Las voces de Tlatelolco

Las voces de Tlatelolco
José Emilio Pacheco
(Todos, de un modo o de otro, somos sobrevivientes de Tlatelolco Pero hoy que se cumplen diez años nada puede reemplazar el testimonio de quienes lo vivieron Este es un poema colectivo e involuntario hecho con frases entresacadas de las narraciones orales y, en menor medida, de las noticias periodísticas que Elena Poniatowska recoge en La Noche de Tlatelolco No se emplearon los textos literarios allí transcritos, con la excepción final de unas líneas extraídas del artículo que José Alvarado escribió en Siempre, unos días después de la matanza Al unir estas palabras fue imposible no tener presentes también a los asesinados por Somoza en Managua, Masaya, León, Diriamba, Estelí y Chinandega)
Eran las seis y diez

un helicóptero
sobrevoló la plaza
Me dio miedo
Cuatro bengalas verdes
Los soldados
cerraron las salidas
Vestidos de civil,
los elementos
del batallón Olimpia
—mano cubierta con un guante blanco—
iniciaron fuego
En todas direcciones
se abrió fuego a mansalva
No se espanten, no corran, compañeros
No se vayan, no corran,
calma, calma
Dispararon los hombres de guante blanco
desde las azoteas
Y disparó también
el helicóptero
Se veían las rayas grises
Como pinzas
se desplegaron los soldados
Se inició el pánico
La multitud corrió hacia las salidas
y encontró bayonetas
La plaza era una trampa:
no había salida
Aquí batallón Olimpia
Aquí batallón Olimpia
Comenzaron descargas aún más intensas
Sesenta y dos minutos duró el fuego
¿Quién, quién ordenó todo esto?
Los tanques arrojaron sus proyectiles
Comenzó a arder el edificio Chihuahua
Los cristales volaban hechos añicos
De las ruinas saltaban piedras
Los gritos, los aullidos, las plegarias
bajo el continuo estruendo de las armas
Han agarrado a todo el Consejo
Los dedos están pegados a los gatillos
Le disparan a todo lo que se mueve
Y muchas balas dan en el blanco
Quedarse quieto
Si nos movemos nos disparan
¿Estás muerto?
¿Porqué no me contestas?
Voy a morir, voy a morir
Me duele
Me está saliendo mucha sangre
Aquél también se está desangrando
¿Quién, quién ordenó todo esto?
Aquí, aquí, batallón Olimpia
Aquí, batallón Olimpia
Hay muchos muertos
Hay muchos muertos
Asesinos, cobardes, asesinos
Son cuerpos, señor, son cuerpos
Los iban amontonando bajo la lluvia
Los muertos bocarriba bajo la lluvia
Les dispararon por la espalda
Las mujeres cosidas por las balas
Los niños con la cabeza destrozada
Los transeúntes acribillados
Muchachas y muchachos por todas partes
Por todas partes
los zapatos llenos de sangre
Vi en la pared la sangre
Los zapatos sin nadie llenos de sangre
Y todo Tlatelolco respira sangre
Aquí, aquí Batallón Olimpia
¿Quién, quién ordenó todo esto?
En la escalera del edificio Chihuahua
Sollozaban dos niños
junto al cadáver de su madre
Nuestros hijos están arriba
Nuestros hijos
Queremos verlos
Hemos visto cómo asesinan
Mire la sangre
Mire nuestra sangre
Un daño irreparable e incalculable
¿Qué va a pasar ahora?
¿Qué va a pasar?
Lejos de Tlatelolco todo era
de una tranquilidad horrible,
insultante
Las balas expansivas abren la carne
En ese hueco rojo que fue cara
los dientes
Una mancha de sangre en la pared
Una mancha de sangre
escurría sangre
Se ha colado la sangre entre las piedras
Irremediablemente está incrustada en la piedra
El tezontle parece sangre
Había belleza y luz en las almas
de los muchachos muertos
Querían hacer de México morada
de justicia y verdad;
la libertad, el pan y el alfabeto
para los oprimidos y olvidados
Un país libre
de la miseria y el engaño
Y ahora son
fisiologías interrumpidas
dentro de pieles ultrajadas
Algún día
habrá una lámpara votiva
en memoria de todos ellos
La tendrán encendida
los otros jóvenes
Brotarán flores
entre las ruinas y entre los sepulcros

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