El embute o la libertad de sumisión

El embute o la libertad de sumisión
Se increpa al corrupto mas no al corruptor
Carlos Monsiváis
El jefe de prensa de la importante Secretaría de Estado, en cumplimiento de su mandato, se levanta de su estratégica mesa en el restaurant de lujo de la Zona Rosa y saluda de abrazo a sus comensales (destacados Periodistas) El protocolo es inflexible: bromas de suave y discreto cinismo, ratificaciones a los conspicuos de su vasto mercado de lectores, preocupaciones compartidas (no muchas) por el porvenir y, al justo término, sin que medien palabras, la confinación ritual: tú, periodista, aceptas mi amistad porque acatas las reglas del juego, porque recibes sin gratitud pero con satisfacción mis regalos, porque admites mis sugerencias y la estricta verdad de mis boletines, porque tu solidaridad es con las instituciones no con las personas, porque sabes distinguir entre el funcionario (a mis brazos) y el amigo (eso va con el puesto), porque acudirás a la próxima comida Tú, funcionario, infórmale a tu superior que todo va bien; somos libres para oírlo y libres para elogiarlo y libres para despedazar a sus enemigos
I
Arca de la Alianza y flor de las adormideras, sobresueldo legendario y reclasificación jerárquica, tentación sin riesgo de pecado y lotananza del aspirante, el embute es, en la prensa mexicana, la institución ortodoxa que prescinde de la fe para entrar de lleno en la demostración Como lo delata su origen verbal, el embute (acción de embutir, de llenar la boca, de impedir con dádivas la emisión de las palabras) es el equivalente periodístico de la mordida, el cohecho indispensable que aceita y moviliza los mecanismos de apoyo y contentamiento que van de la prensa a los sectores dominantes
Por muchos años, una visión anecdótica ha derivado de la suma de “adquisiciones” individuales su imagen de la prensa Te dejas comprar Luego, como medio no me mereces crédito El embute, se ha dicho, impide la confianza de los lectores y el desarrollo de un periodismo independiente, al traducirlo todo al idioma único de gajes, compensaciones, cambio de status, garantías de “influyentismo”, certificados de impunidad En lo anterior se mezclan ampliamente verdades específicas e inexactitudes demostrables El embute ciertamente lastra y deforma pero no ha sido el determinante en la versión actual de libertad de prensa (que sólo se da sectorial y parcialmente en función de grupos e individuos destacados) ni interviene tampoco decisivamente en las limitaciones o las imposibilidades de la libertad de expresión que surgen de la marginación violenta de los sectores mayoritarios
Practicado masivamente, el embute es artesanía que —con fervorosa mímica— duplica los procedimientos de control de la industria de la prensa Lo fundamental, las supresiones informativas y las obstinaciones en el apoyo o en la diatriba, no se producen al cabo de una acumulación de embutes sino en las negociaciones en la cúpula, en la permuta diaria de las ocho columnas” (“Yo, Prensa, destacó tu infalibilidad y tú, gobierno, ratificas mi credibilidad”), en el monopolio informativo de las agencias transnacionales que elaboran la visión general del mundo en exclusiva para México Al embute le corresponde una tarea muy circunscrita: vincular al lector con las reacciones que de él esperan las clases dominantes o, más específicamente, al embute le toca clarificar las relaciones reales e ilusorias de la prensa con el gobierno y la iniciativa privada y le toca colaborar en el intercambio de noticias cifradas en el seno de la oligarquía
En nuestro medio, el periodista ha sido una vía intermediaria entre el poder y el poder, entre los poderes grandes y los subalternos, entre los dirigentes y sus posibles sucesores No hay líneas redistributivas de información en el interior de un sistema autoritario y rígido que las consignadas en la prensa De allí la importancia que los políticos que le atribuyen al embute: en rigor, al prodigarlo no los mueve al afán o la necesidad de persuadir a una Opinión Pública para ellos fantasmal Lo que quieren es pregonarle a sus iguales o superiores las buenas nuevas de sus atributos adquisitivos, de la capacidad de compra que es, casi literalmente, el poder de decisión El fin explícito del embute puede ser el desfile cotidiano de metamorfosis: donde está un hoyo aparece un eje vial, donde está un tartamudo emerge un Demóstenes (metáfora cortesía de Agustín Yáñez), donde está un funcionario corrupto se proyecta un patriota injustamente acusado, donde está una administración en crisis se instala la utopía de un país en pleno despegue Pero también el embute —parodia de la opinión pública ante la opinión pública— representa y actúa el juego del Prestigio ante esos seres afortunados que componen de veras la Nación capitalista: los políticos y los altos burócratas y la iniciativa privada, y los periodistas, testigos y divulgadores de hazañas y encubrimientos de los anteriores
