El miedo de perder a Euridice

EL MIEDO DE PERDER A EURIDICE
Marco Antonio Campos
En junio del presente año la editorial Joaquín Mortiz editó el bello libro de Julieta Campos El miedo de perder a Euridice Antes de entrar un poco en el análisis de este difícil libro quiero hacer la observación de que, entre nosotros, las mujeres son las que ahora suelen estar más preocupadas por la bella forma, por la frase diáfana, precisa Y éste sería el caso reciente de Francisca Perujo, de Bárbara Jacobs y de la misma Julieta Campos, de quienes se puede gustar o no las historias, pero de las que no se puede argumentar que escriben mal No digo que sean grandes narradoras; digo que son de las más inquietas y afanosas por el pulimento de los textos, son más literarias No hay en ellas exceso de lenguaje o fúlgida exactitud, pero tampoco hay impropiedad o pobreza Eso está bien, porque ahora —desde hace años— hay en sectores una suerte de fetichización de creer que mientras se escriba mal, pero se cuente una historia política o desgarrada, nos encontramos con el cuento, con la novela Puede ser eficaz en ciertos casos, y pienso, por ejemplo, que las mejores novelas de Carlos Fuentes o José Revueltas no son precisamente prodigios de estilo Son excepciones, no reglas Guzmán o Rulfo, no me cabe duda, son superiores línea por línea, y cuentan además historias interesantes No importa cómo demonios se hagan las cosas, con tal de que el resultado sea bueno, que sea interesante, que, por piedad, no aburran
El libro de Julieta Campos solicita, sin duda, una lectura atenta, ante lo cual los críticos nos enfrentamos con el problema habitual de que por lo regular los libros comentados —a pesar de las anotaciones marginales— sólo los leemos una vez El libro de la señora Campos, (no es mi pariente) me parece, antes que nada, un largo poema con varios niveles de lectura, altas y bajas, reflexiones espléndidas y lugares comunes, manejos de referencias intelectuales, manifiestas o veladas, descubribles o no, y eso no importa Puede ser también, y en otro caso, dos novelas, en las que, por un lado, Monsier N o la narradora que escribe e inventa a Monsieur N inventa (n) el amor de una pareja que toma cocteles helados, y por el otro, hay una serie de historias efímeras de amor que pueden ser una (idealmente) o pueden ser múltiples, y donde esas parejas que son las parejas inmortales de la literatura o de los grandes artistas o las historias que pueden ocurrir en Ginebra, Central Park, Chapultepec, Venecia, Antillas Menores, Tenochtitlán, Halifax, en una feria, en un parque, en otros tiempos y espacios (¿un libro de cuentos, entonces?), se ven a través de la pluma de Monsieur N —o de la narradora que gobierna a Monsieur N— en su condición fugaz, en destellos de parejas que surgen y se van, se encuentran y despiden, y donde el tiempo y el espacio se congelan y estallan en un instante precario y escaldante Pero detrás de todo el maquillaje literario descubro, y permítaseme hacer esta anotación, la parte humana El libro tiene la marca de la nostalgia por la gran pasión Es decir, detrás de los atavíos del nouveau roman está la huella dolorosa del bello error romántico Es el miedo de perder a Euridice, de perder el espejo en el cual nos reconocemos, el gran amor, y que se proyecta simbólicamente en uno de los títulos que Monsieur N le pone a lo que está escribiendo: Islario El amor y la isla En efecto: si nuestro tiempo —parece decirnos la autora— es francamente antipoético tenemos que volvernos y rescatar el pasado, pero con la nostalgia y escritura modernas Con la escritura, digo, porque si bien se va a contar una historia de amor, esa historia puede o no ser contada o leída de múltiples formas, recomenzada, controlada, esperada, según el rompecabezas del escritor o del lector Es la historia de la diosa y el héroe, del poeta y la mujer inventada o imaginada, de la belle dame y el bon chevalier, el hombre y la mujer común y corrientes, al gusto griego, romano, provenzal, siciliano, toscano, medieval, romántico, moderno, donde todo está danzando en el vértigo y el fulgor literario: símbolos, signos, epígrafes, referencias intelectuales, hombres de carne y hueso, para llegar a un punto —la meta, el fin— que es la isla y la pareja y que pueden ser 3,000 utopías y 54,000 islas y que puede ser también una: la isla de Utopía

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