¡AH, SOLEDAD!

¡AH, SOLEDAD!
Armando Partida
Curiosamente, después del estreno de A Electra le sienta el luto, de Teatro de la Nación, ahora se presenta ¡Ah, soledad! la siguiente obra que escribió Eugene O’Neill, el iniciador de la moderna dramaturgia norteamericana
Para su escenificación se llamó al ya neoyorkino director José Quintero, especialista en este autor; auspiciado, al parecer, por el departamento de cultura de la embajada norteamericana en México, como parte del homenaje al dramaturgo, organizado con la participación del INBA

El motivo de tal celebración no coincide ni con su nacimiento ni con su muerte, lo cual esperamos se convierta en costumbre de rendir homenaje al talento de cualquier dramaturgo sin tener que esperar el centenario de cualquiera de esos dos sucesos, para así tener la posibilidad de conocerlo en forma sistemática y coherente, como en este caso se está haciendo con un ciclo de filmes basados en obras de teatro y una serie de conferencias; y ahora este montaje, que corre a cargo de la Compañía Nacional de Teatro
La escenificación de ¡Ah, soledad! (—-), nos ha permitido conocer una comedia lírica, plena de momentos poéticos y de optimismo romántico, muy diferente de las escenificaciones de Un largo viaje hacia la noche (1940), Una luna para el bastardo (1941-1942), o la ya mencionada A Electra le sienta el luto (1931) Así descubrimos a un O’Neill con tantas bromas alrededor del teatro, como referencias poéticas y literarias, que no cabe la menor duda de que el personaje Richard Miller (Demian Bichir), no es otra cosa que el resonador del O’Neill adolescente, que se ríe de su propia ingenuidad
Una segunda línea humorística es el contrapunto de la pareja Essie Miller —Nat Miller, como prototipo de la pareja, en relación con la frustrada de Lily Miller— Sid Davis, quienes jamás llegan a realizar la relación matrimonial, pero en cambio sí experimentan todas sus vicisitudes
La psicología de los personajes femeninos está tan bien trazada y es tan profunda, que no hay réplica o actitud que les sobre; en tanto que a su protagonista (Demian Bichir) si le llegan a sobrar, pues se siente demasiado la presencia del dramaturgo Precisamente los personajes femeninos son los que mejor maneja el director, con excepción de Muriel MacComber (Mercedes Flores) y en los primeros parlamentos de Milfred Miller (Mada Karina); ya que la primera no tiene ninguna presencia y la segunda repite su machacada entonación de El príncipe feliz
La dirección parte del texto mismo y su puesta corresponde a su realización visual, buscando el movimiento, la caracterización psicológica de los personajes, ciertas actitudes en relación a un movimiento escénico que le corresponda Así, al inicio nos encontramos con un “retrato de familia”, en donde la línea dramática es puramente verbal, pasando rítmicamente de un extremo a otro, en un juego donde el tiempo y el espacio escénico están apoyados con la iluminación, que posteriormente es indispensable para marcar la transición temporal
Por otra parte, la dirección de actores saca el mejor partido a cada uno de los participantes, pues incluso a Luis Gimeno (Sid Davis) no lo deja llegar a lo fársico, como casi siempre lo hace este actor, pero no le pudo quitar totalmente sus clisés Lo mismo ocurre con Fernando Mendoza (Nat Miller), quien por lo contenido, casi llega a ser otro, sin embargo, en algunos momentos le salen poses y actitudes que ya forman parte de su forma de actuar Quienes se le escaparon de la mano fueron Demian Bichir y Mercedes Flores; pues si el primer acto tiene un ritmo ascendente que se sostiene en el segundo, en el tercero se viene abajo por esta pareja Posiblemente esto se deba a que los dos papeles requerían actores maduros, o posiblemente sea el resultado de que en muchos momentos los actores confunden el tono de la comedia y casi la convierten en un melodrama; de allí que el tercer acto, en su parte más lírica, se dispare totalmente y pierda toda su fuerza romántica
Todos se mueven muy bien dentro de la práctica y funcional escenografía, hábilmente resuelta por el maestro Mancera, dentro de los trajes también diseñados por él; aunque el corte del primer traje de Sid parece que no corresponde a la moda del resto del vestuario
Los arreglos musicales, esta vez de Alicia Urreta, son evocadores y sugerentes, y sirven de entorno al montaje, que a algunos les hubiera gustado de ciertos elementos de espectáculo, con lo que Quintero habría podido darle mayor vigor y actualidad a supuesta en escena

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