talleres en el exconvento de Churubusco. Cordelia comenzó a asistir a las clases porque tenía mucha facilidad para el dibujo. Estaban de moda las sombras de color violeta, pero a Cordelia le gustaban los grises y los negros. Los maestros insistían en que la materia debía ser tenue, vibrátil, pero a ella le gustaba lo pesado, lo espeso. Al fin su madre consideró más prudente que tomará clases en su casa. Llegó Gonzalo Argüelles Bringas a enseñarle a pintar paisajes a la acuarela, pero a ella le gustaba hacer retratos y tomó al maestro como modelo, también fueron modelos las criadas de la casa y las niñas de Coyoacán. En 1961 Cordelia me contó:

“Fue así como empecé a buscar fuera de mi mundo lo que después iba a encontrar dentro de él. De Ramos Martínez aprendí a respetar mis impulsos, a darle importancia a la libertad y a saber que sólo el sentido profesional no la convierte en libertinaje. Mi primera afición fue la de dibujar cuidadosamente, seriamente; me daba alegría ir conociendo por medio del trazo personajes, un árbol, una piedra.”

Lo que Cordelia tuvo que buscar desde muy joven fue un trabajo para subsistir, pues el único legado de Jesús Urueta (1867-1920) a su familia fue un nombre limpio y un amor fanático por la sinceridad y la honradez. En 1932 la Secretaría de Educación Pública la nombró profesora de dibujo y trabajos manuales para escuelas primarias.

“Ganaba muy poco, pero aprendí mucho de los niños; yo los dibujaba mientras ellos dibujaban.”

En 1935 Cordelia se casó con el pintor Gustavo Montoya. En 1938 recibe el nombramiento de canciller de tercera y se van a trabajar al consulado de México en París. Año y medio en Europa, tres años en Nueva York. La voluntad de estudio y de trabajo se ve interrumpida una y otra vez por enfermedades, la guerra, las angustias económicas. Boticelli y Gauguin alimentaban sus ansias de ceración, tantas veces postergadas, incluso al regresar a México, porque debe volver a dar clases, porque debe cuidar a su madre enferma, porque los sufrimientos la han debilitado en extremo. La obra de Cordelia Urueta es fruto de una voluntad extraordinaria, de una necesidad de liberarse de premuras materiales.

Después de largo alejamiento, al regresar en 1945 Cordelia descubrió México:

“Al volver me di cuenta que nunca había viso lo de aquí, no había visto el color del paisaje ni de los seres humanos. Me apasionó el color de México, me apasionó su gente. Mis primeras pinturas revelaban un especial amor por lo indígena.”

El indigenismo de Cordelia no se parece al de Rivera ni al de Rodríguez Lozano ni al de Julio Castellanos, aunque hay algo de todos ellos en sus primeros trabajos. En su obra temprana se entrelazan las tendencias vigentes hacia los años cuarenta y comienza a asomar su peculiaridad de lirismo, de vuelo y de atmósfera. Evocando su producción inicial Cordelia admitía:

“Me gustaba el movimiento de nuestras mujeres, de nuestro pueblo; sus faldas, sus rebozos al aire. La falta de estudios sistemáticos hizo que me costara un enorme trabajo llegar a dominar la técnica de la pintura. Soy de temperamento independiente, siempre quise encontrar una forma personal, con mucho esfuerzo, a través de los años lo he ido logrando.”

Hacia 1950 la atmósfera se convierte en el problema principal de Cordelia, entonces asimila sus influencias de Tamayo, suprime detalles, relega la geometría:

“Concibo la pintura como un fenómeno mucho más íntimo en que todos los seres humanos coincidimos, donde todos estamos ligados al drama de la vida misma. Al iniciarme en esa tendencia, por mi desconocimiento de la materia pictórica, por más que yo trataba de que mis cuadros tuvieran alas, estaban plantados en la tierra sin poderse mover.”

Después de un viaje al sureste, Cordelia sintió necesidad de volver a las fuentes, de mirar lo antiguo mesoamericano.

“¡La sorprendente antigüedad! El misterio en la sencillez de las formas sólidas. No hay nada más moderno que lo arcaico. Por ahí he buscado, aunque me sentía muy alejada de lo indígena posiblemente por herencia. Mi padre me había enseñado a amar lo griego, no lo maya. Pero no me sentía ligada a lo griego, me gustaban las cosas más abstractas y más simples. Mi problema era lograr el volumen interior de las figuras. Expresar nuestras coincidencias ante el misterio de la vida y de la muerte. Esto se hace necesario en nuestra época en que tantas cosas se han derrumbado, en que la angustia es general. Yo siento que sí participo en este mundo que está en crisis.”

Le hice notar a Cordelia que ya para 1970 su cercanía con la estética de Tamayo había desaparecido. Ella lo aceptó:

“Tamayo está dentro de la belleza y yo me he salido de ella.”

Pese a su indudable interés por los acontecimientos de su presente, Cordelia cultivó un arte no realista. El lema que eligió cuando el quebranto de su salud era cada vez mayor fue “el arte exige fidelidad, yo le soy fiel.”

Con quince grandes telas expuestas en diciembre de 1980 en la Galería de Arte Mexicano, Cordelia demostró que el petróleo le preocupaba. Pocos eran los elementos extrapictóricos que ella ponía a disposición de los espectadores. Esos elementos eran: el nombre de la exposición, los títulos de las pinturas, una fotografía impresa en el catálogo, donde ella aparecía con gabardina y bolsa al hombro, de espaldas, mirando un trozo de naturaleza contaminada, agredida, ensuciada, desnaturalizada por la expropiación petrolera. Oro negro, el nombre de la exposición, rubricaba la idea de riqueza, una riqueza cuya sola aparición desata combates del hombre con el medio y de los hombres entre sí. Pero ni paisajes ni personas estaban en los cuadros. Segmentos de tuberías, herramientas, plataformas, torres, eran los elementos de concretos por medio de los cuales se hacía una referencia tangencial a la compleja batalla de los energéticos.

No había en los quince cuadros alusiones a la OPEP, a la guerra de Irán, a la nueva imagen de México a partir de la explotación de nuevos e importantes yacimientos. Dentro de un figurativismo escueto, con fuertes reminiscencias del expresionismo abstracto, establecía alegorías austeramente referenciales. Los colores y las luces jugaban en todo momento un papel contradictorio: positivo-negativo, destrucción-construcción, degradación-esplendor. Los títulos inducían a una determinada interpretación: Guerrero, Succión, Espías, Formas ascendentes, Amenaza, Derrumbe, Antagonismo, Combatientes, Campos magnéticos, Serpiente, Fortaleza marina.

Una vez más quise conocer sus motivaciones y ella me respondió:

“Enfoqué el asunto del petróleo como una especie de batalla, de combate. Me movió el hecho de que en este tiempo lo más importante gira alrededor de los energéticos, y de que a causa de ellos hay una lucha bastante clara y otra bastante obscura. He tratado de expresar seriamente, con mi propia sensibilidad, lo bueno y lo malo del petróleo, la riqueza que produce y el peligro que entraña. Yo he vuelto la cara hacia el petróleo.”

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