Las verdades de Chavela Vargas

MÉXICO, D.F., 7 de marzo (apro).- Uno de los libros más conmovedores sobre la cantante Chavela Vargas (Costa Rica, 1919) viene circulando desde finales del año pasado; fue escrito POR María Cortina (México, 1953), tras años de largas conversaciones con ella. Se trata de Las verdades de Chavela (Ana Paula Meza, colaboradora. Editorial Océano de México, 2009, 191 páginas).

Cual resumen biográfico, la periodista María Cortina ha integrado en este volumen ilustrado los diversos testimonios de Chavela a lo largo de 35 capítulos, que comienzan con la presentación “Se mira”, escrita en Tepoztlán, en junio de 2009, según firma la propia artista, breve texto confesional donde desglosa su verdad:

“Mi nombre es Chavela Vargas, tengo 90 años y estoy viva. Viva de tanto vivir, de tanto amar, de tanto gritar que estoy viva como la vida, como el color rojo, como los recuerdos rojos que saben a pan. He vivido intensamente. He tenido muchos amores y muchos amigos, y al final decidí quedarme con los amigos, con mis amigos del alma. El amor se acaba, se te escapa de las manos, huye. La amistad  permanece, dura para siempre. Todo el oro que hay en el mundo no lo cambio por un amigo…

“Hoy, en mi soledad, platico conmigo misma y con los escritores que amo: Federico García Lorca, Neruda, Rulfo y los poetas del mundo. Leo a García Márquez, busco a Frida, a Diego, a José Alfredo y busco, sobre todo la paz y la verdad…

“Tengo frente a mi al Chalchi. Lo miro cuando amanece y cuando anochece también lo miro. El Chalichi, el cerro que me entiende; el que sabe gran parte de mi vida y algunas veces me hace preguntas. Yo le digo, como te digo a ti, María: a mí, pregúntame por la verdad. Por la verdad que se irá conmigo al fondo de la tumba, a ese sitio donde van las almas justas: al paraíso de los cantantes. Ahí quiero estar. Ver a José Alfredo, a la Macorina, a Tomás Méndez; saludarlos y disfrutar de nuestras noches de parranda…”

         Justamente los recuerdos y algunas anécdotas de aquellos amigos transmiten las emociones de tinte casi surrealista para provocar una lectura fluida, como en el capítulo dedicado a “Frida y Diego”, donde Chavela expone:

“–Una vez, Diego cambió a Frida por un cuadro, ¡viejo más loco! Y Frida, llorando, habló a la casa para decir que estaba desesperada porque la había cambiado por un cuadro y que no sabía ni cómo abrir la llave del baño ni cómo bañarse ni nada. La tenía el gringo en un hotel que era de lujo en aquel tiempo, un hotel muy famoso de Nueva York. Que mandara por ella, le dijo a Diego, “por favor, Diego, manda por mí”. Diego le hizo caso y le dijo al gringo que le regresara a Frida. Y no hubo necesidad de mandar por ella, el gringo la regresó, se regresó con ella en una avioneta. Ya cerca de la ciudad, la avioneta se cayó en una milpa. Aquello era un desastre. Un desastre divino. Nunca sabía uno hasta dónde podían llegar sus ocurrencias, su humor, su forma de ver la vida…”

Y más adelante, en el capítulo “Cuba”, María Cortina recoge los pormenores acerca de la mujer que inspiró la canción Ponme la mano aquí que hiciera célebre a Chavela y de la cual ofrece detalles la misma cantante:

“Cuando habla de Cuba es casi siempre para recordar a Macorina. Aunque, en la plática, aprovecha para expresar lo mucho que llegó a disfrutar en la isla. La primera vez fue en 1954, poco después de que Frida muriera. Me contó que la contrataron para una actuación pero prolongó su estancia por dos años. No sabe cuántas ocasiones más llegó a ir. Ella dice que no lo recuerda, pero, por lo que cuenta, debieron haber sido muchas. Las suficientes como para conocer al poeta Nicolás Guillén, para escribir una canción y discutir con un grupo de escritores españoles sobre el origen de la otra Macorina, no la Macorina de carne y hueso, sino la del poema que una mano anónima escribió en el siglo XVII y que Alfonso Camín, el poeta asturiano actualizó.

“–Conocí a Macorina en su casa de La Habana, me la presentó Nicolás Guillén, era bellísima. Ahí estaba el poeta Camín que me miró mirarla y me dijo: ‘Voy a hacerle unos versos a Macorina para que los cantes tú’. Y entre los dos hicimos una nueva versión. Yo le puse la música, volteamos al revés la letra y ya ves, fue un gran éxito.”

En la página 115 de su libro, la autora cuenta cómo conocería a Chavela Vargas, en el apartado “Federico García Lorca” del capítulo “La Residencia de Estudiantes”:

“Con el pretexto de su insomnio, se pasaba las noches hablando con el poeta Federico García Lorca, en la Residencia de Estudiantes de Madrid, lugar en el que, cada año, Federico se daba una vuelta para saludarla… Y ahí nos conocimos, también, Chavela y yo…

         “–¿Cómo no me voy a acordar?, todavía de vez en cuando, se aparece en Tepoztlán para seguir platicando conmigo. Pero, en la residencia, lo hacíamos casi a diario. El poeta y yo, los dos insomnes, pasábamos horas hablando, escuchando música, cantando o leyendo poesía en voz alta… El alma del poeta, del hombre más bello del mundo, del soñador. A Federico lo mató Franco, el asesino de sueños y verdades. Franco lo mató, ni modo. Nos queda su alma.”

Acerca de su encuentro con el cineasta germano Werner Herzog, con quien Chavela Vargas filmó en La Patagonia la cinta Grito de piedra, rememora:

“–Me anduvo buscando. Ni siquiera sabía dónde vivía yo exactamente, pero anduvo preguntando. Vengo a buscar a una tal Chavela Vargas, decía y dada vueltas de un lado a otro, de una calle a otra, de una tienda a otra. Ando buscando la verdad y Chavela Vargas está detrás de la verdad, es la verdad, decía. Preguntó en el sindicato y alguien le dio la seña, y me encontró. Me hizo la propuesta y acepté. Todavía hoy me pregunto cómo a los 72 años acepté irme con Herzog a trabajar en una película que se rodó en La Patagonia, una locura. Invierno, nieve, frío, ¡un desastre! Aunque el sitio en realidad muy bello, lleno de energía. Dicen que hacer el amor allí es una experiencia extraordinaria. Pero lo que nosotros veíamos era un cielo completamente ausente durante días y días. No se podía filmar, no se podía hacer nada por la nieve. Hasta las cámaras temblaban, nada funcionaba. Estuve a punto de dejar todo y salir corriendo de ahí, pues yo no soporto el frío. Dormía bajo la estufa, congelada. Pero me daba ternura Herzog, en el fondo quería que le saliera bien la película; además, me hablaba dulcemente. Fue cuando me puse a pensar, a indagar, a hablar con la gente de La Patagonia.”

Este libro de María Cortina contiene interesantes imágenes de César Saldívar y Alicia Arrangoiz, así como la reproducción de una carta enviada a Frida Kahlo por el poeta tabasqueño Carlos Pellicer Cámara.

La autora ha creado en internet su blog personal, “Mirada escrita”, en el cual menciona varias experiencias relacionadas con Chavela Vargas (palabramuda.blogspot.com).

 

ap/jpa

–FIN DE NOTA–

/v/v

 

 

 

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