“Mafia de políticos y narcos”

Texto publicado originalmente el 26 de junio de 1989 en el diario El Universal. Forma parte del libro Palabra de Clouthier (Andraval Ediciones) que será presentado el jueves 30 en la Ciudad de México.

 

Pienso que uno de los problemas centrales de nuestra sociedad es la producción, tráfico y consumo de estupefacientes. Este nefasto negocio que corrompe y destruye todo lo que toca, está ya muy arraigado en mi Sinaloa y en nuestro querido México. Por supuesto que nada, absolutamente nada de bueno deja en la sociedad a la que destroza de diversas maneras: afecta al mermar las mentes y voluntades de quienes la usan, creando subhombres carentes de confianza en sí mismos y en los demás; mina la sociedad al enseñar que es posible enriquecer con rapidez y sin esfuerzo, impunemente y faltando a la moral; el dinero mal habido jamás ha creado riqueza y desarrollo, lo único que produce es corrupción y odio, destrucción y suicidio; la juventud que tiende a emular y crear sus propios héroes acaba pensando que Caro Quintero y Félix Gallardo son patrones que vale la pena imitar.

Soy de los que piensan que la tremenda demanda de drogas del rico país de Norteamérica en mucho influye (negativamente) para que seamos sus mayores abastecedores: 8 millones de libras de mariguana cruzan anualmente la frontera; México provee más de la mitad de heroína que Estados Unidos consume; más de 35% de la que se consume en ese país cruza en 5 mil aviones que aterrizan en las más de 2 mil 500 pistas clandestinas de México.

Sin embargo, la insaciable demanda de drogas por el vecino del norte (de 4 mil millones de dólares) no justifica el que México sea el gran abastecedor, debido a la corrupción que facilita el nefasto negocio, del cual ya no sólo somos proveedores, sino consumidores.

La corrupción es algo inherente a los sistemas políticos antidemocráticos. Con lo anterior no quiero decir que en la democracia no exista la corrupción. Simplemente asevero que este sistema –la democracia– se finca en el balance del poder que hace que unos ciudadanos le cuiden las manos a otros. En otras palabras, el mejor antídoto de una sociedad contra la corrupción del narcotráfico es la democracia.

Se presume que México gasta más de la mitad de su presupuesto destinado al combate de la delincuencia, y casi la cuarta parte del tiempo del Ejército en la lucha contra el narco y, no obstante, según fuentes del gobierno estadunidense, cerca de 10 mil personas, entre policías, judiciales, jueces, militares, etcétera, están en la nómina de los narcotraficantes. Con dinero y armas, corrupción y temor, las tres o cuatro docenas de familias que rigen el mundo del nefasto negocio se han comprado la voluntad de pobres campesinos que, carentes de ayuda subsidiaria, así como de incentivos a la producción agropecuaria, se venden por hambre y desesperación al mejor postor. Todo esto ocurre ante la vista de un gobierno que ha sido incapaz de desatar la energía creadora del campesinado mexicano, del que 75% gana menos del salario mínimo.

La liga entre los padrinos de la mafia, del narco mexicano y los políticos, ya es bien sabida. Veamos cómo se habla de la conexión de Zorrilla (asesino de Buendía), político priista, y los narcotraficantes. Otro tanto ocurre con los nexos del Negro Durazo, otro distinguido miembro de la familia priista, y los capos de la mafia. Los nombres de varios exgobernadores y generales del Ejército se mencionan constantemente como inmiscuidos y cómplices de los narcos. La “Operación Manitas” para el fraude electoral que llevó a Colosio, presidente del PRI, a la senaduría de Sonora, fue descubierta al apresar al jefe de la policía de Hermosillo, que estuvo bajo las órdenes del Calolo Robles Loustaunau y se dice existen denuncias en su contra en Arizona por tener nexos con el narcotraficante Figueroa. La pregunta que todo mexicano bien nacido que desea una patria mejor debe hacerse es: ¿cómo se hará más efectivo el combate al narco? ¿Con el PRI o dentro de la democracia?

Por mi parte, pienso que la corrupción y los narcos caminan de la mano y florecen en sociedades no democráticas. Los balances del poder y los frenos y contrapesos de las sociedades con democracia detienen la degradación y las lacras sociales, por lo cual deseo mencionar algunas cosas de carácter práctico que pueden implementarse en nuestro país para ayudar a impedir la degradante actividad.

Desde mi punto de vista, las aspersiones en avión o helicóptero con herbicidas que destruyen la yerba y evitan el contacto directo de policías con los productores fueron muy efectivas debido a que no permitieron la “mordida”. Asimismo, una buena medida de control en el tránsito de la cocaína que viene de América del Sur sería destruir, aunque sólo fuese con una zanja, los campos aéreos clandestinos que hay en el país. Pienso, además, que México debería autorizar más agentes de la DEA que estuvieran registrados en nuestro país para combatir a los narcos.

No debemos olvidar que el campesino mexicano le entra al negocio por hambre. Estímulos a la producción y hacer cosas que dignifiquen al campesino mexicano, como lo hemos señalado en el gabinete alternativo del PAN, serán la solución real al problema. Además, el pueblo mexicano debería organizarse en estructuras intermedias (comités de vecinos, clubes, etcétera) que mantuvieran algún tipo de colaboración y vigilancia, sobre todo en el combate al narcotráfico.

En México existen cinco o seis (quizá más) corporaciones policiacas que tienen a su cargo el combate al narcotráfico. Como en muchas otras actividades del país, debería haber una corporación o cabeza única responsable de lo que se hace en esta área. Por otro lado, Estados Unidos debería utilizar los medios de comunicación, toda la vertebración social que poseen, sus mejores cerebros (think tank) y todos sus vastos recursos para combatir el consumo y abatir el uso de drogas.

Termino haciendo mención de que en octubre de 1986 el Congreso de EU pasó el Anti-Drug Abuse Act (Decreto contra el Abuso de Drogas), que especifica que ese país no prestará ayuda y votará en contra de los préstamos que se otorgan a naciones que no cooperen en la lucha contra el narco. Tal vez otro tanto pudiera hacerse con los países que deliberadamente entorpecen el avance democratizador, que es el mejor antídoto contra el narcotráfico y los que caen en sus garras y en la desesperación del subsdesarrollo.  l

 

 

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