Acción militar soviética para conservar una pieza estratégica

Acción militar soviética para conservar una pieza estratégica
Lucía Luna
Afganistán, paso ineludible entre oriente y occidente, peleado por las potencias de cada época, cobra especial importancia en momentos en que el Islam y el petróleo amenazan con poner en entredicho a los dos poderes hegeomónicos mundiales en el sudoeste asiático
La presencia de las tropas soviéticas en territorio afgano y las airadas protestas de las potencias occidentales, encabezadas por los Estados Unidos, ciertamente no son gratuitas ante una situación en la que los rebeldes musulmanes controlan casi el 80 por ciento del país Situación especialmente significativa, si se toma en cuenta la influencia que ha cobrado el régimen islámico de Irán en toda la región

En realidad, desde décadas atrás, la URSS ha considerado a Afganistán como territorio estratégico La vecindad del imperio proestadunidense de Mohamed Reza Pahlevi en Irán, obligaba a Moscú a buscar un aliado natural en el régimen de Kabul, para detener el avance de los intereses de Washington en la región
Con la caída del cha se abrió un compás de espera en cuanto al alineamiento de Irán La efervescencia musulmana desconcertó las expectativas de ambas potencias, que lucharon en vano por atraer hacia su área de influencia al nuevo régimen del ayatola Ruhollah Jomeini
Al suscitarse la rebelión de grupos musulmanes en territorio afgano, en marzo del año pasado, el gobierno soviético acusó de inmediato a China, Pakistán y Egipto y, por supuesto, al nuevo régimen iraní, de apoyar las sublevaciones
Aunque Irán protestó enérgicamente por tal acusación, Chariat Madari, uno de los más altos jerarcas chiítas, llamó a los musulmanes de todo el mundo a apoyar a los rebeldes afganos, perseguidos por el que calificó como un régimen antiislámico
La realidad es que aun cuando la presencia de tropas soviéticas en Afganistán no puede calificarse propiamente de invasión, ya que cuenta con la anuencia del gobierno golpista, la mayoría de la población, profundamente religiosa y tradicionalista, se opone a la implantación de un régimen socialista
La prueba más fehaciente de esta postura popular queda reflejada en los tres golpes de Estado que ha sufrido Afganistán desde el derrocamiento del rey Mahoma Zaher, por falta de aceptación nacional de los gobiernos prosocialistas y una fuerte división en el seno del Partido Comunista Afgano
Cuando en 1973 Mahoma Daoud derrocó a su primo el rey, se le calificó de inmediato de prosoviético, y Estados Unidos mismo consideró, en ese momento, que en Afganistán “la URSS había ganado la partida”
Sin embargo, y a pesar de sus promesas de democratizar la sociedad afgana Daoud sucumbió a las presiones de la aristocracia, a la que él mismo pertenecía, y su gobierno derivó en un régimen absolutista y represivo
Tras del asesinato del líder comunista Mir Akbar Khyber y la detención de otros importantes líderes del partido (entre ellos Taraki y Karmal), los acontecimientos se precipitaron y sobrevino el golpe de Estado
Degarwal Abdul Kadir, piloto entrenado en la URSS y apoyado por armas y aviones de origen soviético, encabezó el movimiento Poco después, el Consejo Revolucionario Afgano nombró jefe de Estado y primer ministro al Noor Mahoma Taraki En el gabinete se contaban, entre otros, Barbrak Karmal, como vicepresidente, y Hafizullah Amín, como canciller
Taraki, hijo de pastores, educado en la URSS, traductor en la embajada de Afganistán en Estados Unidos, líder del Khalq, ala radical del Partido Comunista Afgano, se lanzó a la búsqueda de reformas que socializaran al país y llevaran al proletario al poder
Sus intenciones se estrellaron, sin embargo, ante las tradiciones, la religiosidad y el sistema feudal imperante en el país:
La revolución del proletariado se vino abajo ante la realidad de una población en un 90 por ciento agrícola, acostumbrada a una dependencia feudal
La reforma agraria, sin implementos, de labranza ni técnicas de cultivo, provocó la caída de la ya escasa producción y provocó una fuerte hambruna
El intento de un cambio social para la mujer abortó ante los iracundos maridos musulmanes que rescataron a sus esposas de manos de los miembros del Khalq, que pretendían instruirlas y muchos de los cuales fueron inclusive asesinados
Las tribus, muchas de ellas habitualmente antagónica entre sí, se unieron para rechazar a un régimen “ateo y marxista” que intentaba romper con sus tradiciones y sistemas familiares y sociales milenarios
Sin embargo, el error más craso de Taraki fue, sin duda, cambiar el color verde (símbolo de Islam) de la bandera de Afganistán, por uno rojo y negarse a llamar a su nuevo gobierno República Islámica
Así, a escasos tres meses de haber tomado el poder, tuvo que enfrentarse a las primeras rebeliones de grupos musulmanes En agosto de 1978, millones de campesinos, portando la bandera verde del Islam, ocuparon la gran mezquita de Herat Vino la represión y se contaron por lo menos tres mil muertos
Poco a poco, diversas regiones como el Valle del Panjchir, el Nuristán, Kunas y Paktia empezaron a escapar al control del centro En un afán por controlar la situación, se institucionalizaron la represión y la tortura Miembros del ejército empezaron a amotinarse ante la interrogante de “porqué un musulmán tiene que tirar contra otro”
A mediados de junio de 1979, ya con el control de casi el 80 por ciento del país, seis organizaciones musulmanas anunciaron la caída de Taraki Y Taraki cayó
En su lugar tomó el poder Hafizullah Amín, excanciller del gobierno de Taraki Al igual que su antecesor, prometió una “sociedad libre de explotación” que quedaría garantizada por una nueva constitución Sus propósitos duraron aún menos que loso del presidente a quien había derrocado A tres escasos meses de tomar el poder, cayó él, a su vez, víctima de un golpe de Estado, esta vez encabezado por Barbrak Karmal, que era vicepresidente del régimen de Taraki
Parece evidente llegar a la conclusión de que la abierta presencia de las tropas soviéticas en territorio afgano, tras del último golpe de Estado, para “ayudar a sofocar la rebelión musulmana”, refleja la desconfianza de Moscú hacia los gobernantes locales para controlar la situación y el temor de perder una pieza estratégica en el ajedrez de la región, ante el empuje del Islam

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