Aranda Ochoa y la tradición de la literatura carcelaria

Una cárcel mexicana Foto: Especial Una cárcel mexicana Foto: Especial

MÉXICO, D.F., 2 de agosto (Proceso).- Desde hace 10 años Enrique Aranda Ochoa es la principal figura cultural masculina de los reclusorios del Distrito Federal, mórbido inframundo carcelario que, como un horno a fuego lento, actualmente consume a 40 mil internos llenos de historias acuñadas por la ironía y el absurdo: gana premios, fomenta la lectura a partir de Libro-Clubes, imparte clases, pero sobre todo, escribe y reflexiona alrededor de un subgénero que ha titulado “literatura canera”.

“Una apreciable cantidad de nuestra mejor poesía y prosa, por sólo hablar de la lengua castellana, se ha incubado y escrito en las celdas del presidio: El Arcipreste de Hita, el siglo de oro con Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Francisco de Quevedo y Cervantes. Hasta nuestras tierras latinoamericanas, que han sido pródigas en escritores que transitaron por la prisión como por una asignatura obligada”, subraya este singular escritor que, en la última década, se ha convertido en el referente de los concursos nacionales de cuento José Revueltas y de poesía Salvador Díaz Mirón, convocados por el INBA, el Conaculta y la Secretaría de Seguridad Pública.

Ha publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica y escrito seis libros, entre ellos una novela histórica inédita sobre la guerra sucia de los años setenta, la cual estaba prologando Carlos Montemayor antes de fallecer.

Sarcástico, oscuro, Enrique Aranda dibuja en Cuentos fieros –libro aún sin editar– atmósferas barrocas e hiperrealistas en algún patio del Preventivo Norte o en una celda de aislamiento en el Reclusorio Sur; ficciones descritas en primera persona por un perro que subraya la bestialidad humana:

“Llevamos más tiempo en este planeta que el primate armado, lo que nos obliga a ser más objetivos y entendidos de lo que él supone. Aunque, contradiciéndose implícitamente, incluso nos han confiado la misión más trascendente que pueda concebirse: la de guiarle en su descarnado tránsito a la tiniebla final.”

Cultivada en 14 años de cautiverio, a manera de “Memorial del inframundo”, la literatura canera muestra la agonía de vivir estrangulado por la micropolítica de la violencia y la injusticia de las leyes mexicanas.

“Recibo a los infelices que llegan desde que mi amo me abandonó aquí. Cuando les veo la jeta por vez primera sufro apremiantes ganas de carcajearme a mandíbula batiente, lo que se vería muy mal en mí, por lo que termino conteniéndome. Tengo, claro está, mis rincones favoritos donde, al abrigo de las lelas (como por aquí les dicen a los mirones), me desfogo a mis anchas, lo que no es tan fácil en este lugar con tanto desgraciado errando de la mañana a la noche, jornada tras jornada paseando su desventura.”

Ganarse el respeto en la cárcel no es fácil, pero Enrique Aranda hace valer su condición de Profe, le llaman los famélicos seres de pieles tatuadas y rasgadas por filosas armas. En los pasillos del reclusorio el Profe avanza con naturalidad, dialoga con la siempre malencarada custodia, y platica de sus múltiples actividades como si paseara por Ciudad Universitaria. 

 

La novela del secuestro

 

Una kafkiana mañana de junio de 1996, Enrique Aranda Ochoa y su hermano menor Adrián amanecen como bichos en medio de una nube de flashes, cámaras y grabadoras. Los acusan del secuestro de Judith Gómez del Campo y de Lorena Pérez Jácome F., hija del entonces vocero de la presidencia de Ernesto Zedillo (nombrado el mismo día de la aprehensión, más de medio año después de que hubiese sucedido el secuestro). El caso conmocionó a la opinión pública por el peso político de las secuestradas y por la personalidad admirable de los supuestos plagiarios.

Hijos de un padre militar ejemplar, el mayor, Enrique, era profesor de psicología en la Universidad Iberoamericana, con maestría en literatura y presidente del Colegio de Psicólogos de México A.C.; Adrián, el menor, era contador público de una importante cervecera.

En un proceso plagado de irregularidades, a decir de Alfonso García Castillo, abogado del Centro de Derechos Humanos Fray Francisco de Vitoria, encargado de redactar la denuncia ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, los hermanos Aranda Ochoa recibieron una pena de 57 años, condena que se ha desmoronado en los tribunales debido a las inconsistencias jurídicas, hasta quedar en una pena de 24 años.

