El estandarte de Hidalgo no existió: Jacinto Barrera

MÉXICO, D.F., 16 de julio (apro).- El mito y la realidad se mezclan cuando de relatar sucesos épicos se trata. De esta manera, las narraciones sobre el inicio de la independencia señalan, generalmente, que en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo tomó de su parroquia, en Dolores, el estandarte con la imagen de la virgen de Guadalupe, con la que arengó a la gente.

Otra historia, en ese sentido, asegura que el llamado “padre de la patria” tomó el estandarte del Santuario de Jesús de Nazareno, construido en Atotonilco en el siglo XVIII, y que al pasar por ahí la muchedumbre lo seguía enardecida.

Sin embargo, el historiador Jacinto Barrera Bassols asegura que el famoso estandarte de Hidalgo “no existió, fue un invento de Manuel Abad y Queipo, arzobispo de Michoacán, con el fin de acusar al cura de Dolores de fautoría (utilizar los símbolos religiosos con objetivos deleznables), que era uno de los delitos eclesiásticos más castigados”.

Para esclarecer estos sucesos, el investigador de la Dirección de Estudios Históricos (DEH) del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) realizó una larga investigación, en la que recopiló y analizó documentación histórica y cuyo resultado es el libro Pesquisa sobre un estandarte. Historia de una pieza de museo, editado por el instituto en 1995 y que ahora se reedita.

De acuerdo con el INAH, en el Museo Nacional de Historia del Castillo de Chapultepec se resguardan dos piezas. Una de ellas es una pintura al óleo con la imagen de la Guadalupana, cuya cédula informa: “El estandarte de la Virgen de Guadalupe. Enarbolado por Miguel Hidalgo y Costilla el 16 de septiembre de 1810 en la iglesia de Atotonilco, actual estado de Guanajuato”. La otra es “Estandarte utilizado por las fuerzas insurgentes entre 1810 y 1813”.

Autor también de El caso Villavicencio: Violencia y poder en el porfiriato, Barrera Bassols explica, de acuerdo con información proporcionada por el INAH, que ambas piezas se han confundido a lo largo de la historia, pero el primero es un óleo y el segundo sí es un blasón, es decir una insignia o escudo.

Y señala que el óleo de la virgen fue realizado en 1805 por Andrés López, pintor facultativo de la Academia de San Carlos.

“Éste y otros cuadros al óleo que de la Guadalupana efectuó Andrés López se consideraban ‘tocados’, en virtud de que dicho artista tuvo entre sus manos el famoso ayate de la Virgen del Tepeyac. Esto se debió a un experimento promovido por el bachiller Bartolache en el siglo XVIII, a fin de constatar si mano humana habría pintado tal ayate. Obviamente, el fallo fue en contra.

“Lo cierto es que con el paso del tiempo, esta pintura (…)  se convirtió en una pieza trashumante y en motivo de análisis por parte de historiadores y pintores, entre ellos Lucas Alamán y José María Velasco, además de tener un interés político para los gobernantes. Agustín de Iturbide fue el primero en intentar entregarla directamente a la Villa de Guadalupe, no obstante, fue Antonio López de Santa Anna quien cumplió ese cometido de darla a la Colegiata.”

Pero en opinión de Barrera Bassols, el estandarte no existió. Y relata que en el edicto de excomunión contra Miguel Hidalgo, el arzobispo de Michoacán, Abad y Queipo, asentó: “Insultando a nuestra religión y a nuestro soberano D. Fernando VII, (Hidalgo) pintó en un estandarte la imagen de nuestra augusta patrona Nuestra Señora de Guadalupe, y le puso la inscripción siguiente: ‘Viva la Religión, viva Nuestra Madre Santísima de Guadalupe, Viva Fernando VII, Viva La América y muera el mal gobierno’”.

El investigador retoma también relatos de los mismos insurgentes, así como de gente que estuvo en Atotonilco el 16 de septiembre de 1810, y que señalan cómo la toma de la imagen de la virgen fue fortuita, sin premeditación, y que no fue Hidalgo el que la tomó sino “un ranchero” de la multitud que “enseguida la puso en un asta de un tendedero de ropa”.

Detalla que “incluso Allende e Hidalgo intentaron recoger la imagen, pero ante el clamor de la gente decidieron regresar a la casa del santuario de Atotonilco, donde poco antes habían estado tomando chocolate junto con Aldama, Abasolo y otros insurgentes”.

Barrera Bassols también cuenta que la autenticidad del estandarte se ha estudiado en varias etapas de la historia nacional, pero que los intereses políticos han estado en medio.

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