Un promisorio caso de menosprecio


MÉXICO, D.F. (Proceso).- A lo largo de todo este 2014 habría de conmemorarse el 150 aniversario del natalicio del compositor duranguense Ricardo Rafael de la Santísima Trinidad Castro Herrera (1864-1907), no obstante, los esfuerzos institucionales no serán suficientes para situarlo en la dimensión que le corresponde por derecho propio, y nos referimos a su labor como uno de los impulsores de la música sinfónica mexicana. Bastaría con ello para tener el sitial de honor que no se le ha dado, aunque sobre éste se hayan acumulado informaciones contradictorias. Por ejemplo, en fechas recientes volvió a montarse su ópera Atzimba del 1900[1], de la que se ha escrito que es el primer melodrama sobre un tema nacional y aquí encontramos un dato falaz que refleja el desconocimiento que campea en nuestra realidad patria: a la obra escénica de Castro, sin restarle sus méritos, no le corresponde ese primado. Éste tendría que atribuírsele, y tampoco tenemos certeza absoluta, a la ópera sobre Cuauhtémoc colegida por Aniceto Ortega (1825-1875) sobre la novela homónima[2] de la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814-1873) que se estrenó casi tres décadas atrás, es decir, en 1871.[3]

Empero, como ya anotábamos, si Castro no es el promotor inicial de la corriente melodramática nacionalista, sí lo es en cuanto a la música de grandes formatos. De su autoría son de citarse los primeros ejemplos de conciertos para solista y orquesta (los conciertos para piano y para violonchelo que estrenó en Bélgica en 1904), quizá uno de los primeros ejemplos de poema sinfónico (con su poema sinfónico juvenil Oithona op. 55 del 1885) y la primera sinfonía de que se tenga noticia en territorio nacional (la sinfonía en do menor finalizada en 1883).[4] De esta última también se ha escrito erróneamente que es la primera sinfonía continental, puesto que hay ejemplos previos como los del estadunidense William Henry Fry (1813-1864) que fueron compuestos a mediados del siglo XIX y que están apenas emergiendo a la luz.

Lo consabido del caso Castro, y por añadidura tristemente común, es que una parte considerable de su obra ‒y aquí habría que referirse sobre todo al resto de sus óperas‒[5] se extravió por incuria y desdén y que aquella para piano solo se desconoce prácticamente en su totalidad; acaso pueda eximirse a su Vals Capricho op. 1 que, igualmente hay que asentarlo, sólo es reconocido por una creciente minoría. No han importado los logros como pianista y compositor del músico duranguense fuera de México (se presentó con éxito en las principales capitales de la música de Europa ‒París, Bruselas, Berlín, Leipzig, Londres, Roma y Milán entre ellas‒ y realizó una gira por varias ciudades de la Unión Americana ‒New Orleans, Washington, Boston, Chicago, Philadelphia, y New York), ni sus denodados esfuerzos para impulsar la educación y la cultura musical en México (creó en el D. F. junto a otros colegas distinguidos el Instituto Musical Campa Hernández Acevedo, fue fundador de la Sociedad Anónima de Conciertos, de la Sociedad Filarmónica Mexicana y fungió ‒en los once meses previos a su fallecimiento‒ como director del Conservatorio Nacional) para que su figura se enmarque en aquella de los ilustres desconocidos.

Ante tal desfiguro, tan recurrente como atroz, Estro Armónico se atrevió a realizar un experimento cuyos resultados sería necesario divulgar: Por una azarosa costumbre, el titular de la columna frecuentaba un Restaurante situado en la calle Ricardo Castro de la Colonia Guadalupe Inn de la ciudad de México encarándose siempre con las escenas cotidianas del absurdo. Los comensales ingerían sus alimentos abstraídos del mundo gracias a las pantallas de televisión que los cosificaban y rellenaban de basura. Entre los balazos de una película gringa o las escenas sangrientas de los noticieros no había a cual apostarle. Dada la familiaridad con la dueña del local se aprovechó del elogio de un platillo muy sabroso para lanzar la propuesta. ¿Oiga usted, no le parece que hay un contrasentido en la calidad de su comida frente al despropósito de lo que sus clientes ven y escuchan mientras comen?… “Sí, a mí tampoco me gusta comer frente a la televisión pero la gente está acostumbrada a eso y no hay manera de defraudarla”, fue su respuesta. Se apuntaló la idea comparando la ingesta de algún olor desagradable, tipo cloaca o amoniaco como contraparte invisible de lo que se escucha, frente a la aspiración de algún perfume o fragancia que incitara las glándulas salivales.