El embute es, en síntesis, un informe interno: no me interesa que crean lo allí publicado, me interesa que se den por enterados Estamos ante una mitomanía circular: quien manipule a quienes manipulan tendrá los cien años de perdón del juego de espejos: aquí está tu recompensa, Opinión Pública / Aquí está mi aquiescencia ¡oh Poder! De hecho el embute es la continua y alegre ratificación del poder de una prensa que denuncia virilmente la excelsitud de una clase dominante que recompensa la osadía de una prensa libre Estamos ante un sofisma casi perfecto: Se me compra porque se me teme Se me teme porque no me dejo comprar El embute ofrece una doble seguridad: económica y social, el beneficiado se siente importante y el donante actúa su mecenazgo despreciativo: tengo la diaria posibilidad de saber el verdadero precio de quienes dicen representar a la Opinión Pública Soy superior a ellos moralmente porque los compro
II
HACIA UNA PRAXIS LIBERADORA DEL EMBUTE
En su crecimiento, la opinión pública (o la sociedad civil) va situando el embute, lo aisla irritada o burlonamente en la lectura, lo capta por inclusión o por comisión y liquida los últimos restos de su eficacia ¿Qué lectores creen ahora en las sinceras y efusivas exégesis de la tarea de un funcionario, en la proclamación airada de su astucia, habilidad, honestidad y talento? (“Ustedes no me dejarán mentir Soy incorruptible y esa autoridad moral me permite decir que el señor secretario honra a su patria chica, a México, al gabinete y al lúcido señor presidente”) De hecho, las transcripciones o exhibiciones del embute no se allegan factores sino detectives instantáneos Si la demagogia ha dañado las palabras, el embute ha desprestigiado los ditirambos y los insultos “sincerísimos” Vayamos al límite e imaginemos un lector desinformado y plenamente ignorante El tampoco puede confiar en los elogios exacerbados (ni siquiera los lee) Si acaso, las “persuasiones” del embute le alcanzan en forma de ataques ferocísimos a opositores del sistema o enemigos políticos del embutero pero incluso allí la convicción es mínima: los “linchamientos morales” de los opositores no movilizan sino a los movilizados de antemano ¿A quiénes persuadieron las campañas contra Demetrio Vallejo, el Movimiento Estudiantil de 68 o la Tendencia Democrática de Rafael Galván? A los previamente convencidos, a los clientes del periodismo—tótem, ése que uno adquiere para encontrar las convicciones que orientan y aseguran la comprensión del mundo
¿A quién beneficia el embute en última instancia? Más que a la vanidad de los políticos y a su deseo de una realidad embellecida con su gloria (“El histórico discurso que pronunció”), más que a la rapacidad de banqueros e industriales, el embute beneficia a la gran ilusión mediatizadora: todo esfuerzo crítico s inútil y está destinado a desaparecer en el abismo omnipresente de la grilla y la asimilación Esa y no otra ha sido su utilidad del embute: generaliza el escepticismo, logra internalizar la desconfianza ante las actitudes independientes, apuntala la creencia popular que ve intereses deleznables detrás de cada elogio o censura De esto convence el embute: el principio de la oposición es la solicitud de inclusión ventajosa Míralo cómo grita y critica Esta pidiendo que lo dejen aplaudir en primera fila La corrupción extendida ahoga o le pone sitio a los esfuerzos independientes El embute corrompe generosamente para mejor difamar a los no corrompidos
El resultado último es un descrédito gremial Son los comprados y los no compradores quienes sufren las consecuencias del embute (Se increpa: “Es un corrupto”, pero no se dice “Es un corruptor”) Como siempre, es la puta no el cliente la responsable del “extravío moral”, el culpable es quien peca por la paga y no el que paga por monótonas y risibles glorificaciones
Al mermarse la credibilidad, el embute pierde su utilidad ostensible (Casi sin proponérselo, la difusión del embute le agrega a la prensa un atractivo extra: el lector localiza los padrinazgos, imagina tarifas, se regocija con el humor involuntario) Y sin embargo, allá sigue ¿Por qué subsisten, y en tan elevado número, las publicaciones llamadas “acridias” (de chantaje, enconos y adulaciones elementales) a las que nadie toma en serio e incluso ya casi nadie toma en broma? ¿Por qué esta sobrepoblación de periódicos (26 aproximadamente) en una ciudad donde las lecturas masivas siguen a cargo de publicaciones deportivas y de publicaciones amarillistas? ¿Por qué continúan proliferando esos artículos que, como señala agudamente Francisco Martínez de la Vega, son estrictamente acuses de recibo?