De entrada, su confesión se firmó bajo tortura, fueron exhibidos como culpables sin que mediara juicio, hubo una supuesta identificación en un lugar en donde no estaban, y “las pruebas para fincar una responsabilidad penal son insuficientes, hubo grabaciones de audio y en video en la averiguación que desaparecieron cuando ellos fueron detenidos”, apunta.

Enrique sospechó siempre que su detención se debió a sus actividades políticas en distintos foros públicos, por solidarizarse con causas sociales, como la zapatista, y por participar como activista contra el Tratado de Libre Comercio.

El caso también fue denunciado por Amnistía Internacional en su informe de 2003: Juicios injustos: tortura en la administración de justicia (Índice AI: AMR 41/007/2003/); el presidente del PEN Club, Eugene Schoulgin, los visitó en 2006; también Lawyer’s Committee for Human Rights los defiende, y la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal emitió la recomendación 12/02 por tortura y violación a sus garantías jurídicas.

 

Literatura canera

 

La breve entrevista ocurre en el patio del Dormitorio 1 en el que transitan los internos en la visita familiar, donde el aire se contamina de sabores de comida casera y el jardín se convierte en kermés.

Literatura y prisión es en este caso una ecuación que parece reconvertir el tiempo en un espacio sagrado, donde la lectura y escritura se transforman en una rutina monástica capaz de liberar.

“El ejercicio de las letras es, ciertamente, misterioso. Hacerlo en prisión es hacerlo bajo presión, con restricciones, hacinamiento y adversidades, pero también es el fructificar las semillas de palabras del subsuelo en imágenes arborescentes desde donde se echen a volar los pájaros de la imaginación”, dice el escritor.

En el recorrido histórico que realiza, a manera de compilación, sobre lo que llama “literatura canera”, comienzan a aparecer obras fundamentales de nuestras letras:

 

• Joaquín Fernández de Lizardi, “quien inaugura el género carcelario con su Periquillo Sarniento”.

• Vicente Riva Palacio, que en la prisión de Tlatelolco rescata las primeras leyendas coloniales.

• Manuel Flores, máximo representante de nuestro romanticismo.

• Salvador Díaz Mirón, que estuvo dos veces preso.

• Juan de la Cabada, Carlos Pellicer, José Revueltas…

 

–¿Qué características tiene la literatura canera?

–Lo más rescatable es el lenguaje, dinámico e irreverente, que da una perspectiva enriquecedora de lo oscuro y lo marginal, está vivo y conectado con una realidad lacerante. Víctor Hugo decía que el lenguaje de la cárcel iba adelante de los hechos porque se metamorfoseaba en las nuevas situaciones. Y, curiosamente, los que hacen avanzarlo son los réprobos, los que ya no tienen nada que perder.

–¿Qué piensa de la situación carcelaria actual? 

–Que es una olla de presión sin válvulas de escape. No hay una efectiva despresurización y no habrá cárceles suficientes para evitar el creciente hacinamiento explosivo. Por ejemplo, pese a que ya existe la posibilidad de pagar simultáneamente sentencias de ambos fueros, cuando son conexos y proceden de un mismo hecho, la Primera Sala de la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió una “aclaración” de tesis extemporánea (en 2008) que contradice abiertamente la reforma del artículo 64 que hizo el Poder Legislativo, anulando y sumiendo en la desmoralización extrema a quienes han demostrado haberse convertido en mejores personas que las que entraron, pues las hay. Los jueces deberían conocer cierta tradición literaria que exalta las vivencias místicas y transformadoras en el submundo.

–¿Es usted culpable?

–Cualquier cosa de las que nos atribuyen (suponiendo sin conceder), la habríamos ya pagado con creces con el cúmulo de lo vivido aquí. No quiero, quedándome más tiempo, convertirme en el rulfiano “rencor vivo” de Pedro Páramo, sino por el contrario, reconstituir lazos afectivos, que son los que humanizan con plenitud. Permíteme terminar con una cita del Paz de ¿Águila o sol?: “Y por todo lo que no hago y por todo lo que nos hacen, no pido perdón (…) Su piedad es tan abyecta como su justicia. ¿Soy inocente? Soy culpable. ¿Soy culpable? Soy inocente”.

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