Frida en la Alemania que la mitificó

BERLÍN, 3 de mayo (Proceso).- Ahora, frente a la realidad de la mayor muestra jamás montada sobre la pintora mexicana en Europa –abierta el 30 de abril–, y de la mano de la curadora del Martin Gropius Bau de Berlín, se busca ir más allá de su mitificación. En un país donde la melancolía y la depresión son una enfermedad, señala, la identificación con Frida Kahlo ya rebasa el símbolo feminista: hay en su obra dolor y amor al mismo tiempo, soledad y deseos de comunicación… ¡y humor!

El cuadro se llama Autorretrato con collar de espinas y colibrí. Frida Kahlo lo pintó en 1940 (el mismo año que Las dos Fridas). Está expuesto en la sala más importante de las 10 que el centro de exposiciones Martin Gropius Bau le dedica a la artista mexicana. También se reproduce en la portada del catálogo y en el cartel publicitario que anuncia la retrospectiva a lo largo y a lo ancho de esta ciudad.

Dice la curadora Helga Prignitz-Poda:

“Es seguramente un tesoro especial que hemos conseguido desde Texas. No siempre ha sido prestado. Es espectacular.”

“¿Qué ve usted ahí?”, le pregunta Proceso.

“¿Qué veo? Hay tanto para ver en este cuadro…”

Prignitz-Poda señala que esta obra de Frida Kahlo remite al cuadro Winged domino, portrait of Valentine, que el surrealista inglés Roland Penrose pintó en 1938.

“El cuadro es una posdata sobre el matrimonio del pintor –señala la especialista–. En él se ve a su mujer, de la que acababa de separarse, convertida en una escultura. De los ojos y los labios se nutren pájaros y mariposas, sugiriendo que la esposa, disuelta entre los recuerdos, todavía lo inspira artísticamente. Frida Kahlo trastoca el motivo. Acaba de separarse de Diego Rivera. Ahora las mariposas están rígidas y también el pájaro está tieso.”

El surrealista inglés le pinta a su exmujer un collar de espinas de rosa. El collar de espinas que Frida Kahlo se impone en el autorretrato está mucho más ceñido al cuello. Tres breves hilos de sangre gotean hacia el vestido sin mancharlo.

“El recuerdo para ella no es inspirador –entiende Prignitz-Poda–. Y por eso este cuadro irradia tanta inquietud, ya que son malos recuerdos los que la acosan.”

“¿Y el gato? –se le pregunta–, ¿y el mono?”

“El gato es normalmente un animal de compañía de una bruja. Esto indica algo maravilloso, mágico”, señala Prignitz-Poda. Menciona la relación de Kahlo con el chamanismo mexicano y sus muchos libros sobre magia negra.

“Y el mono simboliza lo pecaminoso entre los hombres.”

La curadora refiere que el mono había sido un regalo de Diego Rivera y que en la Casa Azul de Coyoacán se encontró una foto donde aparece ese gato.

“Pero aquí se muestra algo más que los animales de la casa –sostiene–. Hay mucha magia en juego: las flores son las que vuelan y las mariposas están tiesas.

“El pájaro muerto aparece aquí como un signo de Venus, un hechicero del amor. Tiene mucho que ver con magia. Pero en última instancia es inexplicable. Es un enigma. Uno sólo puede explicarse algunas cosas puntuales en el cuadro. Y a pesar de eso sigue teniendo algo siniestro y fascinante.”

Doctora en historia del arte, Helga Prignitz-Poda se acercó por primera vez a Frida Kahlo en 1977, cuando tradujo una biografía de la artista. En 2004 publicó el libro Frida Kahlo, die Malerin und ihr Werk (Frida Kahlo, la pintora y su obra).

“En mi caso no se trata de ninguna enfermedad llamada Frida”, se defiende la curadora. Sus momentos de acercamiento a la obra de la artista también han tenido sus pausas, como aquella de la “fridomanía” que en Alemania impuso el movimiento feminista hacia el final de los  ochenta (Proceso 754).

