El Cerro del Judío y su zona arqueológica

MÉXICO, D.F., 16 de marzo (Proceso).- Apenas hace 10 años el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) intervino una zona arqueológica en lo más alto del Cerro del Judío, que los habitantes de pueblos originarios de la hoy delegación Magdalena Contreras, como San Bernabé, San Jerónimo, San Nicolás Tololapan y Acolco han llamado siempre Mazatépetl (del venado).

Muy poca gente sabe de la pequeña pirámide del 1200 d. C. que lo corona, y que tiene a los pies de su escalinata una tortuga con garras de jaguar, labrada en la roca madre, animal mixto y mítico.

Muy poca gente también, fuera de sus habitantes, ha tenido el privilegio de observar desde ahí toda la cuenca de la Ciudad de México: A 2 mil 750 metros de altura, en la terraza del llamado Centro Turístico y Arqueológico (como si se viajara en avión), se ve la cordillera del Ajusco, los nevados Iztacihuatl y Popocatépetl, los canales de Xochimilco, el Cerro de la Estrella, los edificios más altos como el Word Trade Center, la Torre Latinoamericana, la Torre Mayor, la Torre de Pemex y el conjunto de rascacielos de Santa Fe –y en medio, una inmensa plancha grisácea.

Los 255 ejidatarios de Ocotepec, quienes antes del gobierno de Carlos Salinas de Gortari poseían 384 hectáreas y que han ido vendiendo –gracias a esa ley– sus campos de maguey, maíz y frijol, hasta quedarse con sólo 33 hectáreas, en un arranque de justicia social decidieron preservar la memoria de sus ancestros y, en nombre de su pasado tepaneca (anterior por lo menos mil años al esplendor mexica), reforzar su identidad.

El próximo domingo 21 de marzo, en un ceremonial que llaman Viacrucis, desde temprana hora, de cara a la pequeña pirámide que rematan tres cruces, recibirán la primavera “para cargarse de energía” y hacer una representación del martirio de Jesucristo, anticipando la Semana Santa.

El arqueólogo Francisco Rivas fue comisionado en 2000 por el INAH para dirigir una primera etapa del rescate de la zona arqueológica, a pedido, como se dijo, de los ejidatarios. No era una solicitud gratuita: en el pueblo de San Bernabé su iglesia franciscana conserva un lienzo del siglo XVII y en su atrio se exhibe, agregado a los muros, un marcador del juego de pelota. En un territorio cercano, considerado muy peligroso porque la banda de Los Gatos impiden el paso, a decir de los vecinos, hay una escultura azteca del dios Tláloc, de 3.80 de alto por 2.80 de largo. Sin que los vestigios prehispánicos se hicieran visibles, los habitantes de esos dos cerros del sur-poniente de la urbe, durante 8 siglos, practicaron sus rituales.

Por ejemplo, a mediados de junio todas las puertas de las casas reciben a los visitantes para compartir el mole y el pulque, porque esa localidad estaba sembrada de magueyes y sus tierras ofrendaron a sus dioses la conjunción del maíz y el frijol. Todavía en los años cuarenta Lucha Reyes, en Caminito de Contreras, cantaba al mundo rural idílico de la región, que hoy ha sido arrasado por la urbe, la pobreza, las construcciones mal hechas, los autos y camiones, la fealdad.

Como un oasis en medio del caos, el Centro Turístico y Arqueológico Cerro del Metepétl, dirigido por Noé Soto, y con subsidio precario e intermitente de la delegación e instancias como la Comunidad Indígena, ofrece un paseo completo –y gratuito– en cinco rutas por la zona arqueológica, además del museo que recibe al visitante en la cima del Cerro del Judío.

Desde ahí, la joven fotógrafa Sui Yin, originaria de San Bernabé, ha capturado el paisaje desde todos los ángulos y a toda hora. Las 80 imágenes suyas se montaron en las rejas del campo de futbol de su pueblo, y estaba programado que este día 21 las fotos se exhibieran en el Museo del Centro Arqueológico, acto que tuvo que posponerse, a decir del presidente ejidal, hasta las fiestas de junio 11 y 13, días festivos consagrados a San Bernabé y a San Antonio, respectivamente.

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