Arte: Los fuegos de González Gortázar

Resumen del fuego, en el MAM. Foto: Conaculta
Resumen del fuego, en el MAM.
Foto: Conaculta

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Después de presentarse, en noviembre de 2013, como la muestra inaugural de las nuevas instalaciones del Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara, la exposición Fernando González Gortázar: Resumen del Fuego, llega al Museo de Arte Moderno (MAM) de la Ciudad de México notoriamente disminuida en el número de piezas.

Curada por Eugenia Macías con base en una idea original de Daniel Garza Usabiaga –ambos excomisarios del MAM–, la exhibición no logra narrar la atrevida y humanista complejidad que caracteriza la práctica y actitud artística del protagonista. Sustentada en una confusa interpretación formalista que trata de dividir lo indivisible, el diseño curatorial clasifica la trayectoria de 48 años del artista en seis núcleos temáticos correspondientes a: huecos y anomalías azarosas, indagaciones formales, prehistoria geométrica y experimentos posteriores, arquitectura pública y privada, monumentos penetrables y proyectos desde sí mismos.

Riguroso –y también utópico– en su pensamiento artístico, González Gortázar no separa la exploración formal del contenido simbólico e impacto estético de sus obras. Ubicada en los límites entre la arquitectura, el arte urbano, la escultura, el paisajismo, el activismo cultural y la teoría del arte, su obra se compone de proyectos realizados y esbozados que, por su contenido, son igualmente relevantes. Congruente con su idea de que el arte es una promesa de felicidad y que para transmutar una obra en arte es necesario crear realidades distintas a partir de la ruptura de esquemas establecidos, el artista ha desarrollado intervenciones monumentales que vinculan la voluptuosidad, el movimiento, la sorpresa, el juego y el entorno natural.

Perteneciente al ámbito cultural tapatío aun cuando nació en la Ciudad de México en 1942, González Gortázar ha rebasado las convenciones desde su espléndido proyecto de tesis que presentó en 1966 para obtener el título de arquitecto en la Universidad de Guadalajara: un Monumento Nacional a la Independencia que antecede los laberínticos volúmenes de Richard Serra.

Lúdica, atrevida, pero también tensa y silenciosa, su escultura de pequeño, mediano y gran formato ha fusionado composiciones geométricas con formas orgánicas en las que la textura y cromatismo del material aporta alegría, sacralidad o una descarada insolencia que se percibe principalmente a partir de la década de los años noventa. Realizadas en metal, piedra o vidrio, las piezas manifiestan una extraña monumentalidad que rebasa su tamaño y que, en muchas de ellas, remite a la estética de la arquitectura prehispánica.

Aun cuando la muestra del MAM incorpora obra realizada en la última década –como los atractivos relieves de objetos y residuos metálicos encontrados o las recientes figuras geométricas de estética animista realizadas con cuernos de venado–, carece tanto de piezas monumentales como de una narrativa analítica que rebase la exposición que presentó el Museo Tamayo en 1999. Emplazada con un diseño museográfico que no logra comunicar la monumentalidad del fuego creativo y pasional de González Gortázar, la muestra podría haberse enriquecido con piezas como el enorme cubo que está fuera del Museo Tamayo o la divertida silla para ver desfiles y marchas que ha transitado por varias zonas de la avenida Reforma.

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