“La fridomanía que se extendió entre tanto me causa poco placer. Lo que despertó nuevamente mi interés es que su obra me parece fascinante. Y muy compleja. Yo intento analizarla, entenderla, encontrar cosas nuevas.”

La curadora no mide el éxito de la exposición por el número de visitantes, y sería feliz si éstos se interesaran fundamentalmente por las obras.

 

Eternidad

 

La muestra berlinesa, Frida Kahlo: retrospectiva, la mayor jamás vista en Europa sobre la artista coyoacanense, consta de 60 cuadros y 90 dibujos. Inaugurada el 30 de abril, se extenderá hasta el 9 de agosto y a partir del 1 de septiembre podrá verse en el Kunstforum de Viena. Las pinturas se complementan con una muestra fotográfica sobre su vida, curada por Cristina Kahlo, sobrina nieta de la artista. Entre los dibujos resalta la serie de los 13 sentimientos realizados en 1937 a instancias de la siquiatra Olga Campos.

“Aquí el dolor se ve igual que el amor”, aprecia la curadora.

La búsqueda de los cuadros duró tres años y no resultó sencilla, dice:

“Su obra es limitada en cantidad. Los pocos coleccionistas que poseen obra suya están enamorados de los cuadros y no tienen mucho interés en separarse de ellos”, señala Prignitz-Poda.

En Berlín pueden verse cuadros de unos 45 coleccionistas privados y de las dos colecciones más importantes de Frida Kahlo en México: la de Jacques y Natasha Gelman, y la del Museo Dolores Olmedo Patiño. De aquí proviene Mi nana y yo (1937).

Once meses después del nacimiento de la artista, su madre, Matilde Calderón, dio a luz a otra niña: Cristina. Frida fue amamantada por una nodriza india, cuyo rostro, en el cuadro, aparece tapado por una máscara.

“Aquí yo veo a una diosa de la tierra, una representación mítica que abreva en mitos de la antigüedad, como el mito griego de Demetra, diosa que se convierte en una nana, que también está enmascarada y amamanta a un niño –explica Prignitz-Poda–. El núcleo del cuadro, un poco provocativo, es para mí el deseo de Frida de mantenerse eternamente joven. Porque en el mito de Demetra, el niño, al ser amamantado, alcanza la vida eterna. Por eso en el cuadro gotea ese maná del cielo y Frida se pinta a sí misma como niña con cara adulta.”

–¿Y el deseo de ser alimentada por su lado indígena? –se le pregunta.

–Seguro. Naturalmente. En este caso es una unión entre un mito de la antigüedad griega y la historia indígena de México, que también está llena de misterio.

Enfrente, dentro de la misma sala, un cuadro impactante en el que la sangre impregna la escena: Unos cuantos piquetitos (1935). La mujer ha sido apuñalada repetidas veces. Yace desnuda, muerta sobre la cama. El pie derecho aún calza un zapato, un calcetín amarillo, una pulsera al tobillo. La sangre enloda la almohada, el cubrecamas, el suelo, el marco del cuadro, la camisa del hombre de pie junto a su obra, una mano en el bolsillo, en la otra el cuchillo.

 

Pintarse

 

Frida Kahlo pintó unos 60 autorretratos a lo largo de su vida. De 1926, con sólo 19 años, data su Autorretrato con traje de terciopelo.

“Es increíble que desde un comienzo pudiera pintar de una manera genialmente perfecta”, dice Helga Prignitz-Poda.

El carácter autodidacta de Frida Kahlo renueva una y otra vez su asombro:

“Era un talento único el que ella tenía. Parece innato.”

La curadora subraya que Diego Rivera nunca le dio clases. Admite que el padre de Frida, el fotógrafo alemán Guillermo Kahlo, ejerció cierta influencia al estimular su temperamento artístico desde que era pequeña. 

“Pero nadie le enseñó cómo usar el pincel”, subraya. 

–¿Puede hablarse de una continuidad entre los retratos que su padre le hizo desde que era niña y los autorretratos que después ella pintó? –se le pregunta.