Abierto el diálogo fue consecuente preguntarle si sabía quién era el hombre de su calle y si tendría interés en conocer algo de su obra. Una vez más la contestación era previsible: “Sólo sé que es un músico pero no conozco ninguna de sus “canciones”…” ¿Qué tal entonces si hacemos un trato que usted podrá evaluar con todo el cuidado que le parezca?… Ante el sí de la dama, se propuso obsequiarle un disco compacto con música del personaje en cuestión, amén de explicarle dónde radicaba su importancia en la historia de la música mexicana, para que, superada la prueba de su aceptación procediera a administrársela a la clientela durante los turnos de comidas.

Se entregó el disco compacto y unos días después la señora comentó con exaltada llaneza: “Oiga, ¡qué bonita música es la de Castro! Yo no tenía idea de que así pudiera sonar. Qué triste es que no se conozca y que por todos lados escuchemos música extranjera…” Para acrecentar su entusiasmo se puso énfasis en que la buena música tenía efectos positivos para la digestión ‒el género de la “música de mesa” fue muy cultivado en los siglos XVI y XVII‒ pero, sobre todo, en el hecho de que también debía ser una parte importante de la oferta gastronómica del establecimiento. (Si los buenos restaurantes argentinos se valen del tango para acompañar sus carnes, ¿por qué no había, más allá del mariachi y de los boleros y canciones vernáculas, de buscarse algo similar entre nosotros?) Ante la anuencia se estableció que se haría la prueba de cancelar por unos días los contenidos televisivos sustituyéndolos por la escucha de las obras de Castro contenidas en el disco.[6] Antes de darle luz verde al experimento, si insistió, en que junto con la audición de la música era imperativo acompañarla de la información pertinente. Alguna que versara sobre el orgullo de estar degustando la música del autor cuyo nombre no ocupa nada más el letrero de unas cuantas calles de la colonia.

Transcurrido un tiempo razonable, la nueva visita al restaurante aportó los siguientes datos, mismos que hablan por sí solos y que fungen como avales de la relevancia del pequeño experimento: Al principio muchos de los clientes habituales se sintieron huérfanos de ruido pero las armonías de Castro, lograron gratamente su cometido. En las mesas se mejoró el diálogo interpersonal y también se notó una mejoría en los modales, tanto de meseros como de público. A muchos de los asistentes les llamó la atención saber que lo que escuchaban era música del personaje de los letreros y unos cuantos quisieron saber si el cd estaba a la venta. Al cabo de una semana se corrió la voz de que en el local se comía muy bien y en un ambiente muy agradable y, a ojos vistas, el número de clientes se incrementó. Asimismo, fue perceptible cómo al término de la estadía la clientela salía del lugar con un semblante más relajado y con una sensación de haber comido mejor de lo habitual…

Y con esto se insiste en dejar de lado durante las sacras horas de los alimentos las prescindibles pantallas de TV que, con pocas excepciones, no hacen otra cosa que propiciar indigestiones a granel. La música de Castro ‒la de las pequeñas piezas para piano en particular‒ es un sustituto inmejorable. ¡Buen provecho!

 


[1] Con una reconstrucción del Segundo Acto realizada por Arturo Márquez (1950), ya que esa porción de la partitura se da por perdida. Presuntamente apareció el manuscrito íntegro poco antes de los montajes apenas realizados, pero a las autoridades competentes les pareció que no era el caso de desestimar el trabajo encomendado a Márquez…(Lo anterior lo sostiene Emilio Díaz Cervantes, el principal biógrafo de Castro, quien reside en Durango)

[2] Se publicó en Madrid en 1846 bajo el título Guatimozin, el último emperador de Méjico.

[3] De esta emblemática obra sobreviven también retazos de copias y se ignora el paradero de su manuscrito original.

[4] En el siglo XVIII se escribieron en México sinfonías, mas no este el caso de la forma orquestal que conocemos, sino la del título que llevaban entonces los preludios u oberturas de las óperas.

[5] Se supo de la existencia de otras cuatro, Don Juan de Austria, Satán vencido, El beso de Rousalka y La Leyenda de Rudel, esta última con algunos trozos sobrevivientes.

[6] Se recomienda la audición de algunas obras para piano de Ricardo Castro escogidas exprofeso para la ocasión. Saboréelas pulsando las ventanas de audio correspondientes y, sí las elige, “Buen apetito” Audio 1: Ricardo Castro: Vals Caressante. (Gustavo Rivero Weber, piano. RADUGA, 1992). Audio 2: Ricardo Castro: Berceuse. (Gustavo Rivero Weber, piano. RADUGA, 1992). Audio 3: Ricardo Castro: Appassionato de los Trois Pensées Musicales Op. 8. (Silvia Navarrete, piano. UNAM, INBAL, 2008)

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