La cartilla extraviada

LA CARTILLA EXTRAVIADA
Otto Granados
Después de 1910, México presenciaba no sólo los incipientes esfuerzos por la reconstrucción política y económica de un país devastado por el movimiento armado, sino que la dispersión del elemento humano alcanzó también los aspectos meramente culturales y sociales La Generación de 1915, el nacionalismo cultural y Los Contemporáneos, no son más que factores que intentan conformar una nueva era en la literatura mexicana En (y de) ese esquema aparecen otras corrientes que de alguna manera se enfrentan a los movimientos establecidos Una de ellas, el Estridentismo, ironiza y se opone a la convencionalización de las manifestaciones literarias, mediante la puesta en marcha de una estrategia que tiene por objeto alcanzar a cuartear lo existente y, en consecuencia, estar a la “vanguardia” en la creación literaria Actual No 1, el primero manifiesto público de ese grupo, define su carácter de “irrupción” y, como bien ha observado Carlos Monsiváis, se trata de un movimiento en el que convergen distintas influencias: “el Futurismo (Marinetti), el unanismo, el dadaísmo, el creacionismo (Huidobro) y el ultraísmo La aspiración innovadora: fundir la vanguardia poética con la ideología radical, ir más allá de la Revolución Mexicana desde una perspectiva permanentemente revolucionaria e iconoclasta” El afán de eliminar a los “dioses literarios” del panorama, propuesto por los estridentistas —Manuel Maples Arce, Arqueles Vela, Salvador Gallardo, Germán List Arzubide y Luis Quintanilla, básicamente— termina formalmente en 1928, pero deja una considerable obra escrita
Uno de los integrantes del grupo —agua de aquellos mares—, Salvador Gallardo Dávalos, encuentra ahora, después de medio siglo, La cartilla extraviada, un pequeño libro de relatos en el que se percibe el sabor de los años estridentistas y que con pie de imprenta de Ediciones Tierra Adentro, nos entregó en 1978 Y si en aquella escuela el fin esencial era romper con las nacientes élites intelectuales, en este libro de Gallardo, formado en dos partes por dieciocho relatos, el primero de los cuales le da título a la obra, de lo que se trata ahora es desmitificar a algunos personajes de la historia romana y a uno que otro rufián de la nuestra: Cortés, Santa Anna y superficialmente, Iturbide Con ellos, el autor juega además con las frases y las palabras, inventando éstas y componiendo aquellas La forma de ridiculizar, con ironía, a un César itálico que al dirigirse a Bruto le llama “hijo”, es causa de que, para Gallardo, “el historiador Plinio” no nos aclare “si César, al morir, quiso decir hijo mío o hijo de puta” (p 34) La presentación que nos hace de Hernán Cortés —joven aventurero que “pronto fue reclutado () por la Cofradía de ‘Los Tunos de la Cueva’, en la cual sólo podían entrar hipócritas, pícaros y truhanes”— y de Santa Anna, que “pone y quita y con su doble se desquita Apoya a unos y los sustituye por los del otro bando, para quedarse él solo en un solio casi sagrado, siempre haciendo falsas retiradas para descansar en la hamaca de su Manga suspendida de clavos, donde se columpia y carcajea de lo lindo”, es el pretexto para que al mismo tiempo que les ironiza, haga lo mismo con el propio lenguaje: inventado, transformado y aderezado con un leve humor erótico y algunas palabras de esas que tanto asustan a Agustín Yáñez
Si como dice Miguel Bustos Cerecedo, al Estridentismo “podríamos formularle las mismas objeciones que a la poesía futurista de Maiakovski (literatura para minorías, literatura incomprensible a las masas)” es acertado o no, es una cuestión que está por verse; pero en el caso de La cartilla extraviada, publicado tantos años después y con una marcada influencia de aquel movimiento, el propósito de entonces por acabar con moldes y estereotipos en la literatura, no ha variado gran cosa Al menos por lo que toca al libro de Salvador Gallardo

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