Hugo Hiriart y su Premio Nacional

Hugo Hiriart, Carlos Montemayor y José Luis Rivas recibieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2009 en el campo de Lingüística y Literatura, en una ceremonia amordazada donde faltaron las palabras. Diez minutos antes de iniciarse el evento se solicitó al músico Arturo Márquez para que hablara, improvisadamente, en nombre de sus compañeros. Y él bien dijo: “mi palabra es realmente la orquesta, las notas musicales, la música”. Así quedó acallada cualquier posibilidad de libertad de expresión, que ya antes había sido tratada de controlar cuando se le pedía al orador conocer previamente su discurso.

Hoy ni discurso hubo. Los galardonados tuvieron que recurrir a otros medios, como el periódico La Jornada, donde Carlos Paul entrevistó a Hugo Hiriart y Carlos Montemayor escribió su artículo Discurso no requerido.

Grave es la censura que actualmente ejercen las autoridades en nuestra sociedad, operando a través de formas sutiles, premeditadas y devastadoras. No solamente se bloquean las palabras a través de un discurso, sino que a la cultura se le da carpetazo, reduciéndole los recursos, manteniendo una burocracia y eliminando programas y proyectos culturales. Los espacios teatrales operan con un presupuesto mísero, los grupos independientes financian las obras con sus bolsillos, y autores y directores hacen fila para ver si algún día montan sus obras.

Los teatristas nos las estamos viendo negras sin una ley que nos proteja, sin una representante que luche por mejorar las condiciones de la vida cultural y no se vanaglorie de subejercer el presupuesto para la cultura. Teatro se sigue haciendo, pero de qué manera.

Desconocemos las razones por las que Hugo Hiriart ha dejado de hacer teatro. Escribe, sigue escribiendo ensayos brillantes, cuentos, libros, pero poco teatro. Hace dos años Daniel Giménez Cacho dirigió su obra Rosete se pronuncia, y se siguen representando continuamente muchas de sus obras escritas en los ochenta; Luis Martín Solís estrenó este año Minotastás y su familia; en el Isabela Corona hicieron un montaje de La Ginecomaquia; hace tiempo, Claudia Cabrera dirigió Simulacros en el Teatro Casa de la Paz, y antes Iona Weissberg, en el Teatro Helénico, Intimidad. Sus piezas no han perdido vigencia y se mantienen vivas en los escenarios, pero de su taller El Teatro y sus Artefactos, fundado en 1981 con Juan José Barreiro, sólo quedan sus enseñanzas y sus aportaciones innovadoras para el teatro de títeres y muñecos.

Hugo Hiriart ha sido un personaje significativo para el teatro, además de su incidencia como filósofo, ensayista y novelista de gran envergadura. En el teatro abrió brecha para la inclusión de artefactos y muñecos en la puesta en escena. Su imaginación tuvo los medios técnicos y creativos para mostrarnos en los ochenta, en los teatros de la UNAM, trabajos polémicos y juguetones, como Minotastás y su familia, Hécuba la perra y Mecano o Tablero de las pasiones de juguete. En esta misma década escribió y presentó Ámbar, Pinocho y la luna y Camile o historia de la escultura de Rodin. En los noventa escribió La representación o los peligros del juego y Cloratio Demoniax, que tuvo una larga temporada en diversos teatros.

Su capacidad de fabular, de crear mundos, de proponer resoluciones escénicas ha podido constatarse a lo largo de su trabajo dramatúrgico que, aunque irregular, siempre ha sido propositivo. Algunas de sus novelas, como Galaor (Premio Xavier Villaurrutia 1972), fueron también llevadas al escenario, y Vivir y beber (editada por Océano) fue utilizada en los tratamientos para Alcohólicos Anónimos.

Nos alegramos de que la labor narrativa de Hugo Hiriart haya sido reconocida con este premio, y nos preocupamos porque la ley mordaza, manifiesta en la ceremonia, esté tomando formas oscuras para mantener a un país en la ignorancia, privándolo del disfrute teatral y artístico que alimenta nuestra identidad y nuestra formación como mejores seres humanos.

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