Por la ilusión de interlocutores, de seres que —en un medio sin organizaciones auténticas y, por lo mismo, carente de encumbramientos verdaderos— consagren y satanicen, aullando alternativa o simultáneamente de raboa o emoción El embute es el primer paso de una suerte de psicodrama del poderoso: vean, el pueblo me elogia y me aclama y su legítimo representante, la Prensa, reconoce mis méritos El poderoso, desde su éxtasis, sabe el claro origen de los diluvios encomiásticos: quien paga ordena y exige la cuantía adjetival Pero la ausencia de tradiciones democráticas y de diálogo interno ha creado un territorio equidistante del autoengaño y la autocrítica, donde todo es verdad y es mentira, o donde la mentira es la falta de recursos económicos y políticos Estamos ante la dramatización formal —te pago / me adulas creo en tu sinceridad— hecha para cumplir con ese vacío de contenidos que, hasta ahora, se piensa que ha evitado el vacío del poder
III
El embute no siempre ha estado con nosotros El que conocemos deriva del principio del desarrollismo y lo determina no la venalidad periodística ni la docilidad de los órganos informativos, sino la opulencia administrativa, la institucionalización de los procedimientos de compra y asimilación y, sobre todo, el reconocimiento de existencia “del Cuarto Poder” Te compro porque publicas no porque tengas influencia Al consolidarse demoledoramente las “fuentes” reporteriles y al ir creciendo el papel de los jefes de prensa, el embute se vuelve lenguaje perfecto e insustituible
Fluyen regalos y amabilidades: los sobres durante las giras de presidentes y gobernadores, las compensaciones por notas favorables o seis, diez o cien líneas ágata en la columna de chismes, las “aviadurías” y los boletos para Europa o Las Vegas, las casas o los condominios, los automóviles o los puestos administrativos (Sabe usted, los periodistas ganamos sueldos muy bajos: el embute nivela y empareja) No tan secretamente, muchos periodistas miden su eficacia por los embutes que reciben, rechazan o canjean El embute es una medida del valor
No acuso a todos los periodistas de corruptos El gremio periodístico está tan viciado como las otras profesiones a las cuales las “exigencias de Estado” imponen frenos y controles orgánicos Una prueba adecuada de que la corrupción “no somos todos” es el renombre paradigmático de Carlos Denegri (quien llevó el embute hasta el extremo de la impunidad) o el aislamiento de los “redentores profesionales de la Patria” (minúsculas de inhibición ante MAYUSCULAS DE INDIGNACION) El embute ha lastrado a un gremio que, no obstante, otras deficiencias (impreparación generalizada, cultura de anécdotas, burocratización, imaginación más que previsible) no es masivamente corrupto Pero el embute distribuye, generaliza y aisla: a los ojos de los Enterados (los que leen para hallar las versiones que ya había oído) no hay prensa, hay una manifestación de reporteros ávidos en busca de un Sobre
La “libertad de prensa” (entendida como negocio) necesita del embute como cuartada perfecta ¿Y qué es la “libertad de prensa”? Hoy, se tiende a ver en ella un mero trámite formal, la trampa del desgaste crítico, pero en rigor, históricamente, ha sido un de los expedientes de creación viva de espacios democráticos lo que va de la insistencia de los hombres de la Reforma que la pensaron requisito esencial de su proyecto de Nación a las demandas del sindicalismo independiente de hoy Pese a las ceremonias —la gratitud le aplaude a la condescendencia— que cada año reducen la Libertad de Prensa a una reflexión sobre (hacia) los postres de un admirable banquete, ésta no admite, perdidas las mayúsculas, que se le reduzca sólo a una mascarada o un “espejismo burgués” (En este sentido, creo que si algo define al carácter antisocialistas de los regímenes llamados socialistas es su desdén por la libertad de expresión y los sofismas acumulados en torno a ese desdén: si se permite la crítica en el socialismo se le abre el paso a la contrarrevolución Dentro del elogio internacional, todo Fuera del acatamiento, nada) Quien menosprecia, por su uso capitalista, la lucha por la libertad de prensa y la libertad de expresión comparte entre otras cosas la confianza estructural de los dueños del embute en la “corrupción innata del ser humano”, víctima de fuerzas que le rebasan y manejan como títeres Creo por el contrario que en el precario pero real y significativo margen de libertades a nuestro alcance, es preciso apoyar batallas fundamentales: la primera, la posibilidad de seguir discrepando Nada le hace más el juego a la ficción burguesa de democracia que negara rotundamente para refugiarse en la inacción
Desde el punto de vista de su eficacia propagandística, el embute es inconvincente, casi inaudible No convence pero crea fantasías compartidas (folie a deux) entre quien se rehúsa a informar y quien se rehúsa a gobernar democráticamente Pero el negocio de la prensa está en otra parte y ante él, el embute es pago menor, la corrupción desde abajo El negocio y la fuerza de la prensa están en la garantía fundamental a patrocinadores y anunciantes: esta publicación defiende sus intereses como si fueran suyos y que son suyos, promovemos la moral que sus hijos requieren y fortalecemos a diario la comprensión “occidental” de la política (el anticomunismo como seguro de vida de las posesiones)
El embute está doblemente condenado: a la extinción y a la supervivencia exuberante Ha perdido su glamour totalitario y las nuevas generaciones de periodistas ven en él no una meta sino un trámite más (Ahora existen otras compensaciones políticas, sociales e incluso académicas y el concepto “embute” provoca de inmediato distancias y condenaciones) Sin aureolas, el embute sólo quedan —y eso es suficiente— concesiones Sin influencia posible entre los lectores, al periodismo de alquiler le quedan los años de vida que le depare esta y belicosa creencia: lo contrario de la información crítica es la salud y la permanencia del sistema y un caballero (un Estado fuerte) nunca escucha un elogio sin echar de inmediato mano a la cartera

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