–Seguramente, a partir de eso aprendió desde muy temprano a posar y modelar, y esto despertó en ella una temprana conciencia de sí misma –responde, y considera que los autorretratos de Frida no surgen de una autorrepresentación narcisista, sino de una cierta desesperación:

“Ella estaba mucho tiempo sola: uno de sus sentimientos fundamentales era la soledad. Entonces pintaba esos autorretratos con mirada desafiante, dirigida al observador, y se los regalaba a sus amigos, con frases como: ‘Para que siempre pienses en mí’. Su propósito era mantenerse en diálogo a través de ese contacto visual. Saber que no estaba sola, que alguien la estaba mirando. Un deseo que ahora se ha multiplicado. Millones de personas entran en diálogo con sus cuadros. Es uno de los motivos del efecto fenomenal que tiene su pintura.”

Frida Kahlo es sumamente popular en Alemania. Sus autorretratos son reconocibles, incluso para muchos no tienen ninguna relación con la pintura. Helga Prignitz-Poda intenta captar otro origen de esta fascinación.

“Mucha gente siente que esta obra les habla. A través de esa mirada. Debido a la soledad. Aquí en Berlín, en Alemania, mucha gente es solitaria. Es una enfermedad… la melancolía, la depresión.

“Quizá mucha gente se reconoce en los cuadros. De manera inconsciente, quizá sin comprenderlos en profundidad, uno siente que éstos tocan niveles del sentimiento que lo conmueven. Eso es mágico.”

 

Compromiso

 

Marxista convencida, Frida Kahlo alguna vez se lamentó de que su pintura no fuera revolucionaria. La curadora de la exposición cree ver en el lamento una demanda del Partido Comunista Mexicano a fin de que ella pintara como los muralistas.

“Frida Kahlo y su arte eran una misma cosa y ella estaba muy contenta tal y como había hecho su obra –afirma–. Estaba muy comprometida con la política, pero se quedó en su estilo. En ese entonces, como muy pocas mujeres pintaban, no era muy sabido que lo personal también es político. Algo que más tarde, con el movimiento feminista, se volvió ideario general, y que hizo que se convirtiera en un ícono de este movimiento.”

Prignitz-Poda cree, sin embargo, que Frida no se veía a sí misma como una feminista y que siempre sufrió mucho la dependencia de Diego Rivera.

Contradiciendo a André Bretón, quien había calificado su obra de surrealista, la propia Kahlo sostuvo que no lo era, que ella siempre había pintado la realidad, nunca los sueños.

“La realidad tiene también costados diferentes, de acuerdo a como uno la perciba –aporta Prignitz-Poda–. Tiene una parte realista y otra visionaria. Frida Kahlo tenía ese lado visionario. No sólo presentaba lo que se veía, sino lo que se esconde detrás. Y en ese sentido fue surrealista. Ella dijo que su arte era como un armario que uno abre para sacar una camisa y se encuentra con un león adentro. Este león está escondido en lo surreal.”

La realidad le deparó a la artista una vida plagada de accidentes, operaciones, enfermedades. Frida hizo de sus heridas un motivo artístico pero lo plasmó sin patetismo…

“¡Y con humor!”, agrega la curadora.

Se vale para ello, a modo de ejemplo, del cuadro Naturaleza muerta, donde se ven diferentes frutas de colores vivos, una escultura con la forma de un perro itzcuintli, una bandera color lila clavada en un melón cuyo mensaje reza: “Soy de Samuel Fastlicht, me pintó con todo cariño Frida Kahlo en 1951, Coyoacán”. Del otro lado, detrás, casi escondida, asoma una banderita de México, tiesa, de papel, salida acaso de un acto escolar de infancia. El cuadro es dominado por un trozo de sandía. En el hueco que delata un buen mordisco pueden verse semillas negras y blancas. Concluye Prignitz-Poda:

“La boca abierta en la que muestra sus dientes buenos y los malos. El hombre era su dentista, y ella le pintó esa naturaleza muerta para pagarle un puente que le había hecho.” l

 

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